Érase Jorge Eliécer Gaitán, por Guido Sosola

Érase Jorge Eliécer Gaitán, por Guido Sosola

Guido Sosola @SosolaGuido
Guido Sosola @SosolaGuido

 

Pocos acontecimientos han estremecido profundamente al continente, como el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en la Bogotá del 9 de abril de 1948, al día siguiente de la extraordinaria defensa que hizo de un oficial en los tribunales. La ciudad se estremeció ante la noticia, sublevándose de mil maneras y, siendo tan profusa la literatura alusiva, real y de ficción, bastará con evocar las escenas de Gabriel García Márquez en sus memorias, incluyendo la máquina de escribir que voló por los aires, para preciar algo que tuvo más de realismo que de magia.

Lo que fue el típico enfrentamiento de liberales y conservadores colombianos que, después, dará paso a la dictadura y a las guerrillas, contextualizando el crimen, todavía sirve de lección para propios y extraños en relación a la suerte de las libertades públicas, la democracia y la pobreza crónica latinoamericana. Sobre todo, respecto al liderazgo político que, por cosas quizá del azar, encontró 70 años atrás, en la capital neogranadina, a un jovenzuelo, como Fidel Castro, y, hay que decirlo, convertido posteriormente en un estadista, como Rómulo Betancourt, al frente de la delegación venezolana en la IX Conferencia Interamericana.





Desde siempre, posiblemente con una intensidad ahora sin equivalente, los venezolanos vivimos la situación colombiana como propia. Entre mis archivos, todavía conservo la larga entrevista que le hiciera Aquiles Nazoa a Gaitán para El Nacional de Caracas (12/11/1945), aunque perdí otros referidos al impacto en Caracas del homicidio, a corto y mediano plazo.

Convengamos en los excesos del populismo de entonces, la violencia inaudita y la irresponsabilidad militante de los voceros del status quo, crónica y duradera, pero también en dos facetas importantes del liderazgo encarnado por Gaitán. Una, la extraordinaria defensa que hizo de las causas populares, dándole protagonismo a la chusma despreciada en el antiguo virreinato, pagando un alto precio al iniciarse – apenas – la Guerra Fría, a la que se le deja intactas y disponibles, como masa, a la aviesa imaginación de las más variadas corrientes de un tercermundismo recurrente, como ha acaecido en la Venezuela del siglo XXI; y, la otra, las cualidades personales de una dirigencia arrojadiza, temperamental y no menos valiosa de compararla con aquella tan docta en las intrigas de palacio, improvisada y temeraria aún en los momentos de las insólitas crisis que suelen parir un aventurerismo de salón, además, llamando a un diálogo por cuyos fracasos no desean responder, con la dictadura.

Un orador fuera de serie, aunque en lo personal no gustamos nunca del timbre de voz, por el testimonio magnetofónico que todavía circula, Gaitán igualmente fue un insigne penalista que, de no ocuparse tanto de la política de calle, como se vio forzado a hacer, me atrevo a decir que hubiese dejado una importante obra escrita más allá de las defensas ejercidas en el estrado.  En la era de la sociedad de la información y del conocimiento estratégico que los venezolanos dejamos atrás, extrañamos a una clase política que, común en el continente, suficientemente demostrado en décadas cada vez más remotas, fue inteligente y reflexiva, porque la política misma conjugó el hacer y el pensar como muy pocos lo sospechan en el presente: el ruido de las cosas al caer.