No, no es abstencionismo es verdadera democracia, por Judith Sukerman

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El insistente argumento lógico, aunque simplista, de que la democracia está representada sólo en el voto, usado por los “electoralistas” en Venezuela y que tanto han contribuido al fortalecimiento del régimen en los últimos dos años, parece dejar de lado la importancia de los otros principios necesarios para la existencia de una verdadera democracia. Las elecciones y el gobierno de la mayoría son sin duda, componentes claves de ella, pero no son suficientes para que sea válida o efectiva.

Para que se pueda hablar realmente de democracia es necesario el respeto al ordenamiento legal. No puede un tribunal, conformado por magistrados seleccionados violando procedimientos y normas fijadas en las leyes y los requisitos para su designación, desconocer y desautorizar a la Asamblea Nacional, electa por votación popular; o peor aún, autorizar y convocar ilegalmente el proceso electoral para instaurar una todopoderosa Asamblea Nacional Constituyente, incumpliendo con el debido referéndum aprobatorio que exige nuestra Constitución.

Otro elemento fundamental para que exista una verdadera democracia, es el absoluto respeto a quienes disienten del gobierno. La democracia exige libertad de expresión, opinión, reunión y reconoce derecho a la protesta pacífica. No puede haber amenazas, atropellos, represión, cárcel, inhabilitaciones; así como tampoco coacción y persecución, a quienes plantean un cambio de régimen. Si bien es cierto que en los países democráticos la ley, la justicia y los cuerpos de seguridad son herramientas para su defensa, no pueden ser estos usados para intervenir en los conflictos políticos y para reprimir, encarcelar —y hasta asesinar- a quiénes representen una alternativa de gobierno.

La democracia es gobernar para todos, no solo para los acólitos o simpatizantes. Maduro no solo ha sido un gobernante nefasto, sino también irresponsable al favorecer a un pequeño grupo de familiares y amigos a los que ha convertido en poderosos boliburgueses, enriqueciéndolos a costa del hambre y sufrimiento de la gran mayoría de la población venezolana. Esto ha generado la mayor corrupción de toda la historia de Venezuela, la más grave crisis económica que haya conocido Latinoamérica.

Si algo atenta contra la democracia, es precisamente la falta de neutralidad del ente electoral. Para que el resultado de una elección sea legítimo se requieren garantías y normas claras que generen confianza y transparencia tanto para los participantes como para los electores. La institución encargada de los comicios debe estar conformada por personas honorables, confiables; por eso es tan corrosivo para nuestra democracia que personas indudablemente identificadas con el régimen sean quienes tengan competencia para contabilizar los votos en un proceso lleno de opacidad e irregularidades. De la misma manera, son inadmisibles los abusos de poder que ejerce el gobierno de Maduro al usar medios y recursos públicos en favor de su oprobioso gobierno. Ello está claramente tipificado como delitos electorales; es corrupción absoluta.

La democracia requiere respetar los resultados siempre. En Venezuela sobran los ejemplos de resultados que no han sido respetados: la Asamblea Nacional electa en 2015, el no reconocimiento de Tomás Guanipa como gobernador del Zulia, la designación de autoridades paralelas cuando han ganado gobernaciones o alcaldías opositores al régimen y la asfixia económica a la que son sometidos; igualmente el irrespeto evidente a la mayoría que significó la composición de la Asamblea Nacional elegida en 2010, cuando aun obteniendo la minoría de votos, el chavismo ocupó la mayoría de los escaños. Solo por nombrar algunos casos.

No se puede restringir el voto a solo una parte de la población. Para que el voto sea realmente signo de democracia debe ser facilitado a todos los ciudadanos, en cualquier lugar que se encuentren. Ya son varias las elecciones que a los venezolanos que viven en el exterior, por dolorosas y distintas causas originadas en la era chavista, les han restringido e imposibilitado su derecho al voto. Y solo porque las señoras del CNE asumen que son opositores. Para las elecciones presidenciales ilegalmente convocadas para mayo, por ejemplo, no podrían —si quisieran- participar los venezolanos que viven en el exterior. Como acto de grosero cinismo, hasta hoy solo existe un ofrecimiento, no cumplido, de abrir el consulado ubicado en Miami, para que participen los venezolanos que legalmente residan en los Estados Unidos.

Otra condición indispensable para la democracia es que no existan coacciones ni mentiras para conseguir el voto de los ciudadanos. El Carnet de la patria, los CLAP, el plan Chamba Juvenil, las bonificaciones absurdas otorgadas recientemente, son las herramientas de chantaje con las que cuenta Maduro para inducir y forzar a sus electores; ello sin contar con las manipulaciones y amenazas a las que son permanentemente sometidos los funcionarios públicos.

Por si todo lo anterior no fuese suficientemente importante, no es lógico adelantar unas elecciones tan importantes para resolver la grave crisis nacional, sin dar el tiempo necesario para que se produzca un verdadero debate y se logre la elección de un presidente que asuma de inmediato la conducción que signifique un viraje en el sistema político y económico actual. Por ello es incomprensible un cronograma electoral apresurado, que no solo no permite la transparencia y revisión exhaustiva de cada etapa del proceso, sino que además impide que quien resulte ganador pueda asumir el ejercicio del cargo de inmediato, sino 8 meses después de su elección.

Todas las reflexiones anteriores, nos obligan a no votar. Una elección en estas condiciones vulnera los principios y requisitos básicos de la democracia y ante eso, no podemos ser indiferentes. Las elecciones propuestas para el 20 de Mayo, no solo son ilegales, son indiscutiblemente ilegítimas.

Con su insistencia de los electoralistas de votar, como sea, cuando sea, sin prestar atención a las legítimas observaciones de políticos y ciudadanos que plantean atender el llamado internacional a no participar, ignoran el hecho de que la democracia solo es viable cuando se respetan las leyes y los derechos. Todos debemos comprender que no se trata de abstencionismo, sino de luchar por una democracia legítima y verdadera.

Estamos convencidos de que la única y definitiva solución para la grave crisis que atraviesa Venezuela, pasa por una elección, en la que una mayoría exprese la necesidad de cambio y se restaure el estado democrático y de derecho necesario para avanzar hacia un futuro mejor. Pero a eso solo llegaremos a través de la defensa real de nuestros derechos y de los principios democráticos. Esperamos que el nuevo Frente Amplio Nacional entienda que la lucha, es más que electoralista, que es hora de seguir la ruta que nos devuelva la democracia de verdad.