Juan Carlos Rubio Vizcarrondo: El sufrimiento venezolano

-Es realmente difícil y doloroso.

Eso es en todo lo que pienso cuando de veras pongo mi foco en nuestra situación actual. Un escenario que muy pocos, para no decir casi ninguno, creyó que podía llegar a este punto. Reflexionándolo, pregunto: ¿poseemos la capacidad de retención para enumerar a cada uno de los males que nos azotan? Tras lo cual respondo: imposible, es una labor herculina. Son demasiados los que acontecen en apenas un lapso de veinticuatro horas.

Escribo estas palabras más para ofrecer un bálsamo de comprensión, más para dar mi hombro para tantos que están tan cansados, que para dar una especulación técnica que tal como podría acertar, podría errar. Lo hago porque bajo la faceta del analista, en la mayoría de las ocasiones, uno siempre, en beneficio del estudio, trata de retirar la sangre, sudor y lágrimas de la vida diaria. Cosa la cual siempre equivaldrá a cierta distancia entre la crudeza de lo que se vive y las reflexiones prístinas que se sacan de ello.

En tal sentido, este artículo es uno para darse un instante para procesar el dolor que uno reprime a diario. Sé que está ahí en cada uno de los venezolanos, por cuanto no es fácil ser vejados por todos los costados, ni ser humillados por nuestro pasado, presente y futuro. Digo esto porque, en lo material, resistimos la mutilación que representa el empobrecimiento sostenido, la privación de lo fundamental y la ansiedad del sobrevivir, mientras que, en lo mental, aguantamos los embates de un ayer lleno de arrepentimientos, un hoy plagado por dudas y un mañana que pareciese haber sido clausurado.

El decaimiento anímico de la ciudadanía, esa depresión que nos tiene en ciclos pasivos-agresivos, está más que justificada. No es una malcriadez de los niños mimados de una nación petrolera, todo lo contrario, es una crisis existencial derivada de los peores de los horrores: ver que tanto el país como uno mismo se está tornando en un pobre despojo, una caricatura de lo que alguna vez fue respetable. ¿Cómo no sentirse así? El espíritu puede aguantar una mala pasada, un mal momento, pero ¿ser equivalido a lo peor de lo peor todo el tiempo? No tanto, no sin cargarse de rabia y resentimiento por lo mínimo.

Ahora bien, ¿qué hacer con tanta furia? Podemos pensar en manifestarnos, en pelear de nuevo. Eso es lo que nuestra dignidad nos reclama. Sin embargo, luego recordaremos que la lucha contra aquellos enquistados en el poder se mide en cadáveres y en las consecuencias catastróficas de liderazgos blandos. Es aquí donde nos preguntamos, ¿acaso realmente tenemos el poder para liberarnos de esto?

Tal pregunta es muy válida, capaz hasta la más válida de todas cuando se considera que en 2017 las Fuerzas Armadas nunca flaquearon en su sostenimiento del régimen, incluso después de meses de protestas y más de un centenar de muertes. Puesto en otras palabras, la respuesta a la referida interrogante, por lo menos en nuestros corazones, es que la tiranía tiene un componente armado dispuesto a matarnos en masa para mantenerse. Esto aunado con una dirigencia que hemos atestiguado como titubeante en los momentos claves, lleva a que nos preguntemos, y con razón, ¿acaso queremos ser carne de cañón?
Considerando lo tanto que nos han hecho, habría que ser un Dios para no estar debilitado y roto. Tuviese que serse algo más allá que humano para no estar en el estado que estamos hoy, una población atemorizada, paranoica, frustrada y desconfiada; pues pareciese que nos ha tocado vivir en una especie de infierno perfecto. Un Tártaro en que cada uno de los elementos nos juega en contra.

Así se siente. Así se sufre en Venezuela y hay que reconocerlo porque solo en la más absoluta aceptación es que pueden surgir nuevos bríos.

Además, recordemos algo. El padecer no es lo único que es humano, el perseverar y el sobreponerse también lo son. Todo lo dicho acá ha sido para ofrecer una voz amiga, no para encasquetarnos en una victimización sin fin. Se puede estar roto y vulnerado sin equivaler tal circunstancia a una condena inamovible. Seamos y veámonos como un carbón que está siendo sometido a la más alta temperatura del fuego, un carbón que culminará en el diamante cuya pureza brillará triunfante. Por lo tanto, no somos ni seremos, lo que los opresores tanto quieren hacer de nosotros. Seguiremos de pie, demostrando de qué estamos hechos los hijos de esta tierra, que renacerá de las cenizas más temprano que tarde.
@jrvizca