Leocenis García: Yo quiero privatizar lo que no sirve en Venezuela

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El bloque comunista del Este cayó, desmantelando al comunismo, entre otras cosas, por una desestabilización del sistema monetario. Sin estabilidad monetaria, el sistema de libertad económica no puede obrar. El modelo neoclásico constituye una teoría general del funcionamiento de la economía de mercado.

Las perturbaciones que la apartan de su senda derivan de las acciones de los gobiernos. No es el mercado sino el gobierno el que inicia los llamados círculos económicos de alteración de la estabilidad monetaria, requisito previo esencial de la estabilidad económica.

Durante una buena del siglo XX la planificación central de la economía fue considerada más eficiente y más productiva que el capitalismo de economía de mercado libre. Sin embargo, como el tiempo demostró, una autoridad central operando un Estado socialista desarrollado sin propiedad privada, mercados y competencia, no podía construir una economía productiva y eficiente.

En el año 2000 Francis Fukuyama, declaró en la Revista Time: ‹‹Si por socialismo entendemos un sistema político y económico en que el gobierno controla una buena parte de la economía y redistribuye la riqueza para producir igualdad social, entonces creo que se puede decir con toda seguridad, que la probabilidad de que se produzca su retorno en algún momento de la próxima generación es casi nula›› (2000: 111).

Fukuyama no había escuchado de las ideas que entonces empezaban a germinar en estos aventureros a los que una Venezuela cansada, les había endosado un cheque en blanco en las elecciones, dos años antes de esta profecía.

El régimen destruyó el país literalmente, a partir de entonces. Venezuela era uno más de los sitios donde las ideas del poder omnímodo del Estado hacían estragos.
Después de que un país cae tan hondo, y todo se pone en manos del Estado, el primer paso para volver a encaminarse es privatizar todo cuando se puso en manos del Estado.

Son las privatizaciones, nunca bien defendidas, el principal argumento de los enemigos del liberalismo, para satanizarlo. Sin embargo la historia de las privatizaciones es muy atractiva.

Las privatizaciones cobraron impulso bajo el mandato de la primer ministro británica Margareth Thatcher. Y fue el gurú de la gestión Peter Drucker, quien escribió acerca de ‹‹La enfermedad del Gobierno›› (1969: 234), para referirse a las nacionalizaciones del estatismo.

Los gobiernos han demostrado hacer tres cosas bien: combatir en la guerra (sacrificar a sus ciudadanos), inflar la cantidad de dinero (matar a sus ciudadanos sin enviarlos a la guerra). Y establecer los impuestos.

En todo lo demás el gobierno es un fracaso. Cuando gestiona empresas, proporciona servicios públicos, paga pensiones de los jubilados o se ocupa del bienestar de los pobres, el gobierno es un fraude. Drucker decía que: ‹‹El gobierno moderno se ha convertido en ingobernable›› (Drucker 1969: 220).

Para ayudar a resolver los problemas de una sociedad con vocación por el crecimiento, no encuentro otro camino que el retorno a la iniciativa privada por su ventaja natural a la hora de gestionar el cambio, la innovación, y responder a las necesidades de los consumidores. La iniciativa privada es la única institución que asume riesgos y puede abandonar lo que no funciona o dirigir sus recursos donde funcionan.

El gobierno, por el contrario, es mucho menos ágil y le lleva mucho más tiempo abandonar servicios que cuestan demasiado o que no muestran los resultados apetecidos. El gobierno no produce nada, no sabe nada de negocios, lo único que sabe es gastar.

Las grandes empresas están mejor preparadas para asumir responsabilidades sociales, como proporcionar puestos de trabajo seguros que valoran el talento y el mérito de las personas, así como en la formación profesional y otros beneficios.
El economista israelí Shlomo Maital decía que ‹‹la solvencia y riqueza de un gran número de negocios personales –pequeños, medianos y grandes- determinan la solvencia y la riqueza de una nación. Cuando esos negocios se llevan a cabo con éxito sus gestores crean riquezas, renta y puestos de trabajo para un gran número de personas (…) son los que se mueven en el mundo de los negocios los que crean riqueza, no los países como tales o los gobiernos. De los negocios depende el que nuestra situación sea mejor o más o menos próspera›› (Maital 1994: 6).

Lo que nosotros defendemos es que las sociedades para cubrir sus necesidades económicas y sociales, puedan apoyarse más en la iniciativa de los negocios privados que en los gobiernos. Se trata de tener más fe en la gente que en el Estado.
Bajo el mandato de Margaret Thatcher el gobierno comenzó a desprenderse de las industrias nacionalizadas, comenzando por la British Petroleum en 1969. La ‹‹Dama de Hierro›› tuvo su prueba de fuego en 1984 con la venta de British Telecom. Los británicos fueron animados a comprar acciones a bajo precio y el público apoyó con energía y entusiasmo la privatización. Los precios de las acciones subieron en la bolsa con fuerza. Hasta entonces, el servicio telefónico británico estaba anticuado, pasaban largos meses para conseguir una línea de teléfono, y muchos teléfonos públicos permanecían años fuera de servicio, sin ser reparados. Todo esto cambió cuando BT comenzó a ser una compañía propiedad de los ciudadanos y sus acciones cotizadas en la bolsa de Londres.

