Leocenis García: En busca de un país en medio de la aldea que es Venezuela

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Un país, es valores, es educación, es felicidad, es orden, es libertad económica. En cambio un aldea es un suburbio, de gente amontonando, esperando los engaños de un hechicero, que tiene una pócima mágica para los problemas de la tribu.

Una aldea no crece jamás; un país, sí.

Como empresario de medios, aprendí que no se puede crecer sin endeudamiento. Pero la deuda debe crear activos, dinero y productividad. El problema de Venezuela no puede reducirse al masivo proceso de endeudamiento ocurrido entre 1974 y 1978. Sería verdaderamente sórdido ignorar que el rentismo y la no productividad han conspirado torcidamente contra la estabilidad de la república.

No hay que ser economista para entender que si obtenemos dinero prestado para comprar comida y no producimos nada, resolvemos el abastecimiento, pero alguien tendrá que pagar el préstamo. Y ese alguien suelen ser los ciudadanos a través de más y más impuestos e inflación.

La economía es muy importante para dejársela a los economistas (y a los políticos). La política económica aplicada, por ejemplo, entre 1979 y 1982 provocó una estampida de capitales del país. Si a un empresario, como nadie espera, lo ponen a dirigir un silo de ordeñar vacas acabará arruinando todo, y si no se rodea de gente exitosa para tal fin el daño será mayúsculo. En Venezuela ha sido exactamente al revés, hemos puesto a dirigir el país a gente que, en la mayoría de los casos, no han podido mantener ni a su familia en su vida de activismo político. No estoy exagerando.

Recuerdo haber oído a un profesor una frase que me marcó para siempre. La soltó en un aula llena de muchachos que abrazamos la comunicación social. “Chicos, ustedes pueden ignorar al Estado, mandarlo a la mierda incluso, pero sepan que todo lo que pasa allá afuera –dijo, señalando a la ventana- les afecta a ustedes, es producto de las decisiones de hombres que actúan en nombre del Estado y tienen su poder”.

Aquel profesor nos invitaba a los jóvenes a preocuparnos por la política, porque no preocuparnos no evitaría que transitáramos las consecuencias de las decisiones tomadas por nuestros senadores, gobernadores y presidentes.

Uno de los ejemplos de esas decisiones, en nombre del Estado, fue aquella tomada en 2007 con la reforma de la Ley del Banco Central de Venezuela, de donde se conformó el Fondo de Desarrollo Nacional (Fonden) y se abrió el camino para dos reformas adicionales de la Ley del Banco Central de Venezuela, la de noviembre de 2009 y la de noviembre de 2010, mediante la cual se sepultó la estabilidad monetaria en Venezuela.

Con la reforma de julio de 2005 se institucionalizó la descapitalización del BCV a través de un conjunto de traspasos de divisas al Fonden, mermando así las reservas internacionales y con el respaldo a la moneda local, el bolívar. Nuestra moneda se convirtió en una de las más débiles del mundo.

Nuestro Banco Central se convirtió en una especie de casa de impresión de billetes cuyo valor se deterioraba con el alza de los precios que esa impresión permitía. Entre julio de 2005 y diciembre de 2012 el dinero creado por el BCV (la base monetaria) aumentó en 1.065 %, un crecimiento de 40 % cada año.

Para decirlo claro y sin rodeos: creamos dinero basura, tanto, como para llegar al extremo de cargar con una carreta llena de billetes con la que solo podíamos comprar una lata de leche. No hay economía ni democracia, con vocación por la gente, que pueda soportar esa expansión monetaria sin intoxicarse. Venezuela cayó en una ola inflacionaria.

Democracia con hambre no es democracia, es dictadura. El sistema democrático pasa porque se den las reformas que permitan que todos podamos ser más prósperos. Si 80 % de la población en Venezuela vive en pobreza y anhela la democracia, sin duda su idea sobre la democracia tiene como punto de partida que ésta le sirva para salir de la indigencia.

Yo no puedo separar la democracia de la economía; eso queda bien claro en los próximos capítulos. Para mí, si no hay comida cuando se tiene hambre, si no hay medicamento cuando se está enfermo, si no hay una casa cuando se necesita un hogar, si no hay trabajo para la dignidad de la gente, la democracia no es tal, aun cuando sus ciudadanos voten y tengan representantes en el Congreso.

Las encuestas de Latinobarómetro, desde 1998, expresan que esta preferencia con respecto a cualquier otro sistema de gobierno ha aumentado en el país. De poco más de 61 % en 1998 a 86 % en 20102. Este aumento fue notorio en el año 2002 (77%) cuando hubo un golpe de Estado que sacó al entonces Presidente del poder.

Para mí, Venezuela es como mi mujer, como mi madre, como mi hija, seres realmente imprescindibles para cualquier hombre. Soy fanático de la música de Ricardo Arjona y suelo de vez en cuando tararear distraídamente una de sus canciones más sublimes, en la cual habla de su madre: Mi novia se me está poniendo vieja y le está costando un poco caminar / tres meses sin venir y ella en bandeja le sirve otro café para su amor/ Mi novia se me está poniendo vieja y yo que me empezaba a enamorar del peso de las cosas que aconseja de su don universal de perdonar/ Ella es mi novia y no anda con chantajes ni pone reglas de delidad / me ha alcahueteado a cada personaje sin importarle la exclusividad/

Venezuela es nuestra mujer, y nuestra madre; como en la canción de Arjona “le está costando un poco caminar”. Me siento obligado, igual que mi generación, a buscar la cura de sus males como haría un hijo con una madre agonizante. Los milagros son posibles para el que cree, dijo Jesús de Nazaret. Yo creo en Venezuela, y estoy seguro que tú, también.