Hambre, maltrato y abandono: los niños que luchan por su vida en las calles de Venezuela

Hambre, maltrato y abandono: los niños que luchan por su vida en las calles de Venezuela

Fotografía del 3 de marzo de 2018 de niños caminando en un calle de Caracas (Venezuela). La inédita crisis económica y social de Venezuela se hace inocultable en calles y casas de abrigo que a diario reciben a niños que han quedado desamparados después de que sus padres emigraran a otro país a buscar nuevas formas de ingresos y los dejaran a cargo de personas que no pueden mantenerlos. EFE/MIGUEL GUTIÉRREZ
Fotografía del 3 de marzo de 2018 de niños caminando en un calle de Caracas (Venezuela). EFE/MIGUEL GUTIÉRREZ

 

Los pies de Sofía (a quien llamamos así para proteger su identidad) no son los de una niña de quince años. Caminando descalza por las calles de Caracas se le ha endurecido el cuero de la planta de sus pies. Así como se le ha endurecido parte de su alma en tres años que lleva viviendo en la calle, reseñó Infobae.

Estudiaba primer año, pero su mamá “la corrió de la casa” presionada por su padrastro. Su mamá le sacó “las cosas para la calle” y tuvo que irse. Confiesa que se siente mal por estar en la calle. Le cuesta hablar de eso. Hace pausas entre frase y frase que denotan incomodidad al hablar de su situación.
¿Qué has aprendido en la calle?
—La calle no es buena. Aprendes puro lo malo. Puras cosas malas. Que las personas cuando hacen las cosas mal la lección es que los matan. Y eso no es bueno.
¿A qué cosas malas te refieres?
—Por ejemplo si dicen que tú chocaste, así tú no hayas chocado, te matan.
¿Qué comes?
—Basura.

A los muchachos con los que se encuentra cuando conversamos en Chuao, una zona al este de Caracas, los conoció en el centro comercial Sambil, uno de los más concurridos en el este de Caracas, donde la gente va simplemente a ver tiendas cuya mercancía no puede pagar.
¿Quisieras que alguien te ayudara a salir de la calle?
—Sí, sí quisiera. Porque una niña como yo debería estar en su casa, estudiando para ser alguien en la vida.
¿Qué quieres ser?
—¿Yo? Quería ser doctora. Pensé en ser doctora por mi mamá, porque decía que yo iba ayudar a mi mamá cuando fuera grande.

Se queda callada y mira hacia el infinito. Hace tres años no ve a su mamá, ni ha tenido contacto con ninguna persona de su familia. De su pasado, no muy lejano, recuerda que aprendió a leer y a escribir en el colegio. A multiplicar, dividir —dice, mirando hacia el piso, como buscando las palabras para poder expresar lo que siente—. Aprendí otras cosas buenas— completa la frase.
Y en la calle ¿qué has aprendido?
—A meter puñaladas. A entrarme a coñazos (golpes). A cómo partir una botella. Muchas cosas. Cómo te violan, cómo te matan. Muchas otras cosas que uno no sabe ni cómo explicar. Que los policías, sin que tú hagas nada, te entran a coñazos.
¿Qué es lo que más deseas en este momento?
—Comer. Irme para mi casa.
¿Dónde duermes?
—Donde me agarre la noche, debajo de un puente.

Fotografía del 3 de marzo de 2018 de un adolescente en la entrada de una panadería en una plaza en Caracas (Venezuela).  EFE/MIGUEL GUTIÉRREZ

De otros niños que también estuvieron con ella dice que se los llevó la misión “Negra Hipólita” (2005). Junto a la misión “Niños y Niñas del barrio” (2008) son mercadeadas por el gobierno, de Chávez antes y de Maduro ahora, como la bandera social para atender a los adultos y a los niños que viven en situación de calle.

El término “niños de la calle” fue empleado por Hugo Chávez el mismo día que ganó las elecciones en 1998. Veinte años después el problema sigue ahí, en la calle, pero ahora profundizado.

