Luis Alberto Buttó: Opresión con cuentagotas

Luis Alberto Buttó @luisbutto3
Luis Alberto Buttó @luisbutto3

 

Entre otras variables que lo definen, el autoritarismo es un sistema político caracterizado por la inclemente opresión que ejerce sobre la población del país que lo sufre. A su vez, de las múltiples formas en que es posible evidenciarla, la opresión se materializa con la puesta en práctica de un conjunto de mecanismos que, en líneas generales, buscan doblegar la voluntad de los que, en consecuencia, al serle domeñados sus normales instintos contestatarios, de rebeldía e inconformidad, se alejan del ejercicio de la ciudadanía y se enquistan en la mera condición de habitantes. Para ser efectiva, la opresión pasa por la humillación, la vejación y el maltrato no necesariamente físico de las personas que la experimentan en carne propia. Como el diccionario lo define, el oprimido es alguien agobiado; es decir, rendido, abatido. ¿La razón de ser de la opresión? Sin ciudadanos no se construye la democracia real de todos los días. En el agobio no se sueña libertad.      

Cuando se pasa por la planta baja de un edificio y se mira a un grupo de personas esperando con inmensa paciencia y mayor regocijo por el reparto del pan del día, se entiende desgarradoramente el significado cotidiano de la opresión. Cada quien lleva su bolsa para recibir la cuota asignada y regresar a casa contento porque no tuvo que hacer cola en panadería alguna, razón por la cual le agradece sobremanera a quien organizó e hizo posible que así fuera. Se asume que la incomodidad y el sufrimiento son para otros. Los supuestos beneficiados se encuentran más allá de la penuria: la cena está resuelta. Cuando se vuelve a pasar por esa planta baja de edificio y se ve la satisfacción del mismo grupo de gente al recibir cajas de comida, la tristeza invade el alma del observador. Hay alegría desmedida porque se apretuja entre los brazos lo que al resto cuesta mucho conseguir, independientemente de que ese resto tenga igual o más necesidad de lo otorgado. La serenidad de ánimo proviene de la certeza rupestre de que ya no habrá que pararse frente al mostrador y marcharse sin poder comprar lo buscado, ora porque no lo había, ora porque no hay dinero que alcance para la compra. Se escucha decir: menos mal que por lo menos recibimos esto, porque en caso contrario no sabríamos qué hacer. Hasta se oyen exclamaciones de sorpresa por lo que es capaz de soportar la gente para satisfacer una necesidad. Aterradora disociación de la propia realidad.

Al final de la jornada, la tarea del opresor parece estar hecha y seguro obtendrá calificación sobresaliente, medida en función del objetivo trazado de antemano: doblegar a cambio de. Constatable es que la voluntad del hombre se resquebraja cuando éste se limita a emitir su reclamo únicamente al sentirse resguardado en la intimidad del hogar, o cuando lo pronuncia en susurros y sólo frente a unos pocos porque teme le tachen de la lista del reparto. ¿El país? El país queda muy lejos. Tan lejos que muchos no entienden cómo se le ha desbaratado hasta en los tuétanos. Tan lejos que demasiados no comprenden que aceptando y conformándose con lo mísero tiñen de gris triste lo que les pueda quedar de esperanza.  

El rabí de rabíes enseñó: «no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».       

Historiador

Universidad Simón Bolívar

@luisbutto3