Presidenciales: El Fruto Prohibido, por Juan Carlos Rubio Vizcarrondo

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La obsesión con la presidencia le es tan natural al venezolano como respirar. ¿Cómo no podría ser así? Venezuela es el país de las montoneras, el hombre fuerte que todo lo puede y el bonachón, pero sumiso e irresponsable, Juan Bimba. En tal sentido, no es de extrañar que algunos factores políticos se presenten a la ” Elección Presidencial” como nuestra tabla de salvación. El problema con tal propuesta es que, al igual que la noción de un Mesías en la silla presidencial; permanece más al mundo de la fantasía que en el de las realidades concretas.

¿Qué es lo que tenemos hoy por hoy en Venezuela? Una tiranía asesorada y acompañada en sus andanzas por el régimen castrista – comunista, el cual ha socavado y expoliado nuestra soberanía e inmensos recursos, uniéndose a esto, por supuesto, los rusos y chinos. Estamos hablando de un régimen que cuenta en su haber delitos relacionados al terrorismo, el narcotráfico y el lavado de dinero; fraudes electorales; más de una centena de jóvenes asesinados en protestas; la masacre de una insurgencia comandada por Oscar Pérez que se había rendido y; como si fuese poco, el colapso de una nación entera ante la enfermedad, la hambruna y la violencia. Si se aprecian y de verdad se aceptan tales hechos, se verá que la famosa solución pacífica, democrática, constitucional, electoral y cuantos más epítetos se quieran utilizar para ella, no es viable ante la radicalización oficialista y los costos infinitos de salida de la cofradía que la dirige.

Cuando se habla de la realidad descrita en el párrafo anterior, muchos analistas y políticos presentan como respuesta un falso dilema. Éstos aducen que si se denuncia la inviabilidad del voto es porque se respalda que la ciudadanía tome las armas. Ese no es el caso. La propuesta ante el secuestro del sufragio es nada más y nada menos que la movilización popular de masas junto al apoyo internacional. Sin embargo, al colocarse la referida proposición en la palestra, los mismos individuos dirán que eso se trató y fracasó. Lo que éstos obvian es que quién fracasó no fue el pueblo venezolano, sino la dirigencia política que no estuvo a la altura de las circunstancias.

Más allá de la demagogia que puedan vender ciertos sectores en torno al sufragio, es obvio que los venezolanos son proclives a depositar sus esperanzas de cambio en la presidencia. Ahora bien, saliendo del sueño, ¿de qué tanto sirve la presidencia en sí, cuando lo que fue nuestra democracia yace exterminada bajo el yugo de poderes usurpados y una asamblea plenipotenciaria? La dura verdad de nuestro país es que no tenemos canales institucionales sobre los cuales resolver el conflicto, por una razón muy obvia pero fácil de olvidar: el estado venezolano es una pantomima, una careta del totalitarismo del siglo XXI.

Aún si se tratase de argumentar que las elecciones presidenciales pudiesen servir como un factor aglutinador de las masas, las realidades nuevamente se imponen. No solo es que el proceso electoral carezca de cualquier tipo de garantías y que los partidos políticos estén siendo anulados, también es que no hay al momento ni “candidato presidencial” con capacidad de convocatoria, ni naciones civilizadas que estén dispuestas a avalar los resultados del fraude. De participar en tales comicios el resultado no será, como a algunos les gusta pensar, una concertación como la chilena ganando el referéndum de Pinochet. Todo lo contrario. La conclusión será una oposición política aniquilada que legitimó al régimen y alienó a parte importante de un pueblo y a toda la comunidad internacional.

Los venezolanos debemos derrotar a los facilismos, entender que nuestro panorama político no es comparable con el del pasado y aceptar que la salvación del país pasa por el esfuerzo mancomunado. En esta conjetura no hay individuo, incluso si ostentase la investidura presidencial, que pueda por sí mismo dar el paso hacia la reconstrucción nacional. Nuestras instituciones han sido reemplazadas en su totalidad por lo que fue un partido y en la actualidad es una camarilla con un gran brazo armado. Por tal razón, al no importar quién esté en la cabeza del “gobierno nacional”, lo esencial es la defenestración de la tiranía y establecer una junta de transición que primero estabilice al país y luego convoque a elecciones.

Los políticos opositores deben percatarse que el hacerle eco a un camino vaciado de contenido como el electoral, lo que están haciendo es contribuir a los cantos del régimen. Oírlos los hará confundir a los vientos de cambio con la más profunda oscuridad de las aguas submarinas. De proseguir en esa dirección, los venezolanos no tendremos otra opción que, como hicieron los marineros por Ulises al encontrarse con las sirenas, atarlos al mástil de la razón para que no se ahoguen en la trampa de la tiranía

Por nuestra parte, la del ciudadano común, no podemos ni debemos caer en la tentación que supone el “sufragio” propuesto. Es una cicuta. Es el fruto de un árbol envenenado. Por tal razón, lo que pareciese que pudiera ayudarnos no nos traerá otra recompensa que no sea más dolor y frustración. Ese es el diseño de la perversidad totalitaria: instigar a la esperanza y luego pulverizarla por completo. No nos dejemos desviar, todas las acciones de la tiranía siempre estarán orientadas hacia el engaño y la manipulación. Reconozcamos al pasado. No neguemos todo lo que hemos vivido y presenciado. No permitamos que nos sigan controlando. Con todo lo que ha pasado, con todo lo que se ha perdido, no estamos para seguir escuchando a los suspiros de una serpiente.

@jrvizca