—Negra Hipólita es una supuesta misión que ayuda a la gente en situación de calle. Pero allá es lo mismo que estar en la calle porque te dan coñazos, no te dan casi comida.
¿Crees que el gobierno está ayudando a los niños de la calle?
—No. El gobierno lo que hace es darle más coñazo a uno.
¿Qué le dirías a otras madres que han pensado en botar a sus hijos de la casa?
—Que no lo hagan, que eso es malo. Que no le quiten la infancia sus hijos. Que no los tiren a la calle porque la calle es mala.
¿Has robado?
—Sí.
¿Te arrepientes?
—Sí porque eso es malo. ¿Robarle una cosa a una persona que se lo ha trabajado mucho, para que tú se lo quites de la noche a la mañana después de que se lo sudó? Eso es lo único que yo le puedo decir a la gente.
¿Y a otros jóvenes como tú que están en la calle?
—Que no hagan lo malo, que traten de buscar la mejor vida para ellos.
¿Has buscado ayuda?
—Sí. En un consejo de protección, pa’ ver si me ayudaban pa’ ponerme a estudiar o me llevaban para una casa hogar, y no me quisieron ayudar porque tengo 15 (años).

Fotografía del 3 de marzo de 2018 de niños caminando en un calle de Caracas (Venezuela). EFE/MIGUEL GUTIÉRREZ

Sofía nació en revolución. La del presidente fallecido Hugo Chávez, quien prometió que acabaría con los niños de la calle. En 1998 de acuerdo con la agencia de noticias del Estado (AVN) se contabilizaban 9.000 niños en
situación de calle.

No hay una cifra oficial ni extraoficial que contabilice cuántos niños hay hoy en la calle en Venezuela. Pero están ahí a la vuelta de cada esquina.

La suerte de esta joven que llamamos Sofía es quizás, menos alentadora que la de otros “niños de la calle” que al igual que ella aseguran que lo peor de estar así, en la calle, son la policía y la “Negra Hipólita”. A diferencia de ella, otros tienen la posibilidad de recibir atención por parte de la Asociación Civil Red de Casas Don Bosco que tiene diez casas en toda Venezuela en las dan atención a más de 1.300 menores.

Uno más a la calle

Juan (12) tiene tres meses en la calle. Es uno de los 16 jóvenes beneficiados por la acción social de Don Bosco en Quebrada Honda, en la zona centro norte de Caracas. La grave crisis socioeconómica que vive Venezuela lo obligó a salir a la calle a buscar qué comer.

“Tengo tres meses en la calle. Voy para mi casa todos los días. Llevo lo que consigo en la calle para poder comer en la casa. A veces salgo con mi hermana a ver qué conseguimos porque pasamos mucha necesidad. Mi mamá no está con nosotros, ella vive en San Agustín (localidad popular al este del centro histórico de Caracas). Una hermana y yo vivimos con mi papá, él no trabaja porque no tiene empleo. Su moto la tiene dañada. Y nosotros somos los que salimos a la calle. Él también sale a la calle a ver qué hace. Y todos nos ayudamos para
poder llevar cualquier alimento para la casa”, relata Juan de una forma fluída, propia de un niño que ha recibido educación.

La franela que viste es de algodón, con rasgaduras en la tela que semejan dos ojos y una boca sonriente. Le queda tan grande que parece un vestido. Solo lleva una media tan gris de sucia como la franela.

“En la calle se vive de todas formas. Me ha tocado rudo, porque el 31 de diciembre viví una experiencia dura. Nos quemaron la ropa, nos echaron bombas lacrimógenas. Nos dispararon. Vivir en la calle no es tan fácil como se
dice —prosigue Juan—. Es peligroso porque somos unos niños y no tenemos la capacidad completa para saber cuál es la verdad y peligro que hay en la calle y que corremos. Como se aprenden cosas buenas también se aprenden cosas malas. Hay que aprender de todo un poco. De lo bueno y lo malo”.

Llegó hasta quinto grado. Como los otros niños también tiene aspiraciones que la calle aún no le arrebata. “Quisiera estudiar, no quiero que vengan personas a decirme que por qué no estudio. Eso me da pena. Me gustaría ser médico. Me gusta curar a la gente”.

Fotografía del 3 de marzo de 2018 de un adolescente durmiendo en una silla en una plaza en Caracas (Venezuela). EFE/MIGUEL GUTIÉRREZ

Las plantas negras de sus pies delatan la huella de la calle en sus cuerpos, en sus vidas. Pero en el centro don Bosco, con una pelota en la mano, por un momento, con otros como él, Juan vuelve a ser niño otra vez. Corren detrás sí, entre ellos, para escapar del oponente que quiere la pelota, a diferencia de otras ocasiones en las que lo hacen para agarrar la mejor porción de las sobras de comida de restaurantes, o porque tratan de escapar de la policía.