Madsen Pirie, en ‹‹Blue for a Resolution››publicado por el Adam Smith Institute (1992), había realizado un análisis vibrante sobre el proceso de privatización impulsado por Thatcher, y desde entonces tanto Madson Pirie como Edmond Butler, se pusieron a la cabeza de las esperanzas de privatización de todo el mundo.

En Londres, tanto los trabajadores como consumidores se convirtieron en accionistas de las empresas que antes eran propiedad del Estado. El apoyo ciudadano a la privatización se amplió considerablemente. El gobierno incrementó sus ingresos. Las compañías se hicieron más rentables. Tras el éxito del programa de privatización británico, su industria global se ha convertido en una industria moderna, plenamente desarrollada.
El mundo está girando y debemos girar con él. En el caso de Venezuela, el país debe salir del modelo mixto, impulsado por los partidos después del Pacto de Punto Fijo, con las empresas en manos del Estado que hizo ley el gobierno socialista a partir de 1998.

Lo hecho por Acción Democrática y Copei, al alentar las asociaciones mixtas entre empresarios vividores del estatismo y el gobierno, es una corrupción no solo lingüística sino económica. No hay mayor anticoncepto que la pretendida asociación entre empresa y gobierno, entre la producción y la fuerza.

No importa cuál sea el camuflaje verbal, ese ablandamiento de la libre empresa, esa intervención de la fuerza como elemento básico y árbitro último de todas las relaciones humanas, consiste en convertir a algunos miembros de la sociedad (los realmente productivos) en bestias de carga.

Tampoco (esa es la verdad) se les podía pedir mucho a un grupo de jóvenes aventureros que les tocó vivir en una Venezuela atrasada, donde apenas llegaban los libros en 1958. La inmensa mayoría no sabía leer ni escribir.

Cuando el 19 de enero de 1994, el gobierno de Caracas rescató al Banco Latino a un costo de casi 1.800 millones de dólares, aquello no era sino la obra en cuerpo entero del modelo del socialcristianismo y la socialdemocracia. Su empresario estrella, el parásito que había creado, el apóstol Pedro Tinoco, un tipo que en una sociedad de libre mercado hubiera ocupado el puesto de un mendigo, estaba ahí asociado a una verdadera vergüenza, al estasis nauseabundo de la copulación entre bárbaros y empresarios parásitos.

En el Latino no solo estaban depositados ahorros de la población (1,2 millones de depositantes) sino también fondos del Estado. Durante los cuatro años en los que su ya antiguo presidente Pedro Tinoco (¿empresario?), fungió como director del Banco Central en el gobierno de Pérez, el Banco Latino se convirtió en el segundo del país y en un símbolo de la ostentación y la corrupción del gobierno de Carlos Andrés Pérez.

El 4 de febrero de 1994, el prestigioso diario estadounidense The Wall Street Journal recogía el asunto así en una nota: ‹‹probablemente ningún otro banco del mundo tenía más miembros de su junta directiva que sean dueños de jets privados. El presidente del Latino, Gustavo Gómez tenía tres››. 25 años después Gustavo Gómez se prestó para darle legalidad a una operación donde los socialistas de Hugo Chávez se hicieron con dinero del Estado del diario El Universal, de Venezuela.

La mano del Estado creando sus parásitos ‹‹empresarios››, manejando empresas, gestionando servicios, fracasó en Venezuela en 2015. El país era una vieja cafetera echando humo, movida como un barco por agua y humo. El Estado había fracasado en su promesa de traer modernidad. Al crear una estructura industrial protegida bajo el manto de petrodólares y el Estado. El país cayó en el foso.

El asunto había empezado mal cuando a partir de 1936, el general Eleazar López Contreras, sucesor de Gómez, decidió que el Estado multiplicara sus funciones, guiado por el ‹‹Programa de Febrero››. Las funciones del Estado, restringidas hasta entonces a la defensa nacional y al mantenimiento de la integridad territorial y a la paz pública, se amplían a la dirección y regulación de la economía, prestación de servicios sociales, y manejo de la educación.

El Estado acabó con todo cuanto manejó. A la fecha, el sistema eléctrico está en manos del Estado, sin embargo Venezuela es un país lúgubre, cuyos pueblos (el interior del país) apenas si se abastecen de cinco horas diarias de energía eléctrica. Los centros comerciales han sido obligados a cerrar antes de las siete de la noche, en diciembre, para ahorrar electricidad y contribuir a minimizar los apagones, de una corporación eléctrica en manos de ineficientes burócratas.

En el caso de las comunicaciones telefónicas, la CANTV (Compañía Nacional Telefónica de Venezuela), que Hugo Chávez había estatizado, pasó a tener el nada honorable primer lugar como el peor servicio de internet del continente americano. No se pueden hacer llamadas de larga distancia de manera óptima. Si el servicio falla, hay que ponerse en posición de loto y rogar a Buda que obre un milagro.

La estatización de empresas no puede funcionar, porque un burócrata estatal, no puede manejar eficientemente una empresa por la ausencia de cálculos económicos en sus gestiones. Reciben mandatos que están sujetos a los objetivos del poder y no de satisfacer a los usuarios. Sus objetivos son políticos no económicos.

El único mandato que el director de una empresa privada da a los encargados en el momento en el que les trans ere una autonomía en la gestión es tender a la máxima utilidad económica.

El tema neurálgico es que en una empresa pública estatal, los puestos de trabajo son favores por militancia política.