Así viven los venezolanos que eligieron Buenos Aires, Argentina

Maryo, tiene 32 años, y lleva 5 viviendo en Buenos Aires. (Ariel Grimberg)
Maryo, tiene 32 años, y lleva 5 viviendo en Buenos Aires. (Ariel Grimberg)

 

En la fila de un local de comidas rápidas. Detrás del mostrador de un negocio de ropa. Atendiendo un kiosco. En el colectivo, en una charla que incluye las palabras “pana” y “chévere”. Donde quiera que uno mire, habrá un venezolano. Obligados a dejar su país por la inseguridad y la grave crisis económica, la cifra supera los cuarenta mil y va en aumento, publica Clarín.

Por Enzo Maqueira

“Soy argenzolana -dice Maryo, 32 años, cinco viviendo en Buenos Aires-. Ya tengo la forma de hablar, los gestos, la actitud de ustedes. Hasta espero las vacaciones para irme a Mar del Plata. ¡Y el Fernet! La primera vez que lo probé me pareció horrible. Seis meses después lo volví a probar y dije: ‘¡Che, esto está bueno!’”.

Maryo, tiene 32 años, y lleva 5 viviendo en Buenos Aires. (Ariel Grimberg)
Maryo, tiene 32 años, y lleva 5 viviendo en Buenos Aires. (Ariel Grimberg)

Maryo llegó a la Argentina cuando todavía sus compatriotas no venían de a miles, uno cada veinte minutos en el último año. Eligió Buenos Aires porque quería abrir la cabeza. “Es una ciudad que te hace salir del clóset. No me refiero sólo a un clóset sexual, sino a todo tipo de ataduras. Aquí hay mucha libertad. Puedes ser lo que tú quieras”, dice y los ojos se abren inmensos. Su entusiasmo por Buenos Aires es tan contagioso como el de Lía, de 47 años de edad, doce entre los porteños. Vino con sus dos hijos y el que entonces era su marido, después de que a él lo echaran del trabajo por razones políticas. Tiene la voz chillona y un vaso de papelón (jugo de limón y caña de azúcar) en la mano. “Cuando llegué a este país, me sentí en casa. Los argentinos están locos de remate, igual que nosotros. Son gritones, besucones, abrazones. Así somos también los venezolanos”.

 

Lía dice que los argentinos son muy parecidos a los venezolanos. (Ariel Grimberg)
Lía dice que los argentinos son muy parecidos a los venezolanos. (Ariel Grimberg)

 

La charla fluye -a veces desordenada y a los gritos, a veces risueña, con miradas tristes cuando se recuerda lo que padecen quienes quedaron lejos- en una mesa del Caracas bar, barrio de Palermo. Suena la voz inconfundible de Rubén Blades mientras Maryo, Lía, Antonio y José pican arepas y tequeños (palitos de queso) de una fuente que parece no tener fin. El lugar es uno de los puntos de encuentro para la comunidad.

 

Félix es dueño del bar donde se juntan muchos de los venezolanos que viven en la Argentina. (Ariel Grimberg)
Félix es dueño del bar donde se juntan muchos de los venezolanos que viven en la Argentina. (Ariel Grimberg)

El dueño se llama Félix y vino a estudiar producción musical. La idea era recibirse y volver, pero la situación en su país lo obligó a quedarse. “Abrimos el bar hace ocho años, cuando todavía no éramos tantos venezolanos; pero hoy no sólo viene nuestra gente, sino también argentinos que cada vez se interesan más por nuestra cultura. Creo que vinimos a ponerle un poco de Caribe a Buenos Aires”.

Cambio, cambio

Donde parece el Caribe, aunque sólo por la temperatura, es en la calle Florida bajo el sol del verano. Josué lleva una gorra con los colores de su país, está apoyado contra una pared, cerca de una casa de cambio que lo contrató para atraer clientes. Con 26 años, hace uno que vive en Buenos Aires. “La situación económica allá era insostenible. Acá en pocas semanas reuní lo suficiente para hacer venta callejera de arepas y nuestras empanadas, que son fritas y con harina de maíz precocido”.

