La octava Cumbre de las Américas: Gobernabilidad Democrática contra la Corrupción, por Diego Arria

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Las Cumbres de las Américas son reuniones institucionalizadas de los jefes de estado y gobierno del hemisferio occidental.

Están destinadas a servir como un foro en el que los líderes puedan discutir asuntos políticos comunes a nivel nacional y regional, y abordar los nuevos desafíos que enfrenta la región. Se celebran bajo los auspicios de la Organización de Estados Americanos (OEA). El foco de la próxima Cumbre, que tendrá lugar en Lima los días 12 y 13 de abril, es: “Gobernabilidad Democrática contra la Corrupción”.

Un aspecto destacado de la Cumbre anterior, que tuvo lugar en Panamá en abril de 2015, fue la discusión cara a cara entre Barack Obama y Raúl Castro, el primer encuentro en medio siglo entre un presidente estadounidense y un líder cubano. En la Cumbre de este año, Raúl Castro volverá a estar presente. El presidente Donald Trump, sin embargo, canceló su participación en el último minuto y en su lugar el vicepresidente Mike Pence encabezará la delegación de su país.

Para agregar un poco de contexto histórico, la reunión del Consejo Interamericano Económico y Social de la OEA, celebrada en Punta del Este, Uruguay, en agosto de 1961 fue en efecto la primera verdadera Cumbre de las Américas, y la más significativa en términos de consideraciones políticas y económicas. La reunión estuvo marcada por la firma de la “Alianza para el Progreso”, un programa de ayuda multimillonaria diseñado por la administración Kennedy para mejorar las relaciones con América Latina.

En mi opinión, este fue el mejor esfuerzo concertado de los Estados Unidos para cooperar e interactuar con la región. Armaron una estrategia que concebía el desarrollo y la democracia como dos caras de la misma moneda. Ninguna iniciativa tan importante y convincente ha sido intentada, como lo logró Kennedy en su momento.

Durante la reunión de Punta del Este, el ministro de Economía de Cuba, Ernesto “Che” Guevara, se convirtió en la voz más importante contra las políticas de los Estados Unidos, así como contra la “Alianza para el Progreso”. Guevara veía la ayuda estadounidense como una estrategia elaborada debido al temor a la propagación del comunismo en la región.

Quizás fue así. La decisión más importante adoptada en 1961 fue la de expulsar a Cuba del sistema interamericano por su adhesión al comunismo. Cuba permanece fuera de la OEA, aunque en los últimos años ha sido invitada a estas Cumbres.

El miedo a la propagación del comunismo ya no existe. Ahora, el problema político más importante que deben enfrentar los participantes es la tragedia humanitaria, política y económica sin precedentes que tiene lugar en Venezuela. Debido a esta realidad, el único jefe de Estado no invitado a Lima es Nicolás Maduro, presidente de Venezuela.

El gobierno peruano, como anfitrión de la Cumbre, comunicó al tirano Maduro que no era bienvenido por su “abominable historial de violaciones de derechos humanos, así como por promover un proceso de elecciones presidenciales absolutamente manipuladas”.

Es irónico que el líder del único régimen comunista en la región, Raúl Castro, esté invitado a la Cumbre, mientras que Maduro, que está bajo el control político de La Habana, no lo es. Claramente entonces, no fue por consideraciones ideológicas que se haya negado la invitación al gobierno de Venezuela.

Muchas cosas han cambiado en la región desde la reunión de Punta del Este en 1961, excepto que un Castro sigue siendo jefe de estado en Cuba, y que la agenda de la Alianza para el Progreso – desarrollo y democracia en las Américas – sigue siendo una promesa y un compromiso incumplido.