José Aguilar Lusinchi: Papá en el destierro, el segundo postgrado

José Aguilar Lusinchi @jaguilalusinchi
José Aguilar Lusinchi @jaguilalusinchi

 

Varios habían sido los momentos coordinados para escuchar su testimonio. Nada se lograba. Su voz se quebraba en cada intento de enviar un voice por whatsapp. Se trancaba sin siquiera comenzar. No hacía falta que dijese nada, para que a quien escribe también se le quebrantara el alma.

Sin conversación previa, una mañana llegaron nuevas notas de voz. Esta vez eran muy claras. Bastante serenas. Se sentía fuerte. Parecía distinto. Comenzó hablando del dólar, y en pocos minutos ya hablaba de Dios. Un recuerdo llamó poderosamente mi atención. Hice énfasis.

“Jesús nació en Belén” era la frase que repetía una y otra vez su abuela de ochenta y siete años quien padecía de Alzheimer cuando lo despidió en el terminal de occidente. Al parecer su mente condicionada era la única iluminada para aquella escena. Pocos recuerdan que Jesús fue otro emigrante, que tuvo que abandonar su cuna para también huir de su gobernante, Herodes.

Aún recuerda muchos detalles de cuando cruzó por Cúcuta y en un bus diferente llegó hasta Bucaramanga. No hacía falta que notaran su acento o mostrara su pasaporte para que le dijesen de donde venía. Un birrete que contenía su título de la universidad central lo delataba.

Una colchoneta donada es donde reposa por las noches. Desesperación, tristeza e infelicidad son las constantes al momento de usarla. Las historias del Instagram de su esposa hacen nacer sentimientos encontrados. La ansiedad del extrañar. Del querer sentir. Del escuchar a un par de niñas llamarlo papá. En esto se resumen sus símbolos para seguir luchando.

Como ingeniero ahora debe ingeniarse nuevas formas. La escala de necesidades tiene nuevas prioridades. No hay aire ni ventilador, pero no se sofoca. No hay nevera, pero no siente su querer. Muchas son las comodidades que ahora no tiene. Ninguna de ellas es tan grande como el querer recibir a su familia.

Un dolor distinto a cualquiera que hubiese leído, escuchado o sentido. Entrar a su habitación y no tener hijas a quien entretener. Hacer sonreír. Responder los ¿Qué es eso papá?. Ya no es obligación, ahora es añoranza el no tener juguetes que recoger.

Skype sirvió de medio. La esposa ya sabía por sus latidos que había llegado la hora. Nos conectamos. Cuenta que ya sus amigas hablan sólo de esa experiencia. Cuenta su pensar en el creer que sería más fácil. Cuenta su angustia al explicar cada cierto tiempo a las niñas porque no está su papá.

Ocho minutos tardaron en aparecer. Quizás eran dos o tres años de diferencia. Saludaron. Pidieron la bendición creyendo que era él. Hablamos. Traté de explicar algunas preguntas. Supe que no podían comprender que en aquel sitio no se iba la luz, el agua o el gas; y que, además, podían caminar tranquilas por la calle. ¿Cómo es eso mamá? Repetía la más pequeña haciéndome sonreír al instante.

De vuelta con el extranjero transmití mi experiencia. Las lágrimas y el quiebre de voces no tardaron en llegar. Entonces hablamos de los por qué. De la falta de oportunidades. De la escasez de comida y medicinas. De la ausencia de gobierno. ¿Quiénes les darán clases a mis hijas? ¿Quiénes serán sus maestros?. Tal sacrificio tampoco era solo por él. No podía permitirse que la anormalidad sea lo normal para las pequeñas.

Poco le importa el dolor de su espalda. Pesan más los recuerdos que las cajas que debe cargar en su trabajo. La promesa de un ascenso como analista de informática desplazó aquellos pensamientos sobre lo inservible del pergamino. Su actitud ha cambiado. Su enfoque también. Dejó de ocuparse de las cosas externas, y puso su empeño en su crecimiento interno. Lo primero lo ha dejado en manos de Dios.

Hoy desea ser de los primeros en volver. Siente que este dolor trae consigo el mejor de sus aprendizajes y, en consecuencia, un deber consigo y la patria. Anhela ser parte de la generación que participará en la mayor reconstrucción que país alguno haya realizado incluso en período de postguerra. Piensa llevar a sus hijas a un Caracas – Magallanes para enseñarles porque los Tigres son los mejores. Ya no hay odio contra la tierra que lo obligó a sufrir.

No tengo dudas. Grandes similitudes existen entre estos padres. Miles son los kilómetros que los separan entre Colombia, Chile y Perú. Pero son venezolanos y a nosotros nos enseñaron a sentir por igual. Voces indecisas entre la sonrisa y el silencio. Todos con un exilio interno incapaces de controlar. La confianza y la paz de hoy fueron obtenidas por medio de una herramienta que incluso hasta hace meses les parecía utópica. Esta materia del postgrado no es otra cosa que la fe.

Intrigante. Este es el término más cercano que puedo utilizar para el momento en que el principal testimonio de este artículo tomó la fuerza para llegar a mí. Una invitación inesperada, y una aceptación que lo era aún más. Una extraña iglesia en un domingo por la mañana. Unas canciones que jamás había oído. Una mujer que nunca había visto entra al escenario. Empiezan los saludos y agradecimientos de rigor. Inicia la predica: Cuando Jesús nació en Belén…

Si mis letras pueden servir a Dios en su propósito de guiar a mis hermanos repartidos en el mundo, solo pido sabiduría y discernimiento y las entrego todas. El Autor.

José Aguilar Lusinchi
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