Griselda Reyes: El cambio comienza por uno

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Pretender que uno haga lo que el otro quiere que hagas, es inaceptable, especialmente si partimos del hecho de no estar de acuerdo con ejecutar la acción “sugerida”. Una cosa es imponer y otra, muy distinta, es persuadir para convencer.

La transformación positiva de un individuo ocurre por convicción propia, es decir, cuando la persona se da cuenta que lo que está haciendo no es lo correcto o los pasos que está dando no la conducirán hacia la meta fijada.

Nuestro sistema educativo no está diseñado para hacer pensar a nuestros estudiantes, sino para que ellos cumplan un conjunto de requisitos necesarios para ser promovidos de grado, semestre o año. Y aquí es cuando el rol de la familia y del maestro se torna fundamental. Hay docentes entrañables que brindan las herramientas necesarias para que un individuo se convierta en ciudadano y no en bárbaro.

Ustedes tal vez se preguntarán ¿a qué viene este introito? Y les responderé lo siguiente: Venezuela no experimentará un cambio real, hasta tanto cada uno de sus habitantes se asuma responsable de lo que dice y ejecuta; deje de culpar a otros de sus problemas; entienda que cada individuo es único e irrepetible y como tal merece consideración y respeto; y aprenda a perdonarse y a perdonar a los otros.

Las últimas semanas hemos visto de todo en las redes sociales. Muchos se escudan en perfiles falsos (o hasta en los propios) para insultar, atacar, agredir, vilipendiar, humillar y denigrar a cualquiera que no opine igual, sin medir que todo aquello que se dice o hace genera consecuencias.

Da mucha pena ver cómo usuarios de redes sociales, en cuyos perfiles se muestran grados académicos, postgrados, maestrías, PH.D, etc., utilizan el lenguaje más soez para combatir con alevosía a quienes ni siquiera conocen.

En un país normal, lloverían las demandas por difamación e injuria, porque para quienes no lo saben la libertad de pensamiento, conciencia y religión y la libertad de opinión y de expresión, son derechos fundamentales garantizados no solamente en la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 – de la cual Venezuela es signataria –, sino también en nuestra Constitución Nacional vigente de 1999.

Si el gobierno persigue, molesta, tortura, acusa y apresa a quienes opinan, protestan o se manifiestan contrario a él y además criticamos de manera vehemente ese indigno proceder, mal podemos nosotros caer en el mismo comportamiento porque pasamos a ser victimarios o verdugos, como quieran llamarlo.

Como directora de la fundación Gente en Positivo, me preocupa sobremanera el nivel de agresividad que existe en la población venezolana. La mordacidad y violencia no solamente vienen de quienes como figuras paternas del Estado, deberían dar el ejemplo – gobernantes nacionales, regionales y municipales –, sino también de los hijos de ese Estado.

Frente a los resultados de las elecciones del pasado 20 de mayo, aún hay un porcentaje considerable de la población enganchado en el tema y que, en lugar de evaluarse y determinar qué puede hacer ante este escenario de crisis, sigue haciendo lo mismo una y otra vez: atacar, atacar y atacar, en vez de tantear, proponer y ejecutar.

Gente en Positivo tiene un equipo humano maravilloso conformado por amas de casa, luchadores sociales, obreros, profesionales, estudiantes y empresarios que viene trabajando sin hacer mucha bulla, en las zonas populares y rurales de nuestro municipio Baruta, con el propósito de recuperar el valor real de principios como el trabajo, el respeto y la tolerancia.

Es inaceptable que en Venezuela se premie la pereza, el vicio, el odio, la intolerancia y el resentimiento y sean vistos como virtudes, mientras se hace muy poco por fomentar el trabajo, el logro, el amor, la tolerancia y el respeto, bases de la convivencia.

El drama que hoy enfrentamos como sociedad tiene su base en lo anteriormente expuesto: una población disminuida en todo el sentido de la palabra, absolutamente pasiva frente a un Estado que no cede un milímetro en su intención de controlar cada espacio de la vida de sus individuos.

Aceptar las migajas que te da el Estado “porque sí, porque si no no como” u ocultar la cabeza en la tierra cual avestruz, pronunciando como un mantra la frase “Venezuela no es Cuba”, no nos va a sacar de este letargo en el que está sumida la población.

Ante la pasividad se requiere acción y mientras más pronto, mejor, porque la pasividad trae conformismo.

Todos los seres humanos tenemos aptitudes para algo. Quienes hoy dependen del Estado para comer, dormir o recibir una medicina o la pensión, sólo deben manifestar disposición a cambiar su destino.

Hay muchas organizaciones no gubernamentales que están trabajando de manera silenciosa para atender la emergencia de los sectores más vulnerables de la población: neonatos y ancianos desnutridos, madres y mujeres embarazadas, niños de la calle, enfermos crónicos, pacientes psiquiátricos. Y además de ofrecer ayuda para aliviar el sufrimiento, también están sugiriendo, persuadiendo, no imponiendo.

Muchas madres desconocen cosas elementales como la planificación familiar, muchas mujeres no tienen las herramientas para enfrentar la violencia en sus hogares, muchos hombres y mujeres desconocen el significado de la palabra respeto. Y hoy esas personas agradecen las herramientas que se les están dando para comenzar a salir adelante. Un paso a la vez.

Más difícil es persuadir a quienes están instruidos y aseguran tener la razón absoluta frente a un planteamiento específico. Llamo a la reflexión a quienes hoy esperan que otros hagan lo que nos corresponde a todos como venezolanos, para que se activen desde cada uno de sus espacios y comiencen a aportar ideas para el progreso.

Podemos dar el ejemplo siendo buenos vecinos, tendiéndole la mano a alguien que cayó en desgracia o aportando nuestros conocimientos para la resolución de un problema común.

Amigos todos, no vivimos en una burbuja. La pasividad de unos y de otros – de quienes esperan la intervención extranjera o a la comunidad internacional para que les resuelva la vida o de quienes se conforman con los pobres beneficios que les da el gobierno – debe ser contrarrestada.

Ante la pasividad, acción. La solidaridad y compasión con el desvalido siempre nos dará razones para dejar a un lado la pasividad y seguir adelante; y entender que querer lograr metas por iniciativa propia sin depender del Estado, es absolutamente factible, también proporcionará razones para dejar de lado esa pasividad tan dañina. En ambos casos, el cambio depende y comienza con uno mismo.

Lic. Griselda Reyes

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