Juan Carlos Rubio Vizcarrondo: Dirigentes políticos opositores: ¿Pagan todos por pecadores?

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Una de las mayores tragedias de nuestra una nación, inclusive más letal que la labor destructiva del régimen, ha sido la incongruencia que ha fracturado la ya en sí relación ambivalente entre el ciudadano de a pie y la dirigencia opositora. Esta irritación, derivada del choque entre las querencias del pueblo y el fracaso en cuanto a lo prometido por el liderazgo, ha sido y sigue siendo motivo de la animadversión del pueblo hacia la oposición formal. Nuestra gente, aun al sol de hoy, resiente profundamente la variedad de absurdos perpetrados por una clase política que no ha dado la talla para la tragedia en curso. Ahora bien, habiendo dicho todo esto, cabe preguntarnos: ¿pagan todos por pecadores? ¿No hay distingo alguno entre los liderazgos existentes? ¿Todos son tarifados, apátridas o incompetentes?

En esta circunstancia es necesario ponderar cuántos de los líderes son de hecho unos indeseables y a cuántos estamos vilipendiando por la antipolítica que ha hallado, justificadamente, raíz en nuestros corazones. No cabe duda que en la oposición venezolana ha habido toda suerte de demagogos, corruptos y caballos de Troya que deben ser rechazados de la lucha existencial venezolana, pero por cada uno de ellos hay un conglomerado de personas decentes que, por las malas decisiones de una elite, han llegado a ser estigmatizados. No todo diputado de la república es un títere. No todo dirigente aspira a lucrarse a costillas del bienestar nacional. No todos piensan en términos de transacciones e intereses superfluos.

Sé que se siente bien condenar a todo político opositor cuando asociamos a su quehacer con falta de moral, traición al pueblo y enriquecimiento personal. En definitiva, ese ha sido el caso de algunos cuantos que han hecho vida dentro la coalición opositora. Sin embargo, tal sensación no viene a nosotros sin su propia clase de ceguera, por cuanto es fácil colocar a demasiados en un mismo paquete sobre la base de su afiliación partidaria. Sea el movimiento político que sea, siempre será falaz condenar automáticamente, por asociación, a toda la dirigencia y a la base por los desaciertos de su dirección central.

Debemos recordar también que por cada supuesto dirigente opositor, también ha habido uno que sí ha hablado con la verdad, que sí sufre como el resto de nosotros y que, en vez de beneficiarse de las dadivas del poder y soborno hamponil, ha tenido como única recompensa el ultraje, la persecución, la mazmorra, la tortura y, peor que todo lo demás, el olvido. Si requerimos recordatorio de esto, solo pensemos en dirigentes como Daniel Ceballos, Gilber Caro y Antonio Ledezma, por decir algunos. Considerando a estos hombres, ¿nos atreveríamos a ponerlos como iguales a aquellos que han jugado con nuestra libertad desde la comodidad de una suite cinco estrellas?

Por otro lado, también es necesario discriminar entre las diversas de acciones de quienes ya hemos condenado. No porque le vayamos a perdonar su tibieza o complacencia ante la tragedia, sino porque tampoco podemos caer en la contrariedad por el solo hecho de la contrariedad. Puesto en otras palabras, no podemos darnos el lujo de descalificar a las acciones con las que estamos de acuerdo por resentir a quien las haya tomado. Cuando las cosas se han hecho bien hay que reconocerlas, tal como hay que ejercer el control ciudadano cuando se hacen mal. Aplaudamos lo laudable, como las contribuciones informativas de la Asamblea Nacional al informe de la OEA sobre delitos de lesa humanidad en Venezuela, o la aprobación de ésta del enjuiciamiento de Nicolás Maduro por parte del TSJ en el exilio; y condenemos lo inaceptable, como el hecho de que a la fecha la Asamblea Nacional no se ha dado a la tarea de conformar un gobierno de transición, a pesar de lo juzgado por los magistrados nombrados por la misma.

En estas horas tan terribles que nos ha tocado vivir, desechar al sistema totalitario es un imperativo inexorable. En tal sentido, este año 2018 está siendo testigo de la reunión de los elementos que pueden dar pie a la conflagración que materialice a nuestros sueños libertarios. El abundante apoyo internacional, la proliferación de sanciones, el colapso económico y social de la nación nos abren las puertas hacia el tan anhelado cambio, pero los verdaderos adalides de la causa venezolana son tanto nuestro pueblo que no se rinde y el liderazgo consecuente. Tal como hay una gran ciudadanía honesta, hay toda una red de líderes patriotas. Estos últimos están en la Asamblea Nacional, los partidos políticos y los movimientos ciudadanos, y sobre sus hombros posará el direccionamiento de la transición que necesitamos. Creámoslo, los auténticos y los buenos son la mayoría, a pesar de que tanta sombra nos lo oculte.

@jrvizca