Griselda Reyes: Con el corazón partido

La semana pasada me tocó vivir un episodio traumático, penoso, demasiado doloroso: despedir a Villca Fernández en el aeropuerto internacional de Maiquetía, rumbo a Perú, junto a su padre, el señor Fernandez.

Verlo partir de su tierra – contra su voluntad – y por órdenes de la írrita Asamblea Nacional Constituyente, me arrugó el corazón de tal manera que sentí que iba a caer allí mismo, sobre los mosaicos del piso de Cruz Diez, los mismos que adornan la principal terminal aérea del país y que se han convertido en ícono de quienes tomaron la dura decisión de emigrar de Venezuela por razones de necesidad.

Hoy confieso mi dolor, porque durante algún tiempo acompañé la lucha que desde las mazmorras del Sebin en El Helicoide de Caracas, libraba Villca para sostenerse en pie, pues tantos meses confinados en tan escasos metros cuadrados, desarrollaron en él enfermedades perfectamente prevenibles, que al no ser tratadas a tiempo, pusieron su vida en riesgo.

Saber que hoy Villca Fernández está desterrado de Venezuela, pero con vida, me da cierto alivio. Sin embargo, pensar en los 315 seres humanos, hombres y mujeres, civiles y militares, que aún permanecen confinados en distintos centros de reclusión de todo el país por pensar distinto a quienes nos gobiernan, me tiene el corazón partido.

Cuando el pasado 24 de mayo, el Presidente de la República Nicolás Maduro anunció desde las instalaciones del CNE – adonde acudió para recibir las credenciales que lo acreditaron como mandatario reelecto en los comicios del 20 de mayo –, la liberación de opositores acusados de violencia política, presos por hechos suscitados durante los años 2014, 2015, 2016 y 2017, con el fin de favorecer la reconciliación del país, sentí un vuelco en el corazón porque creí que desde las esferas del poder se iba a practicar el perdón.

La alegría de saber que todos ellos se iban a reencontrar con sus familiares, madres, padres, esposos, esposas, hijos, sobrinos y tíos, encendió un rayito de luz en mi corazón creyendo que, finalmente, nuestros gobernantes habían entendido que nadie es dueño de la verdad absoluta, porque cada quien tiene su verdad y como tal debe ser respetada y valorada.

“Hay un conjunto de personas detenidas a causa de haber cometido delitos de violencia política y yo quiero que esas personas salgan en libertad y se les dé una oportunidad”, dijo entonces Maduro. Si yo sentí lo que sentí, imagínense todo lo que pasó por las cabezas de los familiares de los presos políticos – algunos de ellos con más de 14 años tras las rejas por crímenes no cometidos –.

La Comisión de la Verdad, creada por la propia Constituyente para “superar las heridas” que dejaron las protestas de esos años tan duros para todos los venezolanos, apenas decidió favorecer a menos de 100 presos con medidas de excarcelación, pero con un montón de restricciones violatorias de sus derechos fundamentales.

Cuando la alegría comenzó a reflejarse en los rostros de muchos familiares, volvió el shock al saber que entre los liberados no estaban todos los detenidos por razones políticas, sino presos comunes, convictos y confesos de delitos como estafa, robos, hurtos, agresiones, porte de armas y pare de contar.

La “reconciliación” solo alcanzó para 62 personas, entre ellos un militar, tres diputados, dos exalcaldes, nueve estudiantes universitarios, tres alumnos de educación media y 10 mujeres. De ese total, 37 estaban recluidos en El Helicoide – Sebin, 10 ya tenían una boleta de liberación firmada por un juez y 5 ya estaban bajo arresto domiciliario.

Un engaño más que arrojó una nueva cerrazón sobre el ya ensombrecido corazón de Venezuela ¿Por qué la burla? ¿Por qué les cuesta tanto ceder? ¿Por qué no reconocer que se equivocaron y que apresaron a tanta gente inocente sin abrírsele siquiera un procedimiento justo? Son seres humanos, de carne y hueso que han sufrido terribles torturas físicas y psicológicas, por el simple hecho de querer un país distinto, por el deseo de que vivamos en libertad.

Esa política de “pacificación, reencuentro, reunificación y reconciliación” que anunció Maduro en cadena nacional de radio y televisión, quedó sólo en eso: en un simple mensaje que no se tradujo en lo que todos esperábamos.

¿Han pensado en todo lo que están viviendo los familiares y, por supuesto, los 351 presos de conciencia que aún están detenidos, algunos de ellos en aislamiento total?

Hablar de pacificación implica ceder y conceder espacios para quienes disienten; hablar de reencuentro y reunificación implica perdonar y dar una segunda oportunidad; hablar de reconciliación entraña tolerancia y respeto a quien piensa distinto a ti.

¿Hasta cuándo se va a alegar traición a la patria por querer una Venezuela libre? Traición a la patria es lo que ha hecho un grupo minúsculo de venezolanos que ha saqueado el erario público y se ha enriquecido de manera descarada, ostentando sin ningún prurito y a través de las redes sociales, bienes y lujos que el común de los mortales no logra obtener a pesar de tanto sacrificio y esfuerzo; traición a la patria es voltear la mirada y negar la crisis humanitaria que vive Venezuela y que ha cobrado vidas de inocentes a lo largo y ancho del territorio nacional: hombres, mujeres, niños y ancianos por igual; traición a la patria es permitir e incentivar que los connacionales huyan por millones de su propio país, porque aquí no encuentran las oportunidades de desarrollo y progreso.

Si a Nicolás Maduro no le parte el corazón lo que está ocurriendo en el país, apelo al corazón de la Primera Dama, Cilia Flores, quien es madre y debe conocer el dolor que se siente por un hijo caído en desgracia.

Cuesta entender, duele saber que hoy, mañana, pasado mañana y quién sabe cuántos días más, esas 315 personas van seguir allí, confinados en sus centros de reclusión, aislados del mundo entero, sufriendo torturas físicas y psicológicas, convirtiéndose en una cifra más de las iniquidades cometidas por el gobierno.

Señor Presidente Maduro, como mujer, madre y venezolana, le exijo cumpla su palabra empeñada. Si quiere reconciliación, reencuentro y pacificación, dé el primer paso y no se quede sólo en la excarcelación de tres lotes de seres humanos. Como quiera que las instituciones judiciales responden a sus designios, dictamine a la Comisión de la Verdad que ejecute la liberación de los 351 venezolanos que hoy claman JUSTICIA.

Si de verdad está decidido a instaurar la paz en el país, deje a un lado la paranoia de supuestos complot o magnicidios y céntrese en resolver los gravísimos problemas que hoy aquejan a los venezolanos. Hago mías las palabras que dijo la entonces presidenta de la ANC Delcy Rodríguez: “Que no nos separe más nunca el odio y la intolerancia”.

No permita que una familia se acueste nuevamente con el corazón partido. Apelo a su humanidad y exijo hoy que se haga justicia.

Lic. Griselda Reyes

@greyesq