Luis Alberto Buttó: Nunca rendirse

Luis Alberto Buttó @luisbutto3
Luis Alberto Buttó @luisbutto3

 

Los venezolanos no podemos ni debemos rendirnos. Rendirse es aceptar pasivamente todo aquello que por dignidad y entereza estamos obligados a rechazar desde nuestra condición natural de seres humanos y nuestra aprendida condición de ciudadanos. Rendirse es asumir la convicción de que el país está condenado a ser un enorme escenario dispuesto para verter las lágrimas infinitas de cuanta despedida se atraviese en el camino y es dar por sentado que nunca volverá a ser espacio apacible donde se hagan realidad las alegrías aparejadas con los reencuentros. Rendirse es ser indolentes, como lo son los que con saña e inmerecidamente desgobiernan esta tierra, con el sufrimiento de los ancianos que ateridos por el frío malgastan las madrugadas que le quedan de existencia haciendo indignas e infinitas colas para cobrar la pensión miserable que no les alcanzará ni para alimentarse y reponer las fuerzas necesarias para acudir a la cola del día siguiente.

Rendirse es someterse al hecho de que el trabajo no tiene ningún valor porque de nada sirve intercambiar empeño y esfuerzo por salarios que al contarse anuncian de antemano las carencias que irremediablemente no podrán ser subsanadas. Rendirse es vivir con la certeza de que dedicar decenas de años a cumplir responsablemente con las tareas asignadas es desperdiciar la vida de manera miserable porque no habrán prestaciones que compensen lo entregado o garanticen algún tipo de retiro sin sobresaltos. Rendirse es tolerar que el hambre sea el acompañante inseparable de cada mesa que queda vacía ante la escogencia de la comida que tendrá que hacerse en detrimento de las otras. Rendirse es celebrar que se pierda peso sin buscarlo. Rendirse es consentir que la desnutrición infantil sea el trágico signo de una sociedad que mal come.

Rendirse es admitir que la violencia sea el pan nuestro de cada día. Rendirse es agradecer que nos atraquen y no nos maten, incurriendo en esa especie de castrada sumisión a partir de la cual se le reconoce al delincuente que no asesina para arrancar objetos y dinero, grados de compasión casi merecedores de bendición. Rendirse es transigir con los valores asociados a la muerte y abjurar de los valores que proclaman la vida. Rendirse es acostumbrarse a sentir la angustia que genera salir a la calle a cualquier hora, apretujarse en las escaleras del metro, encaramarse al carrito por puesto, porque se vive con la paranoia permanente de que todo aquel que se te acerca puede ser el arma homicida que enlutará tu familia. Rendirse es soportar mansamente la indefensión.

Rendirse es no darle importancia a la vida perdida de un niño porque no se encontraron los medicamentos e insumos para sanarlo o porque sus padres no tuvieron los recursos para cubrir el costo que ello implicaba. Rendirse es ser indiferente ante la desgracia que atraviesan esos padres y, a la vez, es olvidar que por efectos de la lotería del destino, en cualquier mañana inesperado, puede ser cada uno de nosotros el que tenga que enfrentar tan inenarrable infortunio. Rendirse es convalidar la despreciable crueldad manifestada por quienes, pudiendo hacer lo conducente para que esto no ocurriese, mienten descaradamente al negar la emergencia humanitaria, ya que reconocerla descubriría que detentan el poder con bastardía. En fin, rendirse es perder todo atisbo de vergüenza, doblar mansamente la cerviz y soportar en silencio que se nos trate sin piedad alguna de por medio.

Entonces, no rendirse es la consigna. La unidad anhelada y necesaria debe nacer del compromiso de gritarla.

Historiador
Universidad Simón Bolívar
@luisbutto3