Caracas y el desasosiego como rutina

El presidente venezolano, Nicolás Maduro (izq.) Y miembros del alto mando militar asisten a una ceremonia de honor militar en Caracas el 24 de mayo de 2018. / AFP PHOTO / Juan BARRETO
El presidente venezolano, Nicolás Maduro (izq.) Y miembros del alto mando militar asisten a una ceremonia de honor militar en Caracas el 24 de mayo de 2018. / AFP PHOTO / Juan BARRETO

 

En Venezuela la palabra cambio es más una urgencia vital que una noción política como en otras partes del mundo. Está detrás de cada esquina, en las conversaciones, en los deseos, en los ojos de quienes cuentan su historia. Lo es para esa gran mayoría de la sociedad que el pasado domingo decidió boicotear las elecciones como pedían las principales fuerzas del Frente Amplio o votar por Henri Falcón con la esperanza de expulsar a Nicolás Maduro del poder. Pero también, de manera distinta, lo es para todos los que se creyeron la fábula del enemigo exterior, de la guerra económica, los que a pesar de mantener una vaporosa fe en la llamada revolución quieren salir del desastre en el que los metió el régimen. Así lo reseña elpais.com

Por Francesco Manetto

En las elecciones ganaron los de siempre, los de siempre desde hace 20 años, que ya han comenzado a superarse a sí mismos. Han pasado del chavismo a una suerte de poschavismo. Del “todo por el pueblo” al control del pueblo. El presidente estrenó su nuevo mandato, que se prolongará hasta 2025, con nuevas condenas internacionales y algunos gestos cosméticos que ya vienen siendo habituales después de una votación. Excarceló a 11 directivos de Banesco, la principal entidad privada del país, detenidos desde principios de mayo. Quizá anuncie ahora más liberaciones de presos políticos. Pero también amenazó a líderes opositores, expulsó al principal diplomático de Estados Unidos, detuvo a militares e intensificó el acoso a la prensa.

Lo que ocurra a los venezolanos está supeditado a los designios del régimen y de su traducción parlamentaria, la Asamblea Nacional Constituyente. Sin embargo, los castigos, las broncas, la delirante política monetaria e incluso los gestos de generosidad o las cesiones dependen, en última instancia, de una persona, de Maduro. Este es el horizonte que, a falta de un colapso o una reactivación de la iniciativa de la oposición, contempla la población. Lo ven con gafas distintas las varias almas de la oposición y los militantes chavistas. Pero el paisaje es el mismo.

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