Jairo Rada, coordinador del proyecto Atención y Reinserción Social, Aris, de la Casa Don Bosco, explica que antes los grupos de niños se unían en la calle pero algunos vivían en sus casas o hacían trabajo informales. “Ahora son más compactos, viven directamente en la calle y tienen hasta un esquema familiar para manejarse y cuidarse entre ellos mismos”.

Rada, quien tiene doce años en contacto directo con niños de la calle asegura que el salir de un techo, de un núcleo familiar, aunque sea disfuncional, para ir a la calle es un trauma seguro para ese menor.

“Por la situación del país se está dando algo que a mí me parece monstruoso en cualquier término: la sociedad lo está viendo como algo normal. Ya se asume con resignación porque ‘me tocó’. Les toca asimilar por lo que están pasando y echarle pierna. Ellos lo asumen con una naturalidad que no está bien, no es correcto”.

La clave del proyecto Aris es generar conciencia en estos niños de la calle a los que cobijan a diario y tratan de familiarizarlos con normas en ese espacio. Allí guardan su ropa y lo que encuentran en la calle, se bañan y
reciben una comida diaria.

“Van adquiriendo la noción de lo que es una casa y que ellos comiencen nuevamente a formar los vínculos que años atrás fueron rotos. Ellos no se quedan aquí porque esta no es su casa, su casa es afuera y así lo asumen. Se bañan y después se ponen su traje de trabajo, su camisa rota, su pantaloncito roto, porque ese al fin y al cabo es su uniforme. Ves que alguno no está cojeando aquí adentro pero en lo que sale cojea, porque ese es su uniforme. Ellos saben que así tienen más oportunidad de conseguir ingresos”, explica Rada.

Refiere que contar cuántos muchachos hay en la calle es como contar hormigas en un hormiguero porque va quedando la generación de relevo. “Por la misma situación económica muchos ven como una salida la calle” .

Es un grupo de catorce varones y dos mujeres entre 11 y 17 años que se comporta con un esquema de una familia. Han pasado unos seis años desde que comenzaron a unirse para cuidarse entre sí de los problemas de
la calle. Tienen un líder, el más alto de todos, quien inicia la conversación con nosotros en medio de la cancha. Explica que su rutina implica hacer una ronda por el centro comercial Sambil. Allí recoge alimentos de las ventas
de comida rápida que luego reparte entre los otros. Otras veces reciben comida de gente que ya los conoce luego de las protestas en abril de 2017.

“Hay días que sentimos que ya nos desmayamos, con el cuerpo sin vida, pero Dios pone alguien con carro y nos traen comida. Algunos nos dan comida y se bajan del carro y se sientan y comen con nosotros sin importar que la gente los vea. Pero hay otros —en la calle igual que ellos— que no tienen esta mentalidad de buscar comida pidiendo sino que la buscan robando, y por eso a veces la gente tiene miedo y no quieren que nos acerquemos”.

Mientras rodean al equipo de Infobae con toda la curiosidad que puede significar el que alguien ajeno a su tribu quiera conversar con ellos, uno comenta que le dicen “medio metro”, otro agrega que a él jamás le han puesto sobrenombre y luego un tercero interrumpe para decir que le llaman “Chinito” (12) y cuenta cómo llegó a la calle a los nueve años:

—Mi padrastro compró una casa y me botó porque yo era el más grande y se quedó con mi mamá y mis hermanas. Mi mamá se puso a llorar y me dijo ‘hijo, qué vas a hacer’. Yo le dije me voy, y ese día me fui. Pedía por Buenaventura (a 29 kms de Caracas). Luego vine a Caracas con uno de ellos y poco a poco fui recorriendo Chacaito, Las Mercedes, Los dos Caminos. Yo quería ser ingeniero. Porque me gusta quemarme la testa (cabeza) por lo mío. Me gusta leer y las matemáticas.
¿Qué es lo más difícil de vivir en la calle?
—Pasar frío no es lo más difícil, lo más difícil son los policías. La negra Hipólita. La Lopna.

