La miseria es tabú en un país plagado de pobreza

La miseria es tabú en un país plagado de pobreza

Los infantes deambulan por las calles solos o acompañados por sus padres. (Foto: María Fuenmayor)
Los infantes deambulan por las calles solos o acompañados por sus padres. (Foto: María Fuenmayor)

 

“Yo lo hago para darle comida a mis hijos porque no tienen mamá”. Con esas palabras, un joven indigente que vive en Maracaibo, se defiende ante los señalamientos de los vecinos que lo responsabilizan de explotar a sus hijos al ponerlos todo el día a trabajar. Los pequeños siempre lo acompañan, no superan los 10 años, pero conocen todas las cuadras.  Así lo reseña laverdad.com

Deambulan por Veritas, Delicias, Bella Vista, Padilla y 5 de Julio con la ropa curtida, peroles acuestas y una silla de ruedas. Al intentar hablar con el hombre vagabundo, supuesto padre de los dos menores, un vecino lo impidió. “Ustedes lo que quieren es manipularlo”, gritó y se encerró en su casa. El indigente huyó con miedo y corrió con los pequeños a bordo de una destartalada silla de ruedas. La escena fue en El Saladillo.





Los vecinos, que quisieron hablar, relataron que por momentos, una mujer más joven que él los acompaña. Lo tildan de manipulador y de sentar a los niños obligados en la silla de ruedas que coloca en los semáforos, como si padeciesen una enfermedad. La escena, según comentarios vecinales, que luego fue constatada, incluye el uso de un tapabocas y de una manta blanca que oculta los detalles.

Dicen que la “familia” no es de la zona y evitan darle confianza, pese a que algunos le regalan comida, dinero y no le sacan el cuerpo. Desde las protestas antigubernamentales, que culminaron a mediados de julio, el joven de unos 29 años camina junto con los infantes por la zona de tradición gaitera y religiosa.

Los residentes lo denunciaron, alegan que pasa el día durmiendo y los pequeños “laborando”. El hombre tiene la barba espesa, su cuerpo expide un “olor a diablo”, y la insalubridad se apodera del lugar donde suelen estar. Los vecinos poco a nada quieren comentar, la indigencia es un tabú para ellos, y buena parte del país, no habla sobre el tema pese a que Venezuela esté plagada de pobreza.

Contra la pared

Con 81,8 por ciento de los hogares en pobreza y más del 50 por ciento en situación extrema, según la Encuesta Sobre Condiciones de Vida (Encovi), la indigencia se multiplicó en la nación caribeña. El Consejo Económico y Social de España define a un indigente como la persona que carece de alojamiento adecuado, recursos, enlaces con la comunidad y está socialmente excluido. Estudios de Burt & Cohen revelaron que 90 por ciento está soltero, 88 por ciento son hombres y 80 por ciento tiene un nivel educativo inferior a la secundaria.

Una evaluación de Funda-ICI en centros urbanos del país a principios del milenio, determinó que 23 por ciento de los niños y jóvenes en situación de calle abandonaron su hogar por inadaptación-conflicto con el grupo familiar, 20 por ciento sufrió maltratos físicos, 10 por ciento quedó sin familia por enfermedad o prisión de los progenitores, nueve por ciento sufrió rechazo y la misma cantidad reportó que fueron abandonados.

Las personas que viven en la calle experimentan situaciones estresantes en su vida, y tres de cada cuatro sufrieron estrés post traumático aun antes de vivenciar el primer escenario de indigencia. En 2015, 702 millones de personas vivían en condición de extrema pobreza, lo que representaba más del nueve por ciento de la población mundial según el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. De 2012 a la fecha que presentaron el informe, 200 millones de habitantes salieron de esa situación, tendencia que contradice la realidad venezolana.

A fuego lento 

Para la psicóloga Irma Peña, entre las causas que conducen a la indigencia destacan los trastornos mentales y situaciones económicas insostenibles. De la primera, comenta que las personas se sienten desorientadas, sin atención y sienten la necesidad de salir, por lo que comienzan a vagar. En el caso de los infantes, se refiere a la tendencia que, según la especialista, aumento en la última década porque sus padres están en las mismas condiciones y la familia se rehúsa a darles un espacio por los vicios y el consumo de drogas.

“Vienen los embarazos, la descomposición familiar y los problemas asociados a las sustancias ilícitas. Cuando aprenden a vivir en la calle es complejo reintroducirlos a la sociedad, porque sienten que es su mundo. Esa vida los endurece, hace más difícil que se sometan a reglas y a la autoridad. Es una etapa crítica y fundamental para su aprendizaje y no la tienen, situación que agrava el problema. Además, hay pocos profesionales en la ciudad para atenderlos en comparación con la realidad de las calles”.

El escenario venezolano en un futuro cercano, según estudios, poco cambiará. ACAPS, una de las principales plataformas mundiales de información humanitaria, en su informe de 2018 detalló que la crisis podría agravarse y vaticinan problemas de seguridad alimentaria, desplazamiento, salud y protección de las necesidades básicas más apremiantes. Mientras el panorama se oscurece, los indigentes la pasan mal. Pueden sentir ira y hostilidad, ambas alimentadas por la situación en la que están. Son abusados, discriminados, rechazados y marginados, flagelos que dificultan su convivencia y terminan por aislarlos más de lo que están.