Eduardo Semtei Alvarado: Ni san, ni Nicolás ni rojo. Las vicisitudes del gordo

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San Nicolás se despertó con un cierto ratón. Una resaca doble producto del esfuerzo realizado en los países del norte repartiendo juguetes, además del hecho de que en cada parada, antes de descender por las chimeneas para entregar los juguetes, se tomaba un buen sorbo de escocés. Pure malt. Dizque para el frío. Desde que los países escandinavos y la China iniciaron sus programas de estímulo a la procreación y subsidios a la infancia, el mundo estaba repleto de párvulos ruidosos y exigentes. Todos pedían teléfonos inteligentes, tabletas electrónicas, computadoras, consolas. Nada de juegos clásicos como monopolio, ludo, legos, carritos y barbies. Solo querían aquellos que tuviesen por lo menos una tarjeta SIM o un super chip, los más pudientes querían drones. Santa, como le decimos íntimamente, había hecho caso omiso de los alertas emitidas por los gobiernos de Estados Unidos de América, Francia, Alemania, Qatar, Canadá y Australia advirtiendo que Venezuela se había convertido en un polvorín, en el sitio más inseguro después de Alepo.  Pese a eso, Santa decidió, pues, empezar por Venezuela la repartidera de juguetes en el hemisferio sur. El hombre no cesaba de preguntarse las razones por las cuales, a diferencia de los otros niños del mundo, la mayoría deseaba objetos y bienes cuyos nombres no eran muy comunes en el campo de la juguetería, he aquí algunos: Harina PAN, leche infantil, pañales de todos los tamaños, pasta, Ajax, Ariel, dentífricos, azúcar, antihipertensivos, acetaminofén, café, papel sanitario y otros que curiosamente aparecían señalados en unos edictos fijados en casi todos los supermercados bajo el título de “Productos de Primera Necesidad para el Pueblo más feliz de la Tierra”. “Bueno”, se repetía Santa,  “serán vainas del socialismo del siglo XXI”. Al pasar por el frente de una casa en Santa Mónica, en Caracas, rotulada con el título “Sede Nacional de Redes”, una muchedumbre se le abalanzó desesperada con los gritos Barreto, Barreto tú estás bien repleto. Barreto, Barreto dime tu secreto. Lo habían confundido con el ex alcalde Juan Barreto.  Tuvo que hacer un esfuerzo inhumano (claro, Santa no es humano, es una divinidad que vive en el Polo Norte a pesar de los intentos  que hizo Chávez para que se mudara al Polo Sur) para zafarse de aquellas masas enardecidas por el hecho de que Santa no estaba flaco como 99,99% de los venezolanos.