Y otro más pequeño completa la explicación:
—Tú sales del metro y ves a un poco de gente de la negra Hipólita, todos vestidos de rojo. Cuando la negra Hipólita nos lleva nos pegan, nos maltratan. Nos pegan con una varita como si fuera un látigo. Y te meten en un cuartico que es de corcho. Y tú gritas, lloras y no se escucha nada para afuera, las paredes y el piso y el techo son de corcho y no tiene ventanas. Huele a miao (orina), a pupú, eso es en la Idena en Los Chorros, donde antes era el Inam.

La Idena a la que hace referencia Chinito es el Instituto Autónomo Consejo Nacional de Derechos del Niño, Niña y Adolescentes (IDENA) que anteriormente era el Inam, Instituto Nacional del Menor. La Lopna es la Ley Orgánica de protección al niño y al adolescente.

Según la página web de Idena su misión es “asegurar los Derechos Humanos de la Infancia y la adolescencia, como ente de gestión del Sistema Rector Nacional para la Protección Integral de Niños, Niñas y Adolescentes, para la garantía de los derechos colectivos y difusos en todo el territorio nacional, consagrado en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela y la Ley Orgánica para la Protección de Niños, Niñas y Adolescentes, mediante la formulación, coordinación, integración, orientación, ejecución, evaluación y control de políticas, programas y acciones de interés público, siguiendo los principios de igualdad, no discriminación, igualdad de actuaciones, participación y corresponsabilidad entre el Estado, la Familia y la Sociedad”.

Pero la internet aguanta todo y el testimonio de estos niños evidencia que la realidad es otra.

Una de las dos mujeres que está en el grupo, y quien dice que la llaman Caramelo, interrumpe a los varones para cuestionar por qué los tratan tan mal en la calle si ellos no tienen la culpa de nada.
—Nosotros lo que hacemos es pedir, no robamos. Los policías nos dicen que dejemos de pedir. Entonces ¿qué hacemos? Los policías nos discriminan porque estamos sucios. Yo sé que fastidia y molesta, pero tenemos la necesidad.

Caramelo cuenta que se fue de su casa a los 10 años porque la maltrataron.

—Yo vivía en una familia de dinero. Mi mamá es dueña de una panadería. Ella consumía drogas. No me atendía. Me daba la tarjeta de crédito para que me fuera, y yo me iba. Y regresaba al día siguiente y entonces me maltrataba. Yo veía como consumía drogas y ella misma se hundía. Vivía en el Junquito, kilómetro 14. Me fui caminando sola en la noche, esperé el metro y me quedé en Los Dos Caminos. Ahí pasé hambre. Conocí a gente así —y hace referencia a los otros niños que la rodean— y me daba miedo. Pasaba hambre porque no comía de
la basura. A los días me enseñaron que la comida de la basura no es tan mala y yo veía como una señora la limpiaba y la cocinaba y me daba. Me fue enseñando un poco sobre la calle y ella fue la que me puso Caramelo, porque comía mucho dulce. Después de ahí a ella se la llevaron para negra Hipólita, y yo fui la única que me pude salvar. En Chacaito los conocí a ellos, y estoy con ellos.

—¿Has pensado alguna vez si no debiste irte de tu casa?
-Sí, cuando nos maltrata la policía, o que estoy dentro del comando y me tienen esposada y me están pegando. Ahí me pregunto para qué me fui de mi casa. Pero las cosas pasan por algo. Y me fui de mi casa por algo. Seguro el día de mañana cuando tenga 18 voy a poder ayudar a gente así como esta —y hace señas con la
mano refiriéndose a los otros que están con ella.
¿Qué quieres ser cuando seas grande?
-Quería ser abogado penal para sacar a lo que están inocentemente en la cárcel.
Todavía estás a tiempo
—Llegué hasta cuarto año. Yo volví a la casa de mi abuela cuando mi mamá se fue a España, y seguí estudiando. Iba y volvía a la calle pero decidí quedarme en la calle. Por el maltrato de mi abuela, porque le dije que cada vez que veía a un niño me daba mariposas en la barriga y me maltrató.

Lo que han vivido y viven estos, y un número indeterminado de otros igual que ellos, en la calle en Venezuela, les ha dejado cicatrices profundas que serán imposible de borrar.

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