Aunque la mayoría de las personas que entonces transitaban por la peatonal eran argentinos, a lo largo de los meses Florida se llenó de cada vez más venezolanos. “Llegué a vender sesenta empanadas por día, pero se empezó a poner duro porque espacio publico no me dejaba trabajar, así que lo tuvo que dejar”. Hoy, Josué -que ama el Jardín japonés y el otoño porteño- dice que “labura” a comisión mientras espera un sueldo que le permita reunir la plata suficiente para volver a intentar su negocio.

En su mayoría, los venezolanos que trabajan en agencias de cambio, como volanteros o como vendedores ambulantes, son egresados universitarios. Se cuentan de a decenas por cada cuadra. Van conociendo el país que los entusiasma y los fascina, mirando por la ventana siempre exacerbada del microcentro. “Me decepcionó un poco la música de acá. Siento que se quedó estancada en los éxitos del pasado y no salió otro artista interesante”, dice Omar, barba tupida, 33 años, especialista en marketing digital devenido en repartidor de volantes de un local de indumentaria. Llegó hace tres meses, tiene la residencia precaria y espera su DNI. En Venezuela era dueño de su propia agencia. Le iba bien, pero no estaba seguro de poder sostenerlo.

Omar dice que lo que le decepcionó de Buenos Aires fue la música. (Ariel Grimberg)
Omar dice que lo que le decepcionó de Buenos Aires fue la música. (Ariel Grimberg)

 

Entre arriesgarse con las deudas y empezar de nuevo, eligió empezar de nuevo. “Siempre me llamó la atención Argentina, su música, el deporte. Nosotros tenemos mucha afinidad con su cultura. La ciudad ofrece opciones para todos. Seas pobre o rico, podés salir, moverte, divertirte con poco dinero y sin necesidad de tener auto propio”. Omar se seca la transpiración, entrega otro volante, busca refugio del sol bajo un toldo blanco.

Costumbres argentinas

En el extremo opuesto del mapa, la charla continúa. El más serio del grupo del Caracas bar cumplió los 27 años y lleva tres viviendo en la ciudad del tango. Es licenciado en Recursos Humanos, pero encontró trabajo como barman. “Siempre me gustó la historia de este país. Mi vieja me hablaba mucho de Eva y de Perón. A los 24 años, agarré la mochila y me vine”. A José le gusta el mate y está admirado con la solidaridad de los argentinos. También con la posibilidad de comprar libros baratos y a cualquier hora en la calle Corrientes. Dice que los porteños y las porteñas son histéricos por igual, pero que cuando llega la hora del sí, van al grano: “Aquí no hace falta ir al cine, regalar un ramo de flores, conocer a los padres… Si está todo bien, está todo bien”.

 

José llegó al país a los 24 años. Su madre le hablaba mucho de la historia argentina. (Ariel Grimberg).
José llegó al país a los 24 años. Su madre le hablaba mucho de la historia argentina. (Ariel Grimberg).

 

“¡Y la mujer es muy bonita! -interrumpe Antonio, ingeniero electrónico, 32 años, ocho en Buenos Aires; decidió dejar Venezuela después de que lo secuestraran y torturaran junto con su esposa- . Cuando me vine, primero solo, mi mujer me preguntó cómo eran las argentinas. ‘Normal’, le dije. Diez meses más tarde, ni bien se bajó del avión, me dijo que yo era un mentiroso. ¡Las argentinas parecen muñequitas!

 

Maryo y Lía ríen. Opinan lo mismo, aunque las venezolanas se arreglan más. Lía cuenta que la primera vez que llevó a sus hijos al colegio, en subte, siete de la mañana, se había pintado los labios de rojo, llevaba tacos, unos aros enormes… el resto de los pasajeros la miraban como si fuera un arbolito de Navidad. “En Buenos Aires dejé de usar tacos. Además se me rompían con los adoquines. Eso me encanta de la mujer argentina: es sencilla y natural”. “¡Y es directa! -Maryo señala un punto imaginario sobre la mesa, dice que sí con la cabeza; son los gestos que haría cualquier argentino-. Acá no se andan con vueltas. Si te tenés que putear con un amigo o un compañero de trabajo, te puteás. Y al otro día está todo bien”.

