Lunes de disfraz, por Luis Barragán

Luis Barragán  @LuisBarraganJ
Luis Barragán @LuisBarraganJ

Anécdota rigurosamente cierta, el año pasado acudimos a un acto en el Palacio Legislativo con motivo de la conformación de un tal frente de defensa de la Constitución o, algo parecido, del que obviamente no queda sino un borroso recuerdo. Al concluir, salimos a los jardines a respirar un poco de nicotina junto a dos amigos que representaban al gremio profesoral de una universidad.

De pronto, se acercó un elegante colega parlamentario, hicimos la presentación de rigor, e, increpándonos con aparente crdialidad por la vestimenta en nada acorde con la condición de diputado, no hubo más remedio que reir.  Todos,  nos vimos la cara y sólo atinamos a responder que, no por casualidad, portábamos el uniforme de la faena más importante del día, absolutamente informal, porque debíamos acudir a una larga marcha en la autopista para protestar al régimen, inmediatamente después.

El ocurrente encuentro quedó bautizado con el nombre de un famoso sastre: Clement, quien vistió al más connotado liderazgo venezolano décadas atrás. Incluso, recordamos, tiempos remotos, a un amigo que ya no les, acaudalado por esta dictadura, que, en sus comienzos políticos, en lugar de participar en una convención partidista y ganarse una posición, optó por hacerse asistente, carga-maletines y relacionista público de una figura muy destacada: no tuvo mejor idea que aguantar hambre, ahorrar y comprarse un par de diseños del afamado sastre que lo niveló en el mundillo de los rastreros.

Somos partidarios de una vestimenta formal para ocupar las curules, aunque tampoco significa serlo de la levita y del pumpá abandonado definitivamente entre las décadas de los sesenta y setenta para desenvolverse en el Capitolio Federal, y, menos,  de la obscena informalidad vestimental que caracterizó al oficialismo, salvo las excepciones del caso, al dominar la Asamblea Nacional dos o tres años atrás. Se dirá que el hábito hace al monje, pero hay demasiadas exageraciones de quienes fuerzan un disfraz de grandes, inmarcesibles y tronadores líderes políticos, abundando más el dedal que los hilos.

Mercadotecnia aparte, nos preguntamos sobre el disfraz que, en última instancia, prefiere el ciudadano de sus representantes. Algo ocioso para un lunes de carnaval nada ocioso, en un país reminiscente de las viejas alegrías, en su búsqueda penitente de alimentos, medicinas y de libertad.