Luis Alberto Buttó: Muchos hijos, ningún padre

Luis Alberto Buttó @luisbutto3
Luis Alberto Buttó @luisbutto3

 

Elemento fundamental que genera inmovilidad en política es la antiquísima tradición de que a las victorias le salen todos los hijos del mundo en reclamo de supuestas herencias, mientras las derrotas no encuentran padre alguno que las reconozca como suyas para así evadir cualesquiera responsabilidades al respecto. En esencia, los unos y los otros son polos iguales y en consecuencia se repelen, como la ley de la atracción indica. En el medio, atrapados por ambas fuerzas sin poder soltarse ni encontrar capacidad de maniobra, los pueblos sufren aplastados por la cotidianidad signada por el sufrimiento y la desesperanza. A quien pueda escuchar, el vomitivo griterío generado por ambos bandos ensordece, confunde, exaspera, asquea.

En la multitud de los primeros (los hijos), las dentelladas tipo hiena alimentan el festín escenificado por el reparto de potestades, prebendas, canonjías, cargos y carguitos. Así las cosas, por ejemplo, cuando el país democrático se esperanzó con el triunfo en pasadas elecciones parlamentarias, los que nunca han superado la tara de comportarse según la vieja cultura política de no diferenciar lo público de lo privado, amamantada con la redistribución de la renta que siempre alcanza para quien se conecta, se afanaron en ocupar el cubículo desde donde creyeron encontrar brillo personal, la mayor de sus motivaciones. ¿Lo importante? Lograr ser presidente o sub-presidente de comisión; asegurarse puesto en el estacionamiento por portar carné de asesor; lucir la corbata comprada a volandas sin la cual se afea la firma calzada en la convocatoria para el «Foro tal» o el «Foro Pascual»; gozar de la sala de maquillaje previa a la entrevista del programa de televisión; convertirse en nuevo gurú de la opinión en cada programa de radio disponible. Tribuna dispuesta, los más encumbrados empezaron a pegar gritos, cada uno medido en función de la proyección esperada de cara a eventuales comicios de cualquier tipo. ¿Propuestas? Todas las opciones eran válidas: renuncia, referéndum, anticipo de elecciones, reforma constitucional, y pare usted de contar. El punto era que cada quien requería se le reconociera autoría para ensombrecer la cancha del otro: el verdadero adversario, no precisamente el plantado en la acera contraria. Resultado: tiempo malgastado miserablemente.

En la ausencia de los segundos (los padres) varias tipologías destacan por las piruetas dantescas que, verbigracia, comenzaron a animar el escenario horas después del 15 de octubre. Por un lado, pululan los expertos en apalancarse en el locus de control externo. Son los que nunca tienen la culpa y siempre encuentran responsables a quienes endilgarles sus propios yerros. Se les reconoce por el grito de guerra: ¡abstencionistas morid! No entienden que si no supieron o no pudieron convocar a la gente, ése es su problema y ésa es su maldición, no lo son de los que decidieron hacer oídos sordos a tales llamados. Por otro lado, se arriman al cotarro los emperadores de la profecía auto-cumplida. Los que una vez conocidos los resultados, con o sin espacio disponible (los primeros son los más dañinos, obviamente) no han cesado de gritar, para propia alabanza y aplauso de iguales, frases que hieren a rabiar por la escasa originalidad utilizada para su construcción: «se los dije»; «crónica de una muerte anunciada»; «se veía venir»; «no aprenden»; «dictadura no sale con votos», y pare usted de contar. Desde fuera (fácil: no votaban en esta ocasión) o desde adentro, acusan a todo el mundo de colaboracionista, pero se cuidan muchísimo de mirarse al espejo, so pena se percaten que, en buena medida, la desgracia que los envuelve es la de haber sido tontos útiles al prestar talentos a la colaboración que más necesitaba y necesita el poder despótico.       

Mientras esto ocurre, los que menos hablan siguen en las colas para comprar pan. Algunos, llorando de paso a sus muertos, los que fallecieron por no encontrar medicamentos.

Historiador

Universidad Simón Bolívar

@luisbutto3