Somos Venezuela

El boliche Room, sobre Scalabrini Ortiz, sabe de qué se trata el aluvión vino tinto. “Fiesta venezolana”, promete el flyer que circula en las redes sociales. Es sábado y en la fila se escucha el acento caribeño, pero también el argentino. Mucho color en camisas, musculosas y minifaldas, mujeres maquilladísimas, hombres perfumados. Hasta aquí llegó Ángel ni bien aterrizó, hace cuatro meses. “Es como estar en Caracas”, y se le enciende la mirada. Es ingeniero civil, pero trabaja como ayudante de cocina en un restaurante del centro. Con eso y algunos extras, paga la comida y la habitación que alquila en un hostel junto con tres amigos, por casi tres mil pesos cada uno. La plata apenas alcanza, pero es suficiente para tener una mejor calidad de vida que en Venezuela, donde todo falta y el miedo está a la vuelta de la esquina. La fila se empieza a mover. Ángel saluda a un grupo de colombianos. Desde el interior se escapa la percusión enloquecida del merengue y de la salsa. “Lo que más odio de los porteños es que no saben pedir perdón -dice Ángel y sus pies siguen el compás de la música-. Te llevan por delante y no piden disculpas. Si tú no te quitas, te aplastan. Pero sí me gustan las oportunidades que le da Buenos Aires a los jóvenes, propios y extranjeros. Mi idea fue venir a desarrollar mi profesión”.

Dentro, rodeado de compatriotas pero también de colombianos, peruanos, turistas de habla inglesa y una buena cantidad de argentinos entusiastas pero bastante pataduras, Ángel sacará a relucir la marca de identidad de esta comunidad: el talento para el baile. “Es que en Venezuela, si no sabes bailar, te quedas soltero. Allá te dicen: o la sacas a bailar tú o la saca a bailar otro, así que mejor que aprendas a bailar”, asoma la cabeza y explica Pedro, cuatro meses en el país, veintidós en este mundo. Pura risa y movimiento de hombros y caderas. “¡Es como estar en Venezuela!”, ríe, pasa de largo y sigue bailando, se pierde, igual que Ángel, entre la multitud.

La alegría del reencuentro

Que los argentinos son chamuyeros y galantes. Que la infidelidad está en todas partes. Que en Buenos Aires te roban el celular, pero no te matan. En el Caracas bar todavía no es hora de baile, pero anochece y el papelón le dio paso al ron con coca. De las arepas y los tequeños apenas quedaron las migas. Hace un rato se sumaron Magalys y Rainier, una pareja joven, ingenieros en petróleo, poco más de un año en la ciudad. Hartos de la inseguridad y la crisis económica, vinieron en busca de un futuro mejor. “Lo mejor que tienen los porteños es la sinceridad -dice Magalys-. Aquí lo dicen todo. No tienen pelos en la lengua. Si les caíste bien, te lo dicen; si tienen un problema, también”. “¡Y el transporte público! -Rainier pide la palabra- La SUBE está buenísima. Los colectivos también. No he visto ninguna chatarra que tú te salgas por la ventana”. ¿Tener hijos? ¿Volver a Venezuela? Magalys dice que si tienen un hijo nacerá acá. Rainier agrega que su país, ahora, es Argentina. “Aquí tenemos nuestra vida -dicen, sin soltarse la mano-. Estamos rodeados de amigos que también vinieron. Nos reencontramos con familia. Nadie está solo. Miramos a nuestro alrededor y parece que todos fueran venezolanos”.

Rainier y Magalys dicen que, en caso de tener un hijo, quieren que nazca en la Argentina. (Ariel Grimberg)
Rainier y Magalys dicen que, en caso de tener un hijo, quieren que nazca en la Argentina. (Ariel Grimberg)