Juan Guerrero: En fosa común

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Toda dictadura es, esencialmente, aberrante y cruel. Y la nuestra no escapa de esta caracterización, agregando, además, su impronta distintiva: socialista y madurista.

La crueldad, propia de todo régimen autoritario y militarista, la usan en Venezuela para generar terror y miedo en la población civil y espantar de las calles a los opositores y sus dirigentes. Además de la represión masificada, se utiliza una sofisticada estrategia de persecución selectiva de quienes están participando en la denominada Resistencia.

Desde febrero de 2014 llevo un registro gráfico y reseñas de artículos de las protestas en una de las ciudades emblemáticas de la Venezuela desafiante, Barquisimeto. He escuchado testimonios de torturas, ultrajes y violaciones sistemáticas a los derechos humanos. La característica fundamental en todas es la crueldad, asociada a las humillaciones mientras se aprecia la ejecución de la brutalidad de parte de las fuerzas represoras.

Todavía recuerdo el testimonio de una señora y su hija, para ese momento (2014) era menor de edad, quienes fueron llevadas al Destacamento 47, en la ciudad crepuscular, antro de torturas, donde fueron vejadas y amenazadas con violarlas. Las obligaron a limpiarles las botas, con sus cabellos, a sus torturadores. Acto seguido, trajeron unas tijeras y se los cortaron. Esos testimonios reposan en declaraciones tomadas a las víctimas y que han sido elevadas a las agencias internacionales, como la Corte Penal Internacional. Allí están los nombres de sus torturadores, muchos de ellos oficiales militares y hasta descripciones donde funcionarias, con uniformes militares, con evidentes rasgos fonéticos similares al habla cubana.

De ese tiempo al presente los actos de tratos crueles, torturas, asesinatos y desapariciones contra los ciudadanos que protestan, han aumentado de manera alarmante. Tanto, que ya es voz común escuchar en las protestas y actos de resistencia, la manera cruel y degradante como tratan a los detenidos y especialmente, a las mujeres en los centros de reclusión.

Las manosean mientras las capturan. En los vehículos donde las trasladan y mientras las revisan, les introducen las manos, sin mayor pudor, en cualquier parte del cuerpo. Una vez que son depositadas, literalmente, en esos antros, se intensifica la tortura psicológica. La frase “carne fresca” (léase el libro Perdigones en la cédula, editado por la fundación de derechos humanos, FUNPAZ, 2016) da cuenta que esta es una de las frases preferidas de las guardias nacionales cuando entregan a sus pares masculinos a las capturadas.

La humillación, la vejación y –por denuncia de muchas mujeres- actos de impudicia y ultraje contra la condición humana, son parte del dantesco ritual del horror ejecutado por miembros uniformados de la Policía Nacional Bolivariana y Guardia Nacional Bolivariana, junto con agentes de la seguridad política del Estado, como el Servicio Bolivariano de Inteligencia y el Comando Nacional AntiExtorsión y Secuestro.

Las agresiones de la dictadura se acentúan y cavan su propia fosa, en la medida que se va conformando todo un alerta, en la población civil, por las evidencias y testimonios de sus víctimas, y en las agencias internacionales de defensa de los derechos humanos, en la medida que se entiende que esto que ocurre en Venezuela es todo un diseño de agresión sistematizada como Política de Estado, perpetrado por miembros de instituciones amparadas y mantenidas por un gobierno devenido régimen de dictadura judicial, como en su momento lo indicó la Fiscal General de la República, al declarar que se había “roto el hilo constitucional”. Semejante afirmación muestra que en Venezuela todos los actos que realiza el ejecutivo nacional carecen de legalidad y legitimidad.

Peor todavía, en lo referente a la actuación de las fuerzas policiales, militares y paramilitares (colectivos) la dictadura entró en un peligroso y oscuro túnel sin retorno, al quedar entrampado, como consecuencia de su aberrante actuación, violando los derechos humanos de la población civil.

Quienes han participado contra la población venezolana en protestas, actos donde el uso de la fuerza es comprobadamente superior, por ser letal, contra manifestantes. Bien por un justo reclamo al violarles su derecho al agua potable, gas, luz, asistencia médicosanitaria, medicinas, alimentos, educación. Así como aquellos políticos y su justo reclamo en actos multitudinarios, como plantones, concentraciones y marchas; serán en su momento llevados a juicio y sentenciados.

Los ciudadanos jamás olvidamos cuando se ultraja y se humilla la dignidad y se violan sus derechos humanos. Es falso que el venezolano sea apático y desmemoriado. Desde hace años está en la calle reclamando sus derechos básicos. Ahora que otro sector de la población se incorpora, hay más fuerza para resistir. La única manera de enfrentar una dictadura es con la gente organizada en la calle.

En Venezuela la otra historia, cívica y vecinal, se está forjando en el asfalto.

(*)  [email protected]   TW @camilodeasis   IG @camilodeasis1