Roberto Casanova: Un Día B para Venezuela: Carta pública a Ricardo Hausmann

 

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Estimado Ricardo:

He leído con atención tu reciente artículo “El día D para Venezuela”. Con el respeto y el afecto que siempre te he tenido debo diferir de tu planteamiento central: solucionar el problema político venezolano mediante la asistencia militar de una coalición de países latinoamericanos, norteamericanos y europeos, solicitada por un nuevo gobierno designado por la legítima Asamblea Nacional (previas las destituciones del Presidente y del Vicepresidente de la República). Aunque coincido con otras de las ideas que mencionas en tu artículo.

Advierto, de entrada, que también difiero del plan que sigue la Mesa de la Unidad Democrática. Con el objeto de presentar de la manera más clara mi planteamiento, me permitiré utilizar un esquema. Como todo esquema, éste simplifica el tema pero lo ordena para fines analíticos. Luego podré identificar algunos matices importantes.

Dos pares de opciones ayudan a precisar las estrategias que los demócratas tenemos planteadas para acabar con la dictadura que hoy destruye al país y causa tanto sufrimiento. El primer par de opciones se refiere a hacer o no el trabajo de organización y movilización social. El segundo a usar o no la vía electoral. Si intersectamos este par de opciones tendremos cuatro estrategias posibles, tal como el gráfico lo ilustra.

Cuadro 1: Opciones estratégicas

  Vía electoral Vía no electoral
Organización social Día B Día C
No organización social Día A Día D

 

No me queda claro si lo que llamas el “Día D” para Venezuela incluye o no la movilización social.  Y este no es un tema menor. Si la incluyese tu propuesta se ubicaría entonces en el cuadrante ocupado por el “Día C”.

De cualquier modo, el “Día D” (o el “Día C”) me parece tanto indeseable como inviable, interna y externamente. Internamente supondría, con alta probabilidad, la guerra civil entre quienes estarían de acuerdo con la mencionada ayuda armada internacional y quienes, calificándola de invasión, la adversarían. Aunque resultasen victoriosos los primeros este conflicto se convertiría en una herida social que será difícil curar y que marcará negativamente nuestro futuro político y el de América Latina. Internacionalmente es difícil imaginar que los gobiernos democráticos amigos lleguen a estar de acuerdo con esta iniciativa militar conjunta.

Paso a referirme ahora al “Día A”, estrategia principal de la oposición organizada en torno a la Mesa de la Unidad Democrática y buscada, hasta donde se sabe, en las conversaciones que se adelantan en la República Dominicana. Esta estrategia, que tampoco hace alusión a la movilización social, pretende lograr la convocatoria a elecciones libres y justas para sustituir a la dictadura socialista. Las experiencias electorales recientes y la naturaleza del régimen nos permiten afirmar que el “Día A” es también una estrategia poco realista. Coincido contigo en que  “…es un desafío a la credulidad pensar que un régimen dispuesto a matar de hambre a millones de personas para mantenerse en el poder, va a ceder ese poder en elecciones libres”.

Queda entonces la estrategia del “Día B”, la estrategia que defiendo. Esta se propone superar la falsa dicotomía entre la protesta social y la participación electoral. Estos no son mecanismos mutuamente excluyentes. De hecho, es posible imaginar que la próxima elección presidencial se convierta en la mayor protesta social que los venezolanos hayamos realizado. Sostengo que en una dictadura cada evento electoral puede ser visto como una emboscada democrática a la minoría usurpadora, como un acto masivo de protesta pacífica. Votar y luchar no son medios antagónicos, a menos que la lucha se reduzca, equivocadamente, a las acciones de calle. La gran falla de la dirigencia opositora ha estado, creo, en no haber sabido o podido articular ambos medios. Al respecto, la movilización social que permitió la consulta ciudadana el 16 de julio del año pasado fue una experiencia magnífica que no debemos olvidar.  El problema de acción colectiva que los demócratas venezolanos vivimos desde hace ya algún tiempo es, sin duda, un asunto de primer orden que no debe dejarse solo a los políticos.

La estrategia del “Día B” no supone, necesariamente, el colapso del régimen. Una dictadura – o una parte de ella – que entienda que enfrenta a una oposición nacional e internacional con apoyo social masivo y que, por tanto, asuma su inviabilidad, podría verse forzada a acordar condiciones para abandonar el poder. En este escenario la negociación además de posible es, para evitar mayores costos sociales, también deseable,

Un problema grave, Ricardo, es que tu propuesta del “Día D” no solo es poco realista sino que, en la práctica, puede contribuir a descalabrar a la estrategia del “Día B”. A partir de aquélla, el choque de opiniones entre quienes descartan la vía electoral y quienes desean intentarla de nuevo, tan funcional desde la perspectiva de la dictadura, no hará sino profundizarse. La movilización social que el “Día B” requiere será entonces seriamente afectada. Así, el poco realismo del “Día D” terminará haciendo también poco realista a la estrategia del “Día B”. Quedaremos entonces, divididos y varados, en medio de la nada. Sin contar con que el discurso antiimperialista de la dictadura socialista se verá fortalecido. Una invasión que no ocurrirá solo servirá, para siempre,  al régimen. Como en Cuba.

Veamos, sin embargo, algunos matices del tema, trascendiendo el esquema un tanto rígido que vengo utilizando. La estrategia del “Día D”, para ser efectiva, no tiene que ocurrir literalmente. Basta con que constituya, sin mucha alharaca pública, una amenaza creíble. Dices que ella puede servir para “…mejorar la probabilidad de que las negociaciones que se están llevando a cabo en la República Dominicana lleguen a un resultado exitoso”. Estoy de acuerdo. ¿Por qué disociarla entonces de la participación electoral? La estrategia del “Día D” podría convertirse en el componente internacional de la estrategia del “Día B”. La “tormenta perfecta” para la dictadura emergería de la coincidencia entre una protesta social convertida en participación electoral y la posibilidad verosímil de una asistencia militar en caso de fraude.

No descarto, a pesar de todo, la estrategia del “Día D”. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si la dictadura decide no convocar la elección presidencial ante la posibilidad de perderla? En este momento, sin embargo, el reto es organizarnos, nacional e internacionalmente, para el “Día B”.

Quiero finalizar esta carta pública compartiendo la angustiante pregunta con que cierras tu artículo: “¿Cuántas vidas más serán destrozadas antes de que arribe la salvación?” Es una interrogante que todos los demócratas debemos hacernos a diario. El asunto es, sin embargo, que la solución que sugieres no nos acerca al final de la pesadilla.

Te envío mis mejores deseos para este nuevo año junto a mi abrazo afectuoso,

RC

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