José Ignacio Moreno León: Corrupción, subdesarrollo y pobreza

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La VIII Cumbre de las Américas, celebrada recientemente en Lima ha puesto en relevancia que el estigma de la corrupción es una de las manifestaciones más lacerantes de la quiebra de principios y valores en la sociedad contemporánea y representa una seria amenaza a la institucionalidad democrática en América Latina. Frente a estas realidades dos afirmaciones son indiscutibles: no hay corrupción sin corruptores,  y el populismo representa un caldo de cultivo en donde germina este mal social. Los hechos demuestran que en los frecuentes escándalos de corrupción siempre están presentes empresas o individuos que sobornan a funcionarios de poca ética para lograr ventajosas transacciones con los gobiernos. Además en los grandes casos de corrupción por lo general aparecen vinculados a regímenes populistas y autoritarios, en los que es común la laxitud en los controles de la gestión pública, el desprecio a la meritocracia, el compadrazgo y el poco respeto por las instituciones y normas del buen gobierno.

La ética y la moral no pueden marginarse en el análisis del mal de la corrupción. Por ello son muy relevantes las consideraciones de Hodgson y Jiang en relación a ese tema. Para estos autores la corrupción “…no es en el fondo un simple asunto legal, es básicamente un asunto de moralidad…”. Y destacan  que “…todos los actos de corrupción violan normas morales asociadas con las reglas, y despojan de carácter moral el rol social que esté asociado con la regla”. Por ello advierten sobre la necesidad de “…rehabilitar el concepto no utilitarista de moralidad para entender el fenómeno de la corrupción”. Se denuncia igualmente  que “… la economía moderna ha corrompido el concepto de corrupción, en parte por aceptar el utilitarismo tosco”.1

La ocurrencia y aceptación de la corrupción, tanto en las instituciones de gobierno y del Estado, como del sistema político, está relacionado con el nivel de desarrollo humano y de madurez política de cada país. A mayor nivel de desarrollo democrático, mayor transparencia en el funcionamiento de la sociedad y de sus instituciones. Y uno de los mayores daños que puede sufrir la democracia ocurre cuando la corroe el cáncer de la corrupción en todas sus instancias, partidos políticos, instituciones del Estado, burocracia pública, etc. Por ello el mal se propaga con más facilidad en regímenes totalitarios, en los que el país marcha al ritmo impuesto por el autócrata, sin respeto por las instituciones democráticas ni las leyes y con ausencia de organismos idóneos contralores de la gestión pública. En esos regímenes son más frecuentes los casos de enriquecimiento ilícito de funcionarios públicos y de empresas que, amparadas en el favoritismo de altos jerarcas del Estado, se convierten, de la noche a la mañana, en poderosos organizaciones, gracias a esos puentes dorados construidos con sobornos a los centros corruptos del poder gubernamental. También se incurre en hechos de corrupción, tanto a nivel privado como público cuando se actúa afectando nuestro medio ambiente, es decir dañando el sistema ecológico, y cuando con el manejo antiético o amoral se atenta contra la dignidad de las personas, contra el bien público y el interés nacional. Los casos de Enron, Siemens, Parmalat, Volkswagen y ODEBRECHT son ejemplos de manejos corruptos a nivel de grandes consorcios privados, en perjuicio de accionistas, clientes, los servicios públicos,  la comunidad y el entorno ambiental.

Transparencia Internacional señala en sus informes anuales  la estrecha correlación entre corrupción, subdesarrollo y pobreza; pero también entre corrupción, rentismo, autoritarismo y populismo, como lo demuestran los  recientes escándalos de corrupción que son reflejo de las realidades de Latinoamérica. En el informe de Transparencia Internacional (2016), se resalta la estrecha relación entre corrupción e inequidad y como ambos males se retroalimentan en un círculo vicioso, propio del populismo. Se dice que “En muchos países, las personas son limitadas de sus más básicas necesidades y se acuestan hambrientas cada noche, como resultado de la corrupción, mientras que poderosos y corruptos disfrutan de espléndidos  estilos de vida con impunidad.” En sus estadísticas, el Informe señala que los países en donde es mayor la percepción de corrupción son precisamente países bajo regímenes populistas y autoritarios, con notables ineficiencias en la institucionalidad democrática.2

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  1. Geoffrey Hodgson  y Shuxia Jiang, La Economía de la Corrupción y la Corrupción de la Economía: Una Perspectiva Institucionalista, Revista de Economía Institucional, vol.10, No. 18, Primer semestre/2008 pp.55-80
  2.  www.transparency.org./cpi2016