Ronald Portillo: La ideología como superyo

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Es válido preguntarse si el presidente de un país determinado experimenta algún tipo de  sufrimiento al constatar la situación tan terrible por la que esta atravesando el pueblo al que dice amar.

¿Le asaltará algún tipo de duda, de remordimiento? ¿Algún tipo de aflicción invadirá su alma? A un sujeto investido de tal investidura ¿qué puede impedirle realizar los giros o correcciones necesarias que faciliten, a la mayoría de los  habitantes del país que preside, sobrellevar una existencia menos cargada de carencias y  angustias?

Una de las preguntas que se impone está referida al ¿por qué mantenerse aferrado de manera tan tenaz a un rígido sistema político y económico que mantiene a sus gobernados, incluyendo a los de su propia tolda, en una situación generalizada de penuria y descalabro?

¿Será solo testarudez o ineficacia lo que ha estado imposibilitando tomar una ruta que logre disminuir tanto malestar reinante?

China y la misma Rusia en el mundo, Ecuador y Nicaragua en nuestra región, conforman una serie de países, que siguiendo el mismo modelo político imperante en Venezuela exponen  logros económicos y sociales en sus pueblos, quizás debido a cierta flexibilidad y apertura en las concepciones ideológicas que les sirven de sustentación.

Cabe interrogarse ¿por qué el Gobierno de Venezuela no ha podido hacer algo parecido, que permita aliviar en algo el rosario de calamidades y dificultades de nuestra población más necesitada? De haber sido este el caso no cabe duda de que  sus niveles  actuales de aceptación serian otros, lo que le abriría la posibilidad de realizar elecciones, sin la negación que sostiene ahora al respecto y por tanto no se habría visto sometido a tanta presión internacional por ese motivo.

Nos decimos que debe existir una razón de fuerza mayor que explique la imposibilidad que lo paraliza y que lo condena a la inacción en cuanto al camino a seguir, lo que se conoce como una “inhibición del acto”.  Y es de suponer que cuando el presidente alcanza a ver las desgracias que han invadido la vida de los venezolanos, algún sufrimiento, por mínimo que sea, debe alcanzarlo.

En las aportaciones que hizo el francés Jacques Lacan al psicoanálisis concebido por Sigmund Freud, se identifica al sufrimiento humano con la satisfacción perniciosa de una pulsión, de carácter autodestructivo. Está bastante expandida la idea de asociar la satisfacción de una pulsión con la sensación de placer, sin embargo Freud demostró que una pulsión se satisface mas allá del campo del placer, se satisface en el displacer, en el malestar, en el sufrimiento. Y precisamente para diferenciarla del placer Lacan llamó “goce” a esta satisfacción pulsional.

La instancia psíquica del sujeto que empuja al malestar y al sufrimiento es lo que conocemos en psicoanálisis bajo el nombre de “superyó”, estructura que de forma imperativa se impone al sujeto, conduciéndolo indefectiblemente a sufrir, sin que de manera consciente se pueda hacer algo para evitarlo.

Existen elementos inconscientes que han marcado la vida de un sujeto, que lo han llevado a asumir  formas de ser y de pensar en lo relativo a la concepción de la existencia, el país, la sociedad, la familia, los ideales, el amor, la amistad, la política, etc. . Cada subjetividad es muy particular, conlleva un sello personal. Asi, es de suponer que dentro del marco universal ideológico del socialismo, cada quien tenga su manera particular de asumirlo. Es lo que se puede apreciar en la diferencia existente entre el socialismo chino, el ruso, el ecuatoriano o el nicaragüense.

Pareciera que lo que obliga al conductor actual  del socialismo venezolano a sufrir y a hacer sufrir a todo un pueblo es la manera particular  de asumir tal ideología, es lo que lo obliga a mantenerse refractario a cualquier posibilidad de modificar el patrón rigido impuesto por la estructura subjetiva del superyo . Se puede por tanto inferir que la singularidad del que está dirigiendo los destinos del país reside en una ideología socialista en la que cree a pies juntillas y de la que no puede separarse, un goce pulsional superyoico se impone sobre él y  le hace imposible cualquier aperturao movimiento, arrastrando consigo toda una constelación sintomática de malestar y sufrimiento, que afecta tanto al líder mismo como a todo un pueblo, que espera con angustia expectante la resolución de sus penurias y carencias.