Alfredo Maldonado: Tercera edad y otras iras

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Estos comentarios no son para los jóvenes, porque ni los entenderán ni los creerán y, la verdad definitiva, tampoco les importarán. Ni tampoco para los viejos, porque ya no tienen remedio. Quizás un poco para quienes están todavía entre los dos extremos, como advertencia sin mucha trascendencia porque en un país como el que nos ha tocado en mala suerte, ni siquiera se puede ahorrar para la vejez porque lo único que se logra es perder dinero.

Es fácil llegar a viejo, a menos que se muera uno antes por no poder encontrar alguna medicina fundamental, lo difícil es serlo. Cuando avanza uno hacia la vejez, mucho menos cuando se es joven, no se piensa en la muerte. Cuando se es viejo la muerte es cosa hecha, asunto tan seguro que tampoco vale mucho la pena pensar en esa inevitabilidad. Pero sí desearla.

Lo peor de la vejez no es la enfermedad, que sin duda se hará presente en alguna forma más inhabilitante o menos, sino comprobar que se está solo. Y especialmente por las noches, antes que venga el sueño sin ser advertido como el habilísimo ladrón que es, con recuerdos imposibles de echar a un lado de tantos momentos y decisiones de la vida anterior, más corta que lo jamás imaginado, que hubieran sido diferentes y seguramente mejores, no sólo por sí mismos sino porque hubieras podido tomar decisiones diferentes.

Ahora sabes lo que hubieses debido decidir, y casi nunca coincide con lo decidiste en su momento. Pero ése no es el mayor problema, lo terrible es que ya no hay remedio, la vida jamás retrocede, es uno de los milagros que Dios no tiene en su agenda.

La soledad y la conciencia son grandes crueldades de la vejez. Y la certeza de haberse quedado atrás, de que la vida ha seguido su marcha, porque es una maquinaria que jamás descansa ni se cansa, los que se agotan y desgastan son los que viven. Los viejos son la basura de la vida, lo que se echa a un lado, se aparta porque es desechable, sólo que a los viejos no los meten en bolsas plásticas -a menos que el tipo de muerte sea susceptible de examen forense, cada vez más frecuente en Venezuela.

No se puede acudir a los hijos, porque ellos están en esa edad en la cual la vejez es un futuro lejano, etéreo, y el presente una imagen de lo que ellos no piensan ser. No pueden comprender. Tienen mucho tiempo para dar, pero es muy poco el que entregan a sus viejos personales porque no tienen todavía edad para entender el valor del tiempo, que para ellos no es más que una abstracción. No es que los hijos sean malos, es que tienen otras prioridades.

Los viejos descubren el muy precario consuelo de quejarse, porque ya no tienen el derecho de reclamar, no son acreedores de cariño, sólo entes pasivos como las bolsas plásticas de basura que alguien siempre ruidoso, pero desconocido, se lleva a sitios ignotos que muy pocos visitan. Y cuando por cualquier razón -que en la Venezuela actual puede ser simplemente la falta de repuestos para los camiones recolectores de desechos- esas bolsas no son recogidas, apestan. Como la vejez.

Los jóvenes y maduros pueden darse el lujo de tener amigos, de cultivarlos, soportarlos o desecharlos. Los viejos no necesitan escoger opciones, sólo tienen una. Sus amigos van muriendo, y sólo es de envidiarles que hayan descansado antes.

La vejez es siempre un período con ira, porque nadie quiere llegar a ella, la vida nos empuja y no hay forma de evitarla, excepto la muerte. Antes de la vejez, es una lejanía. En la vejez, una certeza.