Desbaratando encajes… por Jesús Peñalver

Jesús Peñalver  @jpenalver
Jesús Peñalver @jpenalver

 

Hace algo más de treinta años, el Maestro Luís Beltrán Prieto Figueroa escribió en su columna “Pido la Palabra’’ de El Nacional, refiriéndose a Simón Rodríguez, que éste “fundó en Valparaíso un taller para fabricar jabón y velas. Jabón para lavar la mugre moral de nuestros pueblos y velas para alumbrar el camino de la libertad por donde marcha la nación hacia el porvenir”.

Pues bien, eso necesita Venezuela para quitarse de encima tanta impureza, suciedad ética y moral y latrocinio que sobre ella ha echado el “Tripaflojismo del Siglo XXI”, como llamó Manuel Caballero al infame régimen que instauró aquel desquiciado milico golpista y la caterva de conmilitones, y que aún aposentado en Miraflores, sigue empeñado en la destrucción del país, haciéndonos cada día peores nuestras condiciones de existencia.

Será quizá con la paciencia del relojero, la persistencia de las olas y la resignación del cardón que logremos despertar de esta pesadilla. ¡Quizá! Lo que sí pinta claro en el panorama venezolano, es la conveniente necesidad de unir esfuerzos que solo la unidad de esfuerzos y el reencuentro de los líderes con los ciudadanos lo que hará posible un nuevo gobierno, decente y democrático, probo y eficiente, negando así cualquier posibilidad de continuismo, que es lo que cabalmente representa cualquier candidato del rojo rojito Psuv.

Y no me refiero al proceso dizque electoral que se avecina, procrastinado por las sumisas madamas, porque esas no son elecciones libres, toda vez que carecen de seguridad jurídica, certeza electoral, garantías mínimas de un proceso transparente. Al contrario, se trata de un vodevil amañado y empañado que también –por cierto- necesita jabón y velas para limpiarlo y alumbrar el camino de un destino verdaderamente democrático.

No se puede ser indiferente ante la realidad que vive el país; Venezuela nos necesita a todos y la participación en los asuntos públicos es ineludible. Ese discurso del silencio de los indiferentes, conlleva en sí mismo un flaco favor a la democracia venezolana, un desdén imperdonable sobre los temas diversos que atañen a la nación, y desde luego, la posibilidad de dejar el camino libre al gobierno rojo rojito.

Parece iluso, quijotesco, soñador, pero debe haber una salida que ofrezca viabilidad a superar este castigo innecesario, esta maldición inmerecida que nos tiene las vidas hechas cuadritos, que bien pudieran sumarse a la magnífica obra del maestro Cruz-Diez en Maiquetía. Al menos pudieran tapar el vacío que han dejado los viajeros que se van, creyendo que con el pedacito que arrebatan del aludido e icónico mosaico, se llevan una porción del país que abandonan. A veces quedarse es ir muy lejos.

Algo o mucho, mejor dicho, deben estar haciendo mal los que mal gobiernan, que el único futuro que ven –al parecer- muchos connacionales de todas las edades, es irse del país con lo poco que cabe en sus mochilas; muchos endeudándose, otros vendiendo a precios exiguos; otros con la sola ilusión o la certeza de que cualquier otro lugar del mundo es mejor.

Dolor, más lástima aún da saber que mientras en el mundo entero la civilidad toma las sociedades y les confiere poderes al hombre sin uniforme, Venezuela ahora se parece una fortaleza militar que cada día gasta más en armarse con inmensas sumas de dinero -dignas de mejor destino- en aviones, fusiles, milicias, misiles, tanques y submarinos, entre otras capacidades bélicas, mientras los civiles tristemente sacrifican su derecho a dirigir los destinos del país para entregárselos a quienes han fracasado en todo el mundo al frente del poder.

¡Los militares siempre han fracasado en el gobierno! ¡No existe una excepción! Una verdadera lástima que la mediocridad partidista que se ha criticado tanto, haya llegado a lo más profundo del barranco con una clase política mucho peor que adecos, copeyanos y masistas de otros tiempos.

Más serviles y menos independientes, más lacayos y lambucios, además de tristes servidores del militarismo más arbitrario y abusivo que se haya vivido en Venezuela.

Ahora me voy, “desbaratando encajes regresaré hasta el hilo, la renuncia es el viaje de regreso sueño”.

Jesús Peñalver