Caminando por la avenida Lecuna y como iba vestido de rojo nuevamente lo confundieron con un chavista y empezaron a gritarle improperios y reclamos, para defenderse les dijo ¡Yo soy Nicolás, San Nicolás! Allí fue donde la vaina se puso fea. Creyeron que era el otro Nicolás y lo persiguieron con cacerolas y bolsas vacías. En la calle de los hoteles entró a un baño y se cambió de ropa. Solo así pudo salir en paz. Como su trineo estaba escuálido, prácticamente vacío,  llamó a dos de sus grandes amigos venezolanos, Avi y Haine Kreisel (son judíos, pero negocio es negocio) a la sazón dueños de la juguetería que lleva su apellido. La llamada la recibió Haine, quien estaba en llanto. Andaba como loca. Desesperada. Gritaba: “Me robaron, me robaron, desgraciados, me robaron”. Santa, sorprendido, preguntaba subiendo cada vez más fuerte el tono de su voz de manera de hacerse oír ante los chillidos desesperados que parecían más bien provenir de alguien demente o  en una plena crisis de histeria “¿Quién te robó Haine? ¡Habla! ¡Dime!” Y ella respondió: “El Sundde. El Sundde.  Ellos me robaron. Un tal Contreras”. “¿Qué parapeto del demonio es ese Sundde?” preguntaba preocupado Santa. Haine recuperada un poquito, con una calma nerviosa que se sentía por el teléfono, que viajaba por los hilos de cobre como una corriente maléfica, atinó a contestar. “Es una vaina que inventó el gobierno para robarse electrodomésticos, zapatos, juguetes, alimentos, haciendas, edificios, cementeras, fábricas de vidrio, lanchas y barcos, empresas petroleras, empresas mineras, terrenos, cabillas, medicinas, y cuanto Dios creó”. “¿Pero acaso viene el tal Sundde del infierno, es un enviado del averno, un hijo de las tinieblas, una bestia malvada, un soldado de la oscuridad y del espanto?” “Es peor que todo eso”, contestó Haine. “¿Y no te queda ni un juguete en tus grandes y bonitos almacenes?” “Ni uno solo”, contestó. “¿Y te van a pagar algo?” “Es terror. No solo no me van a pagar, sino que mis empleados de confianza están presos, detenidos como criminales por hacer una actividad que tenemos 55 años repitiendo. Desde 1960 compramos durante todo el año juguetes a todas los productores y fabricantes en; Monagas, Sucre, Falcón, Lara, Caracas, Miranda y Bolívar. Financiamos a los pequeños y medianos industriales y sacamos en diciembre todo el inventario para la venta. Todo el mundo sabe que si es Kreisel es bueno. A ti mismo, Santa, te hemos vendido en dos o tres ocasiones (Cada vez que un Papa visita a Israel) Ahora nuestra actividad es ilegal, criminal. Ellos decretan lo que les venga en gana contra el sector privado y lo hacen respaldados por un ejército regular y otro ejército irregular. Estamos arruinados. Quebrados. Como judíos somos nuevamente perseguidos. Tendremos que irnos del país. De las 20.000 familias judías que había en Venezuela solo quedan unas 4.000.  Se ha ido 80%”.

Mientras tanto, no lejos de allí,  en las catacumbas, las ergástulas y las mazmorras del Sundde (el Sebin les cedió algunos espacios en Plaza Venezuela y El Helicoide) los colectivos armados metían apresurados los juguetes mal habidos en bolsas plásticas con la frase “Patria, Juguete o Muerte” con una foto del presidente, una del eterno, otra  de Contreras, una  de Bernal, otra  de Cabello y un más pequeña de Aristóbulo. Aturdido todavía por la noticia de la confiscación el Gordo Bueno se acercó a un cajero automático pues necesitaba algún dinero para comprar comida y se encontró con una cola de 600 personas; uno querían depositar todos los billetes de 100 bolívares, otros querían sacar billetes de 100 bolívares, los menos querían comprar billetes de 100 por 70 usando puntos de venta portátiles.  Reinaba el caos y la confusión. Nadie sabía con exactitud si los billetes de 100 servían o no servían. Más tarde, con medio saco de billetes de 50 bolívares se acercó a comprar pan y se encontró con otra cola esta vez de 200 personas. Se montó en su trineo para dar una vuelta por la ciudad y desde el aire observaba centenares de colas; en supermercados, en panaderías, en cajeros, buscando bolsas del CLAP, buscando bolsas de juguetes, en las farmacias y hasta en las funerarias. Más allá de lo lejos una poblada sin control saqueaba todos los negocios de Ciudad Bolívar. Similares locuras  sacudían distintos pueblos y ciudades venezolanas. Había robos, secuestros, hurtos y asesinatos en muchos lugares. Santa no dijo nada. Siguió en su trineo mágico y con mirada melancólica se despidió de Venezuela recordando como en años anteriores donde hoy solo hay soledad caminaban gentes felices y llenas de esperanzas.

Esta es la obra del demonio, de la ideología autoritaria y comunista. Y utilizando su poder hizo aparecer en los cielos las palabras “Permanezcan unidos y sigan su lucha democrática. La transición es pronto”. Y despareció de la vista de todos.