Alfredo Maldonado: ¡Que se vayan todos! (versión Caribe)

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Tras las idas y vueltas del peronismo en decadencia (que en versión moderna y dividida continúa, parece ser su estado natural), Argentina sufrió un período pavoroso. La economía era casi tan desastrosa como la socialista venezolana actual –aunque con el petro a cuestas avanzamos con solidez revolucionaria a esos extremos-, cuando lo que usted no compraba al entrar a la tienda le costaba más caro al salir no por capricho del comerciante sino por la gigainflación.

Pero, sobretodo, los argentinos ya habían aprendido a no creer en ningún político –los militares habían logrado una imagen a nivel subterráneo, represores y asesinos, con la única excepción del puñado que fue lanzado a la heroica aventura de Malvinas. Y por no creer, no creían los argentinos en nadie, los presidentes de la Nación se sucedían unos a otros inutilizados por la falta de fe y de ideas.

Jamás olvidaré la imagen del Presidente De la Rúa saliendo en fuga de la Casa Rosada –palacio de Gobierno- en helicóptero para que la enfurecida masa que rugía frente al palacio no lo despedazara. La exigencia de los argentinos de entonces era “¡que se vayan todos!”.

Más violento, pero muy parecido a lo que está pasando hoy en Venezuela, cuando por encima de los malos chistes, los pesados bailes y las siempre falsas promesas del Presidente Maduro, las ironías insultantes y perjudiciales de su socio o amigo –nadie sabe qué son en realidad- al frente del PSUV, y la diversidad de mentiras de los diferentes altos, medios y bajos funcionarios, donde aparte del valor del bolívar también se ha perdido la más mínima confianza.

El problema se agrava porque la ciudadanía tampoco cree en quienes por muchos años han sido dirigentes opositores. Poder tuvieron, recibieron el espaldarazo de no menos de la mitad de la población, el respaldo secreto de parte de los militares que no estaban en funciones de gobierno, la esperanza de empresarios de todos los tamaños, el mensaje aleccionador de las iglesias empezando por la católica, la expectativa de los gobiernos de los alrededores.

Pero se dejaron ningunear por un Gobierno matón y gritador de amenazas, que dio puñetazos y empujones porque nadie le respondió con otros. Una oposición que se ha hecho parte del paisaje, que se equivocó con el intento subversivo de aquél abril vergonzoso, que dejó abandonados a su suerte a los militares que creyeron que una plaza pública podía ser convertida en plaza fuerte, que creyó que la gerencia petrolera podía derrocar a un Gobierno militar sin entender que los militares verían aquello como un grave riesgo estratégico para el país, que terminaron deshaciendo la desgastada Coordinadora Democrática e inventaron la Mesa de la Unidad Democrática que ahora agoniza.

La MUD fue una buena idea, sobre la base de que sólo la unión de todos podría desbancar la cada día más dura tiranía chavista. Fue, ya no es. Pasaron años y nunca aplicaron la unidad, sólo fueron juntos a elecciones y así, juntos, consiguieron una abrumadora victoria para adueñarse nada menos que del Poder Legislativo.

Recordando aquella acertada definición de Andrés Eloy Blanco, de que no hay nada más ruidoso que un carro viejo y un diputado nuevo –o algo así- llegaron al Palacio Legislativo, sacaron los retratos de Hugo Chávez y del falso Bolívar inventado a pesar de claros testimonios de que nunca fue de quijada pesada, creyeron que con ese gesto simbólico habían echado a Chávez del poder y se dedicaron a hacer ruido con discursos y declaraciones pomposas y adjetivadas.

Todo lo que prometieron hacer no lo hicieron, y lo que hicieron creer que no harían lo hicieron. Unidad no es un grupo de cuatro grupitos, sino actuar como un solo gran cuerpo. No aceptaron voces de alerta dentro de la misma oposición, no escucharon opiniones de los ciudadanos, actuaron igual que aquellos dos grandes partidos que en los años noventa del siglo pasado se alejaron tanto del pueblo que cuando se les cruzó la emoción barriobajera y seductora del chavismo, el caballo de Salas Romer era más popular que ellos.

Los venezolanos actuaron como les habían enseñado a lo largo de la historia, con irresponsabilidad y corazonadas, volvieron a creer en el caudillo que todo lo resolvería y en la capacidad gerencial de los militares, dos fábulas tradicionales de este país. Por eso ya habían votado por un Carlos Andrés Pérez que en su segundo período trató de arreglar el ya anunciado –pero poco escuchado- desastre nacional, pero sucumbió a la ignorancia nacional y a la incompetencia y egoísmo de su propio partido.

Han pasado ya más de veinte años y estamos peor que nunca. Pérez Jiménez fue un militar tozudo pero de sólida formación que supo rodearse en el gabinete ministerial no de compañeros de armas sino de los mejores especialistas, y pudo construir un país moderno. Cuando sus asesores y él creyeron que faltaba tiempo y estaban obligados a seguir en el poder, el país los echó.

Nicolás Maduro heredó una república erosionada por el Gobierno militar de Hugo Chávez, quien se rodeó no de los mejores sino de los que le obedecían sin chistar, y jugó a la revolución mundial como su mayor pecado de soberbia necia. Maduro heredó ese concepto, pero sin dinero para alimentarlo. Hoy es el jefe de una nación que se ha convertido en pueblo de hambrientos, desesperanzados, indignados y emigrantes dispuestos a cruzar las selvas amazónicas, el feroz Darién y el duro mar Caribe con tal de realizar una esperanza.

En ese pantano ha estado chapoteando una oposición que ofrece pero nada consigue. Lleva un cuarto de siglo imitando a los viejos partidos, es decir, que hablan mucho pero no aprendieron nada, derribando a Chávez primero, a Maduro después, y el único que pudo derrotar a Chávez fue el cáncer y a Maduro lo está venciendo, en sus tiempos y su estilo, la llamada comunidad internacional.

El problema actual de esa oposición llamada MUD no son las elecciones del 22 de abril, ya todo el mundo sabe que son ilegítimas, arregladas, previsibles y con ganador asegurado. El problema que tienen es que les ha llegado la hora de montarse en su helicóptero y esfumarse.

A los ciudadanos en busca de comida y soluciones que no encuentran les importa un rábano a dónde se van, porque ellos mismos ya no cuentan. Llegó la hora de que se vayan todos, y dejen espacios libres para nuevos dirigentes, que los hay. Y con ellos que se vayan los gobernantes, obviamente. Tal vez así resurja la esperanza y con ella el país.