Adrián Guacarán, por Luis Barragán

 

Luis Barragán  @LuisBarraganJ
Luis Barragán @LuisBarraganJ

Le puso un sello inconfundible a los ’80 del ‘XX, con motivo de la visita de Juan Pablo II. El niño cantor brotó de la Venezuela profunda, representándola mejor que los encapuchados que confiscaron la década para, luego, expropiarnos del siglo siguiente.

Un país que quizá presintió la enormidad de una crisis, mirando por instantes hacia los Evangelios, irresuelta lustros más tarde gracias a una estafa política de dimensiones y consecuencias todavía impredecibles. Nadie puede obviar el contexto de una celebridad que ha de sintetizar, como ya lo hace, un periplo inmerecido muy a pesar de los extravíos impuestos por la cultura rentística.

Adrián fue agasajado y obsequiado por propios y extraños, y, aunque fuese con la mejor intención del mundo, el presidente de entonces y su consabida secretaria, entre otros regalos, le hizo pública la entrega de una bicicleta y de una beca que, por cierto, no distaba mucho de las intenciones y atenciones equivalentes, dispensadas a las “mises” encumbradas por el hábil bisturí de un cirujano plástico. Populismo redomado aparte, el muchacho creció y se hizo cantante profesional, pues, diría, al fin y al cabo, fue conocido como tal, aunque la voz acuñada no haya sido la del merengue, sujeta a los cambios naturales de la adolescencia, juventud y adultez.

No sabemos si el caso de Guacarán, como el de otros humildes muchachos de su comunidad inmediata, fue objeto de un estudio especializado para contribuir a su superación social y económica, orientándolo hacia horizontes y alternativas diferentes. El psicólogo social y el historiador rigurosos puede ejemplificarlo muy bien, como el éxito o el fracaso, momentáneo o permanente del país que lo aplaudió con fervor a la espera del otro telonero de un drama lírico que sistemáticamente evadió, mordiendo hoy el abismo.

Captadas las grandes mayorías, ahora desengañadas, a Guacarán muchos no le perdonan su simpatía o militancia en el chavismo, como lo hacen y festejan con las fulgurantes figuras de una oposición que, no más ayer, la perseguían con saña y desparpajo. Un vistazo a su cuenta de Twitter que ojalá se conserve (https://twitter.com/guacaran_blanco), revela las convicciones de un opositor inspirado en las enseñanzas de Wojty?a, cuya modestia le agradeceremos por siempre, aunque haya sido el “peor estudiante”, según la sentencia del “mejor estudiante” que lo trató en los años de una común escolaridad policlasista y que, al parecer, nunca se sintió agradecido o lo suficientemente agradecido por tan magnánimo gesto.

No por casualidad, se va prematuramente de este mundo, como muchos, por complicaciones renales que, apenas, años atrás, hubiese resuelto alguna clínica pública u hospital privado. Apenas, en su cuenta, hizo un llamado para la ubicación de un determinado medicamento, como ocurre a todos, pero nunca sus familiares lo han hecho para cubrir económicamente el sepelio.

Adrián, hoy, nos retrotrae y nos proyecta. Coincido plenamente con María F., al rendirle tributo, pues, querámoslo o no, es parte de la herencia indivisible que le dejamos a las nuevas generaciones.