Luis Alberto Buttó: De pocetas y nomenklatura

Luis Alberto Buttó @luisbutto3
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El socialismo es la mayor estafa teórico-práctica experimentada por la humanidad en el último siglo y medio de historia. En desmentido a lo voceado mediante la retórica utilizada por sus ideólogos, el socialismo es un sistema rabiosamente excluyente, desvergonzadamente clasista e implacablemente discriminatorio, en tanto y cuanto propicia la supremacía de una muy exclusiva facción social. Esta élite dominante se denomina nomenklatura y está conformada, por un lado, por quienes ocupan posiciones decisivas en la superestructura oficial y, por el otro, por los allegados a estas personas. Es decir, se es parte de la nomenklatura cuando se pertenece a la dirigencia del partido gobernante o cuando, de una u otra forma, se está vinculado con este liderazgo, ya sea por lazos familiares, relaciones afectivas, negocios en común, etc.

El poderío de la nomenklatura radica en la activación de dos procesos que son resultado directo del montaje del socialismo. En primer lugar, esta clase controla los principales medios de producción disponibles al establecer la propiedad estatal sobre tales medios, independientemente dicho carácter se disfrace con apelativos del tipo propiedad colectiva, propiedad comunal, etc. En segunda instancia, la nomenklatura hace y deshace con la riqueza generada por los medios de producción señalados. Usufructúa lo mejor de esa riqueza a la par que permea parte de ella al resto de la sociedad con la intención de granjearse el circunstancial apoyo político-partidista que le permita preservar el poder. A sabiendas de que la mano que da siempre está por encima de la mano que recibe, el socialismo establece sectarias relaciones de clase expresadas en el sometimiento socioeconómico de la población a los designios del Estado. El carácter meramente instrumental de la relación poder-habitantes salta a la vista, en especial cuando se trata de los menos favorecidos en la escala social.

La insinceridad es lo más resaltante en la conducta cotidiana de la oligarquía gestada en socialismo. En flagrante contradicción con el discurso que a gritos pregonan sobre la dignificación de pobres y asalariados, la vida de estos personeros transcurre entre lujos y privilegios. El impúdico boato es su norma de comportamiento por excelencia. Pese a que las causan, los miembros de la nomenklatura no experimentan las penurias que aquejan a los ciudadanos comunes y corrientes. Para ellos no hay colas, para ellos hay medicinas, para ellos abundan viajes y viáticos. En verdad, se creen superiores. Por eso, de tanto en tanto pierden la compostura y se expresan con sorna y desprecio acerca del trabajo realizado por sus congéneres. Olvidan lo fundamental: donde lo hagan y cuando lo hagan, hoy al igual que en el pasado, millones de compatriotas levantan sus familias desempeñando las tareas que la vida les puso por delante y lo hacen sin cometer latrocinio. Todos ellos merecen respeto. Por lo tanto, ganan honra los que lavan pocetas y la pierden aquellos que menosprecian a un trabajador porque éste asee excusados.

El trabajo dignifica al hombre y glorifica a Dios. Eso jamás lo entenderán los vacíos de alma, los huérfanos de bondad.

Historiador

Universidad Simón Bolívar

@luisbutto3