Luis Alberto Buttó: Política y crueldad

Luis Alberto Buttó @luisbutto3

 

Sin duda, la crueldad es un comportamiento aberrante. Quien la asume y practica como norma de vida no es más que un enfermo. Difícilmente puede considerársele mental y/o emocionalmente sano a quien deliberadamente encuentra satisfacción al causarle sufrimiento, dolor, tristeza o angustia a sus congéneres. La depravación de la persona cruel es infinitamente mayor cuando la acción con la que intencionalmente daña a otros es motivada por la insana necesidad de reafirmar frente a ellos la circunstancial condición de supremacía que detenta, sea cual sea la fuente o tipo de superioridad coyunturalmente alcanzada. La manifestación de crueldad se hace exponencial cuando el sufrimiento infligido es innecesario. El ensañamiento con la otredad siempre está de más. En síntesis, la concreción de todo acto signado por la crueldad desdice de la condición humana de quien lo piensa y/o ejecuta. Por esta razón, al así actuar, las personas crueles devienen en monstruosidad andante. Resumen en sí mismas lo inimaginable y espantoso de la maldad. Abyectos es el adjetivo que mejor les calza.

Todo lo que la crueldad subsume de condenable alcanza su punto de paroxismo cuando se despliega desde el poder político y caracteriza el ejercicio de éste. El asunto es que un elemento de capital importancia atraviesa como eje transversal la crueldad cuando esta es profesada por los gobernantes: la ilegalidad. Ningún régimen político consustanciado con la modernidad, es decir que no sea bárbaro, atrasado, primitivo, permite que la acción del funcionariado se distancie de lo estipulado en la ley. Ninguna legislación moderna establece la crueldad como mecanismo de castigo a faltas o delitos, sin olvidar que estos jamás deben estar definidos a capricho del gobernante y han probarse fehacientemente para que pueda activarse la sanción a lugar, en caso de que corresponda.

Por ello, cuando el gobernante incurre en crueldad, al mismo tiempo se empantana en la ilegalidad. Al ser cruel en el trato para con quien tiene a su cargo y/o a quien penaliza, el gobernante niega y mancilla la justicia, dado el caso que pervierte el verdadero sentido de esta. Sociedad sin consistencia como tal es aquella donde la justicia sirve para ventilar los odios y resentimientos del gobernante que se encuentra en permanente búsqueda de retorcida venganza. En estos casos, la justicia no existe. Lo que prevalece es la saña con la que se satisfacen los apetitos innobles generados por el inmoral usufructo del poder. Y aquí no hay retórica de por medio: la variable más indicada para medir la crueldad del gobernante la conforma el hecho de que éste imponga castigos no contemplados en la ley o expresamente prohibidos por ella. Burdo gamonal es quien con exceso, desmesura, desproporción y maldad en este sentido se comporta. Vergonzosa rémora cuya conducta está anclada en los tenebrosos tiempos del salvajismo. Gobernantes crueles jamás llegarán a ser futuro. Ni siquiera presente pueden ser. En sí mismos, representan lo peor de un pasado que sólo por estupidez, ignorancia, manipulación y terror se mantiene.

Hay afrentas imposibles de ser olvidadas. Como imposible es olvidar en el destierro los colores del paisaje que nos vio nacer.

Historiador
Universidad Simón Bolívar
@luisbutto3