José Aguilar Lusinchi: Mamá. El Sexto postgrado

José Aguilar Lusinchi @jaguilalusinchi
José Aguilar Lusinchi @jaguilalusinchi

 

(Santiago de Chile, abril de 2018) Sofocada por el calor despertó sola dentro de un autobús al que se había subido hace unas veinte horas. Las ventanas sirvieron para observar como sus cincuenta y siete compañeros de viaje estaban sentados en el medio de la nada. Bajó y llena de confusiones logra darse cuenta que otros buses se encuentran en la misma condición, junto a un sin números de carros particulares, camiones y gandolas. La carretera de camino a Santa Elena Uairem se encontraba cerrada.

El paso de las horas sirvió para que saliera el sol y junto a ello un grupo de transeúntes se acercaran al punto de cierre. Todos los rumores eran ciertos. Un centenar de personas mantenían el paso trancado con un enorme camión que transportaba tuberías. Hombres y mujeres armados conocidos como lo mineros mantienen el control de la zona. No hay gobierno ni nadie a quien acudir.

Siete horas tardaron las conversaciones y estos mineros que no temen mostrar sus rostros accedieron a dejar pasar a quienes quisieran avanzar a pie. Un grito de aviso sirvió para correr a buscar sus maletas y cruzar la soga que tenían levantada. Allí se encontraba ella, en el medio de la nada, en un lugar conocido como el kilómetro cero cerca de un pueblo llamado Tumeremos.

Dos maletas y un morral debía sostener y jalar mientras caminaba. Caminó debajo de un sol infernal. Caminó en medio de mineros armados de un lado y la angustia del otro. Lo hizo con cientos de personas detrás y a su alrededor. Avanzó por más de veinticinco minutos y aún no lograba ver el final. Sus manos cansadas ya no podían con el peso que cargaba. Intentó parar, pero los demás caminantes no lo permitían. En medio del caos susurró lo que parecía su razón, un nombre, lucía.

Un camión que transportaba ganado sirvió para llegar hasta el kilómetro ochenta y ocho, conocido como el pueblo de Las Claritas. Un lugar donde se castiga según las leyes de los hombres que lo habitan. Un viaje de hora y media desde el final de la tranca, donde llegó a pie cincuenta y cinco minutos después de pasarla. Allí fue recibida por la lluvia.

Imaginó la habitación de su pequeña hija mientras esperaba. Esa a la que entraría para despertarla, vestirla y así llevarla al colegio. Esa misma que limpiaría y ordenaría cada tarde, y donde también se despedirían en las noches antes de dormir. Pero no hubo lágrimas. No ese día. No en ese momento. El coraje que nace en las entrañas del sentimiento más puro de este mundo, era más grande que el dolor de la distancia.

No encontró posada disponible cuando llegó a Santa Elena. Durmió junto a otros venezolanos en el piso de la línea en la frontera, rodeada por funcionarios de la Guardia Nacional, el seniat y migración. Un lugar donde temprano tendría que sellar pasaporte, cambiar bolívares en efectivo a moneda brasileña y salir a su último destino, Boa Vista. Ya tenía tres días viajando desde Valencia y no había salido si quiera del país.

Quince horas de trabajo al día la esperaron en aquella ciudad extranjera, en un restaurante en el terminal internacional de Rodoviaria. Un empleo que le consiguió otra maestra con la que trabajó hace un tiempo en una de tantas escuelas. Pero la oferta fue solo eso, el empleo.

Cartones entre pasillos y el baño del terminal se convirtieron en su refugio durante mes y medio. Hasta un ciego era capaz de ver el cambio que había sufrido su cuerpo. Nada la detenía. Seguía trabajando tan incansablemente como el primer día. Bastaron pocas semanas adicionales para que la sospecha fuese confirmada por la evidencia física, y otras tantas para que llegara el momento.

Un líquido empezó a chorrear entre sus piernas a media mañana. Pensó que otra vez era orina. No dejaba de caminar a pesar de la incomodidad y el dolor.  En el andar hacia una mesa para cumplir con su llamado iniciaron las fuertes contracciones. Los gritos de aviso de que estaba pariendo hicieron que la rodearan y ayudaran. Manos desconocidas eran las que apretaba mientras aumentaban las contracciones. Una mujer de un refugio cercano acudió a la ayuda y en un carro de color blanco nació una nueva ciudadana brasileña de padres venezolanos.

La miró, la besó y quedó exhausta.  Al despertar y empezar a amamantarla sentía la recompensa de su esfuerzo al negarse que su bebé naciera en un país sin vacunas, medicinas, comida y cualquier atención mínima que requiera para su supervivencia. Lloró al recodar como unos tipos le arrebataron el derecho a Lucía de conocer a su papá producto de la delincuencia, y como otros tipos le prohibieron nacer en su tierra.

El esfuerzo de esta y muchas otras mujeres que conocí en mi recorrido, me confirman que la verdadera fuerza nace al querer proteger lo que amamos. Un amor que se convierte en la nueva materia de este postgrado, porque los venezolanos que se van y los que se quedan, estamos aprendiendo nuevamente el verdadero significado y pasión de amar incluso las pequeñas cosas que nos hacen compartir con las personas que queremos.

Una docena de madres dieron sus testimonios para este relato. Las conocí en la tranca, en las Claritas, en Santa Elena y en Boa Vista. Todos los testimonios contienen el mismo furor y esfuerzo. Sin embargo, quiero dedicar estas letras muy especialmente a Taniuska. Una valenciana a quien conocí en mi recorrido a Santa Elena de Uairem para cruzar la frontera con Brasil. Una aguerrida venezolana con quien caminé esos cincuenta y cinco minutos de tranca. Una mujer excepcional que no conoce límites para seguir avanzando.

Hoy publico estas letras desde Santiago de Chile. Mi recorrido ha estado lleno de testimonios, detalles y emociones. Hace tres días que llegué desde Argentina.  Mis intenciones consisten en estar una semana más en esta ciudad, para luego salir a las capitales Perú y Ecuador.

Emigrar es un postgrado.

José Aguilar Lusinchi

joseaguilarlusinchi@yahoo.com

Instagram: jaguilarlusinchi