Housekeeping. El Octavo postgrado Por José Aguilar Lusinchi

José Aguilar Lusinchi @jaguilalusinchi
José Aguilar Lusinchi @jaguilalusinchi

 

Su mano se deslizaba de derecha a izquierda y de arriba hacia abajo enfocándose incluso en las esquinas y en cada detalle para dejar el espejo pulcro. Su mirada no se apartaba en el movimiento de su mano y el trapo que sostenía. El sonido de fuertes pasos en el pasillo a las afueras de la habitación y el llamado de búsqueda de algodón y alcohol la hizo presumir que otra vez había ocurrido. Se acercó abriéndose paso entre otros empleados hasta llegar al centro de aquello que llamaba la atención de todos.

En el piso reposaba el cuerpo de una joven que no tenía más veinticinco años. Otra chica de limpieza sostenía su cabeza mientras uno de los hombres de seguridad le revisaba el pulso. No había lágrimas, solo la entrega absoluta de su voluntad y una mirada perdida, con cierta incapacidad para responder a lo que tenía. Todos los presentes se preguntaban sobre lo que allí habría ocurrido, pero ella que estaba de pie junto a la joven conocía la respuesta.
Salió de allí con cautela para culminar las diecisiete habitaciones del día. Fue incapaz siquiera de ayudar en el auxilio a pesar de que, en su nación, se había graduado de médico usando sobre tu toga una banda de color blanco.

Pero qué más da, en ese país no lo era. Sabía que la chica del piso estaría bien, y que incluso, la haría fuerte.
El cansancio continuo había hecho imposible hacer el almuerzo en casa y dos dólares sirvieron para comprarlo en el hotel en sus treinta minutos para comer. Aquella fue una tarde común. Un poco de sangre en una de las camas y algo de vómito en otro de los baños. La diferencia del día, fueron los frecuentes recuerdos de la joven venezolana que miró en el piso en horas de la mañana.

La ultima habitación fue una stay over. Quince minutos; un asunto fácil. Se cambió su atuendo de trabajo y caminó hasta su cobalt verde del dos mil nueve. La dinámica de la ciudad de Orlando le exigía el equipo automotor. Al tomar el volante podía ver sus manos maltratadas por el esfuerzo físico y el uso de químicos para la limpieza, perdiéndose un momento en las nuevas formas de sus dedos y en un hormigueo en alguno de ellos que la mantenía pensativa desde hace unos días. Hace mucho que no piensa en hacerse las uñas.

La mirada fija en el anular le hizo recordar los anillos que sus padres vendieron y convirtieron en el boleto de avión a Norte América. El último símbolo de la unión de su familia, fue entonces el medio de llegada a un país que serviría de trampolín en el plan que habían trazado. Su deber era ahorrar y seguir ahorrando entre gastos y manutención a Venezuela para llegar a un destino final.

Volvió de su letargo y encendió su carro. Se dirigió a un local mexicano para cambiar el cheque de su pago por efectivo. Llegó a casa, saludó a primos y sobrinos. Olvidó cenar y fue directo a la cama. Creyó que sería fácil. Sin poder conciliar el sueño empezó revisar su celular y encontró que varias personas habían enviado la misma cadena de WhatsApp que hablaba de la migración y de un postgrado.

Un corazón endurecido en los últimos meses fue ablandado. Un cofre de sentimientos fue abierto para no cerrarse nunca más, y el correo de quien escribe recibió el octavo testimonio en el primer domingo de febrero. Una noche de transformación. Una noche de encontrarse con las verdaderas respuestas, porque ahora tenía la pregunta adecuada.
Una semana más tarde encontró a la chica del piso. Se presentó y le pidió que la acompañase al baño de una de las habitaciones. Estaba decidida a enseñarle. Le mostró como debía limpiar el espejo evitando a toda costa mirarse vestida con la ropa de limpieza frente a él. Le contó su historia y como le había ocurrido lo mismo tres hoteles atrás. Por primera vez en cuatro meses y medio, empezó a compartir y relacionarse con otra persona distinta a quienes la recibieron.

En poco tiempo logró ganarse la confianza del resto de sus compañeras. Comprendió y explicó la flexibilidad que debían dar a las nuevas integrantes en su período de adaptación. Reconoció sus habilidades y capacidades para reconocer también las de sus iguales, haciendo saber que no eran tan fuertes y tenían que comprender sus limitaciones.

En cuestión de días desarrolló al máximo la nueva materia de este postgrado, la humildad. Una competencia que antes poseía, pero ahora conoce inclusive desde su fuente de ser. Ningún trabajo debe menospreciarse, escribió en el título de una fotografía que subió al Instagram. Ahora siente orgullo por su uniforme y grandeza en el corazón. Ha dejado de fabricarse un mundo de fantasías y ahora hace público el verdadero rostro de la migración.
En sus últimos días dentro del sueño Americano conoció los parques y arregló las maletas. Esperó la fecha exacta y cuando estaba a bordo del avión de regreso a Venezuela para pasar unos días con su familia antes de seguir a su último destino, empezó a mirar sus manos de una forma diferente. Sentía un reconocimiento propio en unas heridas que nunca olvidaría. Ya sabía que su túnel carpiano nunca volvería a ser el mismo, y con ello, ha conseguido su símbolo de motivación al logro.

Seis son los testimonios que conforman este relato. Tres de ellos sirvieron como herramientas principales para hacerlo. Dos se encuentran en Buenos Aires, y la médico, ella está hoy en Puerto Montt al sur de Chile. Si. Allí ejerce su profesión con la misma vocación de servicio que lo hizo en Ciudad Bolívar, pero como todas ellas, ahora tiene un postgrado de la vida.

Hoy publico estas letras de vuelta en Venezuela. Cinco países y más de cien testimonios nutrieron mis letras para cambiarlas. Ya no lloro cuando escribo. Ahora siento un sinfín de emociones hacia el logro y la superación de esta generación que sin lugar a dudas será la mejor de todas.

Emigrar es un postgrado.

José Aguilar Lusinchi
[email protected]
Instagram: jaguilarlusinchi