Gehard Cartay Ramírez: Mentiras, terrorismo y represión

 

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Estos, por lo visto, son los últimos recursos que le quedan a la dictadura chavomadurista en su afán de aferrarse al poder.

Sin ningún apoyo popular, desprestigiado a nivel internacional y repudiado por la inmensa mayoría de los venezolanos, el régimen cuenta, al día de hoy, solamente con el apoyo de la cúpula militar. La pregunta es si ese apoyo les será suficiente para mantenerse.

La experiencia histórica, por cierto, afirma lo contrario. Y allí están casos harto significativos, como el de la todopoderosa dictadura comunista soviética, que cayó como un castillo de naipes, o el desenlace de tiranías como las del sur del continente y, aquí mismo, la de Pérez Jiménez, en 1958.

Pero quien haya oído a Maduro en su perorata del domingo anterior puede concluir en que el sujeto no sabe la historia de casos similares al suyo. Por eso incurre en los mismos errores anteriores. Porque amenazar con el ejército en la calle, luego de dos semanas con la Guardia Nacional y la Policía Nacional reprimiendo multitudes desarmadas y pacíficas como nunca lo había hecho gobierno alguno, no es sino un reconocimiento tácito de que el régimen se encuentra en sus estertores finales.

Pero Dios ciega a quienes quiere perder. Más fácil les hubiera sido permitir en 2016 la convocatoria del referendo revocatorio presidencial y las subsiguientes elecciones regionales, en lugar de ordenar su inconstitucional suspensión a un obsecuente como irresponsable CNE. Los costos hubieran sido infinitamente menores que los que tendrá que pagar ahora, con todas las consecuencias del caso, incluyendo su enjuiciamiento en el tribunal internacional de La Haya por  crímenes de lesa humanidad.

Y no sólo eso. Tal vez se hubieran salvado del tribunal más importante, el de la Historia, si luego de la muerte del jefe único hubieran tenido la inteligencia y el coraje de dar un gran viraje y llamar a la unidad nacional, con una amplia amnistía y profundas rectificaciones económicas y financieras para recuperar el aparato productivo del país.

Si hubieran tomado esas decisiones se habrían adelantado en algo para enfrentar la escasez, el hambre y la ruina que hoy asolan a la mayoría del país por culpa del legado del extinto jefe. Pero, como también dice el refrán popular, Dios no le da cachos a los burros. La cúpula podrida actual prefirió enterrarse con quien la dejó como heredera del desastre que sufrimos, en lugar de pasar a la historia tratando de salir del mismo. Allá ellos con sus responsabilidades.

Ahora la realidad, terca como siempre, los condena y de qué manera. Porque su estupidez ha sido tan colosal que ni siquiera fueron capaces de asociar su dictadura con un elemento que –salvo contadas excepciones– siempre le ha sido consustancial a los regímenes de fuerza: la de mejorar el nivel vida de sus ciudadanos, crear riqueza, enfrentar la delincuencia, etc.

Analícese, al respecto, la mejoría en el campo económico que trajeron consigo las dictaduras de Pérez Jiménez y Pinochet, por ejemplo. O las de Mussolini y Hitler, antes de que ambos enloquecieran con sus tesis guerreristas y expansionistas. Todas ellas en su momento crearon empleo, atrajeron inversiones, garantizaron seguridad frente a los delincuentes y construyeron importantes obras públicas. Pero estos de aquí, como decía CAP, “ni una cosa ni la otra, sino todo lo contrario…”

Porque la verdad es que, luego de 18 largos años perdidos (menor tiempo que Pérez Jiménez y Hitler, el mismo de Pinochet y cuatro años menos que Mussolini), el chavomadurismo militarista no deja nada bueno como legado, a pesar de casi dos décadas en el poder y de haber dilapidado y robado más de 950 mil millones de dólares, cantidad que, por cierto, no manejaron ninguna de las dictaduras citadas.

Por eso ahora sólo les queda como único recurso el manejo criminal de las mentiras, el terrorismo y la represión. Mentiras cínicas (no digo infantiles, por la perversidad que las caracteriza) y que pocos se tragan. Las que han utilizado recientemente para referirse a lo sucedido a Maduro en San Félix constituyen el peor irrespeto a los venezolanos, a quienes, por lo visto, la cúpula podrida cree descerebrados.

Lo del terrorismo está a la vista: mientras hay ya más de 400 presos de la oposición, no hay un sólo detenido de las bandas armadas terroristas del régimen, que vienen saqueando, matando y haciendo de la suyas con total libertad e impunidad.

Y lo de la represión –por lo obvia y porque la dictadura cree que es su salvavidas– está allí, afectando miles de venezolanos cuyo único “delito” es aspirar a vivir en democracia y en libertad.

@gehardcartay