Nicolás Maduro y la cultura política de la decadencia, por @MichVielleville

La estabilidad política en un sistema de gobierno democrático se encuentra estrechamente determinada por su nivel de cultura política, siendo ésta última el conjunto de valores y creencias que son asimiladas por la sociedad en general, y que establecen los patrones de conducta fundamentales, encargados de asegurar los lazos de solidaridad y de cooperación para garantizar la convivencia.

Esto significa que la cultura política representa, en términos generales, el conjunto de principios, y de concepciones, que condicionan la forma como los distintos actores políticos, económicos y sociales interactúan y se relacionan entre sí. Pudiendo ser considerada un elemento determinante y esencial para la identificación de los regímenes políticos de naturaleza democrática, frente aquellos que verdaderamente no lo son.

Básicamente, en un sistema de gobierno democrático las orientaciones y actitudes de naturaleza afectiva hacia las estructuras de poder, que constituyen el orden en el sistema político en general, estarán determinadas por los valores y las creencias que justifican el respeto a las instituciones y las autoridades, con base en la idea de la libertad e igualdad ante la ley, y el consenso popular. Mientras que en el sistema de gobierno autoritario la justificación de la obediencia política se sustentará en la noción de un derecho divino, conforme al cual sólo unos pocos serán los elegidos para presidir lugares de autoridad; a partir de lo cual se puede inferir que la desigualdad y la opresión serán sus más grandes pilares, como parte de una visión bastante retrógrada, pero que define el conjunto de principios, y de concepciones, que condicionan la forma como los distintos actores políticos, económicos y sociales interactúan y se relacionan entre sí.

Precisamente, el Gobierno de Nicolás Maduro se ha caracterizado por enfundar la cultura de manera bastante perniciosa, con importantes repercusiones en las interacciones cotidianas en el sistema político venezolano como una totalidad. La intolerancia y la represión contra quienes piensan de forma distinta a la clase política, asida con el monopolio de la violencia, representan los dos principales cimientos de un modelo político que asegura la obediencia a través del miedo y la manipulación mediática, antes que en el consenso y el respeto a los principios constitucionales.

En el régimen de Nicolás Maduro la no admisión de la discrepancia, como principal fuente de la pluralidad política, se ha transformado en el motor esencial del estilo de las acciones políticas emprendidas en la dinámica popular de su forma de gobernar. Los fundamentos de este esquema de dominación parecen apoyarse en una plataforma donde no existe la moderación, y se hace difícil desarrollar capacidades para llevar a cabo procesos de negociaciones.

En términos generales, se trata de una cultura política de la decadencia donde no hay garantías constitucionales, y en la cual el actor político que experimenta el fracaso repentino lo pierde todo, incluso sin optar a la posibilidad del reconocimiento al derecho de respeto a su integridad física. Entonces, como si se tratara de la época medieval, se pretende instaurar un esquema de dominación donde la sociedad se divida entre súbditos y señores, entre esclavos y amos.

El reto que tienen los sectores democráticos en el país, entonces, es de proporciones bastante considerables. Sólo un sistema educativo lo suficientemente enérgico, sano, y robusto; y una dirigencia verdaderamente autentica al frente de los procesos de toma de decisiones fundamentales, podrán servir de instrumentos para enfrentar esta decadencia hacia la cual los aparatos ideológicos del madurismo han intentado condenarnos.

La fortaleza democrática sólo podrá ser fruto del pensamiento crítico, forjado en los centros de estudio y potenciado por un liderazgo de convicciones democráticas realmente asimiladas. En el momento en que la sociedad pueda comprender la relevancia de estos elementos, definitivamente se podrá abandonar ese estado de aflicción, abriendo paso para la era del desarrollo y la modernización, desde donde finalmente pueda abonarse el terreno para promover el cambio político tan deseado por todos.