Julio Castellanos: Religión y política

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Preocupa mucho que de un tiempo para acá han tomado mucho centimetraje las alusiones discursivas de muchos políticos a dios y a la fe. Al punto en que hoy varios partidos confesionales, como Nuvipa, ORA y Esperanza por el Cambio, forman parte de distintas coaliciones políticas pujando por un rol protagónico en el ejercicio del poder. Todos los ciudadanos tienen derecho a practicar su fe, cualquiera que esta sea, pero cuando el discurso público, gracias a dirigentes con vocación frustrada de cura o pastor, tienen a la mano una línea de contacto directo con dios, pues, finaliza toda posibilidad de debate.

De hecho, el candidato Javier Bertucci inició su campaña con una entrevista donde negaba la posibilidad de aprobar el matrimonio igualitario o la despenalización del aborto en el supuesto de ganar. Del lado del oficialismo, ese mismo argumento lo expresan los militantes de ORA dentro del autodenominado “Polo Patriótico” y, en ambos casos, existe la misma “inspiración divina”. Hasta la propaganda proselitista empieza a tener una fuerte carga “espiritual”, por ejemplo, Copei (la fracción que respalda a Falcón) tiene un spot publicitario donde se habla de los “valores cristianos”, con una imagen de una iglesia, la cruz y la foto de San Juan Pablo II. Seguimos así y en vez de votar la gente gritará extasiada “¡amén!”.

Sería bueno recordar a los practicantes del cristianismo populista que en Venezuela existe, según nuestra constitución, un Estado Laico con respaldo histórico en la tradición constitucional de los últimos 200 años. Aunque más allá de ese argumento legal, el planteamiento es político: El poder se ejerce en representación de la ciudadanía, sin importar la religión que profesen mayorías o minorías, lo trascendente es lograr consensos que unan al país. Si llegan al gobierno personas más comprometidas con sus dogmas que con satisfacer a la opinión pública, pues, tenemos un grave problema democrático.

Además, creo que es importante recordarlo, se llega al gobierno, a la presidencia, a la gobernación o a la alcaldía, no para rezar sino para solucionar los problemas de alimentación, de educación, de salud, de seguridad, económicos y sociales que presenta la población. Los niños hambrientos desean comer y poco les interesa si les dicen que “La revolución es de cristo” o que “el evangelio cambia”. La fe es un asunto privado, que se remite al hogar y a la iglesia (a saber: la capilla, la mezquita o la sinagoga), por tanto, hacerla pública u oficial equivale a desnaturalizar las instituciones republicanas y convertirnos en una versión tropical de la teocracia iraní.

Los dirigentes políticos, todos, tienen derecho a ser “marianos” (devotos de la virgen y su virginidad), a ser hare-krishnas, adoradores de Saibaba, paleros, pentecostales, mormones o testigos de jehová, no obstante, quien dicta el rumbo en una sociedad democrática no es un dogma sino la opinión pública y ella es diversa, libre, plural, ciudadana y fundada en la razón. #CuidadoConLosHermanosCoco

Julio Castellanos / [email protected] / @rockypolitica