Simón García: Afinar la puntería

 

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Aún si Maduro lo quisiera, le resultaría difícil lograr un giro de su régimen hacia la democracia. Pudiera intentarlo, pero los extremistas del lado oficialista han alcanzado un poder de boicot capaz de impedirlo. Por eso el gobierno, enredado en su contradictoriedad interna, parece condenado a consolidarse como una dictadura. ¿Existe un “a menos qué” ?

Maduro no ha seguido un recorrido lineal. Ataca persistentemente las raíces del funcionamiento económico capitalista y de la democracia, pero va más lento en podar sus copas. No es un demócrata, pero intenta mantener ciertas formalidades de la democracia para producir el efecto de que se la respeta, mientras le administra cotidianamente el veneno que acabe con ella.

Aunque sea una distinción de grado, es una de las varias señales de que el poder no es homogéneo. Existe una pugna soterrada entre intereses distintos por imponerse en la conducción de un proceso que dejó de ser revolucionario y está reducido a conservar privilegios comunes.

Los sostenedores del régimen no son talla única. Hay quienes por convicciones ideológicas defienden esta dictadura de los enchufados. Ese sector tiene el control de la fraudulenta constituyente y ha mostrado una fuerte predisposición por el totalitarismo. Siguen el modelo comunista al que Castro intenta asegurarle el funeral más digno posible.

Hay otros oficialistas a quienes no les importa ningún proyecto de país ni el sufrimiento de la población. Tienen el cerebro en sus cuentas bancarias, alimentadas por la corrupción y negocios que la justicia internacional castiga.

Esta diferencia de portada es susceptible de mejores descripciones. Pero no debería ignorarse y oxigenar conductas que atacan como un todo al bloque de poder autocrático. La idea es debilitarlo.

Escalones abajo hay quienes comienzan a pensar que lo más conveniente para su proyecto político y su futuro personal es ceder ante las exigencias de democratización de la nación entera. Los contiene el temor a las amenazas de que el cambio significará venganza en vez de recta justicia.

Nadie pide adular a las Fuerzas Armadas, pero tampoco meter en un saco a  oficiales implicados en corrupción, actividades económicas ilegales o vulneración de los derechos humanos con una mayoría decente cuyas familias son golpeadas por este huracán que, si sigue su curso, acabará con el país.

La tarea principal de las fuerzas de cambio hoy es participar en la elección de gobernadores y prepararse fuertemente para ganar una batalla en las condiciones más desventajosas que se pueda imaginar. El objetivo electoral se logrará en el mayor número de estados y con el primer porcentaje nacional.  Pero el ventajismo y el atropello pueden imponer resultados por encima de las predicciones sobre una caída y mesa limpia.

En elecciones que no serán democráticas y vinculadas a fortalecer el poder ciudadano, mejorar las alianzas sociales del cambio y restar sustentación al poder nacional hay que pensar los objetivos no electorales a cumplir en esta batalla electoral. Votar no es el fin.

@garciasim