Luis Alberto Buttó: La diáspora

thumbnailLuisAlbertoButto

Elemento definitorio de toda crisis social lo constituye el hecho de que el grueso de la población de un país, en especial la porción correspondiente al grupo etario comprendido entre los que alcanzan la mayoría de edad y los adultos considerados aún jóvenes (menores de 40 años), comparta la sensación de que no hay futuro alguno por construir, ya sea porque se sienten acorralados al no poder practicar actividades hedónicas cónsonas con la edad vivida, ya sea porque no vislumbran posibilidad alguna de desarrollarse a plenitud en términos de crecimiento y/o estabilidad socioeconómica, ya sea porque el instinto primario les empuje a escapar al experimentar el miedo natural proveniente de sentirse diana de caza en la mira de la pérfida delincuencia. Ésta ha sido una de las constantes sociales más entristecedoras de la historia reciente venezolana, concretamente en los tres lustros signados por la pesadilla mal llamada bolivariana pero bien bautizada autoritaria y antinacional.       

En un país que seguramente en nada se parece al soñado por sus padres fundadores, aquellos cuyo legado se ufanan de reivindicar los ineptos e iletrados esmerados en hacer triunfar todos los indicadores de desgobierno, es una tragedia inconmensurable que de una población cercana a las 30 millones de almas, aproximadamente 2 millones hayan tomado rumbos distintos a los que debieron marcar sus calles y plazas y que cientos de miles más se desesperen por hacerlo. De hecho, ese 6 y tanto por ciento no ha crecido más porque muchos de los que no se marchan no lo hacen por no desearlo sino por no disponer de medios económicos suficientes para emprender la travesía. Así las cosas, no hablemos de la estupidez representada en la inmensa inversión desplegada en formarlos como profesionales para que ésta se pierda al no representar retorno alguno al país que les vio nacer y que tanto necesita de ellos para que sanen a sus enfermos, construyan sus edificios, eduquen a sus párvulos o compongan sus canciones. No hablemos del negocio maravilloso ofrecido en bandeja de plata a otras naciones que sin gastar un centavo se aprovechan de los talentos en este lado del mundo desperdiciados. No hablemos de la inexplicable contradicción implícita en el cuadro dibujado por la amarga realidad de un país que expele a los protagonistas de su mañana cuando siempre fue receptor de inmigrantes, al punto que por momentos no tan lejanos de su historia en sus principales ciudades llegó a tener la cuarta parte de sus habitantes identificados por apellidos provenientes allende los mares. Hablemos tan sólo de las atribuladas lágrimas vertidas por padres, tíos, abuelos, cuando deben enfrentar el desprendimiento causado por el arrastre de las maletas de sus muchachos que prefieren darles la espalda para no desgarrarlos con la cruel despedida. Cuando llegue el momento de pasar las facturas, ese creciente dolor generado por la diáspora sumará con creces a las cuentas por pagar del chavismo impío y destructor.

Ruego perdón por la confesión: nunca soñé vivir lo descrito. En horas, mi cachorra menor vuela de su patria buscando lo que la vida tenga a bien depararle. La poesía como refugio: …«Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!»…

Historiador

Universidad Simón Bolívar

@luisbutto3