Juan Guerrero: Vivir en socialismo

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Mi esposa estaba eufórica mientras íbamos en el carro camino a ver la película del momento: Coco. No era tanto por verla –que resultó ciertamente majestuosa y excelentemente bien editada- sino por volver al cine. Casi dos años sin pisar una sala de espectáculos. “Pudimos vender bastantes crostatas, galletas y suspiros”. -Pensé mientras calculaba el monto a pagar por el estacionamiento.

Y es que vivir en socialismo te lleva siempre a sacar cálculos de alta economía familiar. “Dejas de comprar esto para pagar aquello” o “Este mes no compro lo que tengo pensado para completar y comprar tal cosa”
Es que en socialismo ocurren estos absurdos de la vida. Vivir en socialismo es asunto dramático. Riesgoso. A uno se le puede ir la vida por un estornudo.

Uno vive en socialismo de añoranzas. Como el deseo de volver a una librería, -como las de antes- donde llegabas y lerdeabas por horas revisando las últimas entregas de los mejores libros de autor. O abriendo revistas y oliendo las páginas mientras la tinta te aromatizaba el rostro.

Vivir en socialismo es añorar volver a un abasto cualquiera y revisar los estantes para seleccionar un vino tinto. Tomar la botella entre las manos y ver su color al trasluz. Después, en una noche cualquiera, inventar algún pretexto y degustarlo.
Es que en socialismo “algo o alguien” te roba, te hurta, te cercena los pequeños instantes de felicidad. Esas pequeñas cosas que vas juntando al paso de los años y que llamas memoria de amor por lo cotidiano.

Vivir en socialismo es tener presente que estás siendo llevado al desorden. Ya no sabes ni cuánto es tu sueldo como jubilado universitario… y ya no importa. Los bonos improvisados del Estado suman y suman y superan las quincenas.

Vivir en socialismo es dejar de soñar, de ilusionarte para entrar a despertar con pesadillas donde los cartones de huevos te caen en la cabeza y tú gritas mientras las gallinas cacarean y te sacan la lengua.

Vivir en socialismo es desear regresar a la banalidad de los programas de televisión y reírte por cualquier ocurrencia de los buenos chistes “rocheleros” y saber que los políticos estaban siempre por debajo de los ciudadanos. Que los militares dormían en los cuarteles y los maleantes estaban encerrados en la cárcel.

Vivir en socialismo es saber que el país se estrella en tu rostro apenas abres la puerta de tu casa. Explota en los basureros improvisados en cada esquina. El país socialista es pútrido, oscuro y tiene siempre mal olor.

El país del socialismo todo el tiempo busca la manera de meterse en tu vida privada. Te asalta a cada rato. Son incontables cadenas de televisión, de radio. Programas donde te busca y te maltrata con su mal gusto. Son rostros rígidos, gente babosa con rostros abrillantados como enfermos psiquiátricos que te miran libidinosamente.

La propaganda socialista es palurdamente pegajosa, como una sanguijuela que busca sacarte sangre. Son voces que opacan el alma y repiten infinitamente un discurso latoso, monótono y que te llega al oído como una marcial marcha de muertos.

El país socialista venezolano es la combinación de marginalidad y hampa común organizada. Aderezada con militares que usan botas negras opacas y hediondas a requesón y que hablan con un tufo de marcialidad en alitosis múltiple.

Vivir en socialismo es saber que la perversidad te persigue todo el tiempo. El socialismo venezolano es un payaso pervertido que ríe mientras se mofa de ti, te usa y después te abandona. Ese payaso habita en toda oficina pública. Sabes que siempre te hará una trastada. Siempre verás a ese payaso de tercera o cuarta categoría, sentado en una poltrona rota, descosida y que le falta una rueda. Comiendo y limpiándose los dientes, mientras te pregunta cualquier banalidad para que te vayas. No te presta atención. Te habla como “perro viejo que late echao”

Vivir en socialismo es andar por las calles de cualquier ciudad o pueblo venezolano y sentir esa extraña sensación de lentitud. De murmullos callejeros. Sabes que solo por la mañana y hasta después de mediodía, verás gente por las calles y en los negocios. Después de las 2 de la tarde las aceras, las calles y avenidas se van quedando solas.
Ves largas, interminables colas de personas esperando en las paradas el transporte que nunca llega. Otros caminan su cansancio bajo el inclemente sol. Los comerciantes bajan sus santamarías. Otros cierran puertas y abren pequeñas ventanas para terminar de vender.

Vivir en socialismo es penoso, decadente. Pura gente adormecida y triste. Uno siente pena ajena cuando está haciendo la respectiva cola para cualquier cosa, y ve al de atrás o más atrás, que apenas tiene tres mazorcas de maíz en la mano. O al que está delante, con dos plátanos raquíticos mientras sostiene en brazos a su bebé, que chupa apenas una gota de leche. Entonces uno compara: “-Llevo una mano de cambures, un pimentón, tres tomates y dos cebollas. -¡Ah! Un piaso ‘e patilla y dos guayabas”. Entonces a uno lo invade el remordimiento, la culpa ajena, pero culpa al fin y al cabo. Uno sube la cabeza y mira al techo. Mira al suelo. Paga y se larga. Se va rápido a refugiarse en su casa.

Vivir en socialismo es saber que habitas en un inmenso, gigantesco campo de concentración. Una descomunal ratonera. Un laboratorio donde te investigan. Constantemente te someten a incertidumbre. Te mueven el piso insidiosamente.
Porque vivir en socialismo es saber que eres un ser inseguro. Prisionero. Dependes de lo que terceros puedan decidir por ti.

(*) [email protected] TW @[email protected] IG @camilodeasis1