Venezolanos emprendedores, la otra cara de la migración

Venezolanos emprendedores, la otra cara de la migración

Fotografía cedida por el diario La Opinión, donde se observa una vista aérea del Puente Internacional Simón Bolívar mientras miles de ciudadanos venezolanos cruzan hacia Colombia hoy, viernes 9 de febrero de 2018, en Cúcuta (Colombia). EFE/Juan Pablo Cohen/La Opinión/SOLO USO EDITORIAL/NO VENTAS

 

Enriquecer, aportar, generar empleo, crecer, y superar cualquier dificultad son las estrategias que tienen en común los empresarios audaces, grandes, medianos o pequeños, que pasaron la frontera y hacen del área metropolitana de Cúcuta su casa, pero también el eje de su trabajo, reseñó La Opinión. 

Gino Barilani, Ileannie Guevara y su esposo, Iván Espinosa, además de Rogelio Pérez son solo algunos casos de venezolanos que aprendieron a sacarle ventaja a una crisis que los condujo hacia un mercado retador, en la frontera que divide sus países, porque todos tienen un vínculo con Colombia, el cual los hace anhelar más oportunidades para dejar algo de sí, aquí y allá.





 

Italiano, colombiano, con sangre de Barichara (Santander), venezolano, y viajero del mundo, Gino Barilani llegó hace tres años a Cúcuta.

Se dedica a “hacer restaurantes y buena cocina”, con una sonrisa permanente, derivada de la vida en la capital nortesantandereana, en el restaurante 1000 Miglia, y consolidando Mooo Bank.

“He sido muy bien recibido, me encanta esta ciudad”, afirma, luego de buscar “un sitio dónde hacer bases, y creo que Colombia tiene todo el potencial”.

Proveniente de San Cristóbal, se habituó a un entorno pequeño, que combina con su vocación de motociclista, que le huye al tráfico de las grandes ciudades. Allí, tiene 20 años de tradición con la marca que sirvió y atendió a comensales de esta región.

“Es mucho más fácil empezar cuando te conocen, cuando conocen tu marca, tu producto”, afirma. “Yo no abandoné mi casa; mi familia sigue estando ahí, a una hora, así que esa lejanía no se siente”.

Aunque la distancia es imperceptible, el contraste con el mercado sí fue un reto, pues los cucuteños lo empujaron a nuevas tendencias, en una zona resistente al cambio.

“Hacer empresa aquí es muy diferente que en Venezuela”, señala. “Aquí es mucho más competitivo, más laborioso, hay que ser más táctico, recurrir a otros métodos que desconocíamos en Venezuela, y creo que ese es un gran aprendizaje. Le agradezco a Colombia y a Cúcuta esta oportunidad de crecer y aprender”.

También considera que estar en donde se trabaja “por los pesitos”, por un costo de vida alto, obliga al empresario a ser recursivo e ingenioso.

Aun así, corregir “es más fácil aquí, cerca de casa, y tengo amigos y gente que me aprecia y me apoya”, mientras consolida la marca y llega al interior del país.

Hay oportunidades

Con su restaurante genera empleo a colombianos y venezolanos, en un porcentaje 70-30, priorizando la mano de obra local.

Es un convencido de que vale emprender en Cúcuta, pues “vamos a disfrutar de estos dos mundos. Este aprendizaje, este crecimiento, este reto, para Colombia será una gran experiencia”.

“No solamente yo creo en Cúcuta; hay infinidad de inversiones”, dice, pues “aunque no se tenga la esfera de cristal, si hay gente invirtiendo dinero, pasiones e ideas, por algo es”. Resalta el aporte de la inmigración en cultura, tendencias, estilos, como el museo que conjuga su afición por los autos, y las posibilidades de generar nuevos hábitos, para su caso, con una ruta de la excelencia gastronómica.

“Cada persona tiene su maleta, su experiencia y creo que es una gran oportunidad para el empresario local crecer en función de lo que traemos”, afirma. “Vengo a aportar, a sumar, no a quitarle nada a nadie. Ojalá se pueda ver de esa manera, y yo lo he recibido así”.

Llegar a un territorio nuevo es “volver a nacer” y por ello recomienda a los empresarios, y a quienes llegan, dejar “sus resabios” en la frontera.

“Venir con el casete en blanco, a empezar de nuevo, a entender y aceptar. Vengan todos, cabemos todos, pero haciéndolo bien”.Enriquecer, aportar, generar empleo, crecer, y superar cualquier dificultad son las estrategias que tienen en común los empresarios audaces, grandes, medianos o pequeños, que pasaron la frontera y hacen del área metropolitana de Cúcuta su casa, pero también el eje de su trabajo.

Gino Barilani, Ileannie Guevara y su esposo, Iván Espinosa, además de Rogelio Pérez son solo algunos casos de venezolanos que aprendieron a sacarle ventaja a una crisis que los condujo hacia un mercado retador, en la frontera que divide sus países, porque todos tienen un vínculo con Colombia, el cual los hace anhelar más oportunidades para dejar algo de sí, aquí y allá.

Italiano, colombiano, con sangre de Barichara (Santander), venezolano, y viajero del mundo, Gino Barilani llegó hace tres años a Cúcuta.

Se dedica a “hacer restaurantes y buena cocina”, con una sonrisa permanente, derivada de la vida en la capital nortesantandereana, en el restaurante 1000 Miglia, y consolidando Mooo Bank.

“He sido muy bien recibido, me encanta esta ciudad”, afirma, luego de buscar “un sitio dónde hacer bases, y creo que Colombia tiene todo el potencial”.

Proveniente de San Cristóbal, se habituó a un entorno pequeño, que combina con su vocación de motociclista, que le huye al tráfico de las grandes ciudades. Allí, tiene 20 años de tradición con la marca que sirvió y atendió a comensales de esta región.

“Es mucho más fácil empezar cuando te conocen, cuando conocen tu marca, tu producto”, afirma. “Yo no abandoné mi casa; mi familia sigue estando ahí, a una hora, así que esa lejanía no se siente”.

Aunque la distancia es imperceptible, el contraste con el mercado sí fue un reto, pues los cucuteños lo empujaron a nuevas tendencias, en una zona resistente al cambio.

“Hacer empresa aquí es muy diferente que en Venezuela”, señala. “Aquí es mucho más competitivo, más laborioso, hay que ser más táctico, recurrir a otros métodos que desconocíamos en Venezuela, y creo que ese es un gran aprendizaje. Le agradezco a Colombia y a Cúcuta esta oportunidad de crecer y aprender”.

También considera que estar en donde se trabaja “por los pesitos”, por un costo de vida alto, obliga al empresario a ser recursivo e ingenioso.

Aun así, corregir “es más fácil aquí, cerca de casa, y tengo amigos y gente que me aprecia y me apoya”, mientras consolida la marca y llega al interior del país.

Hay oportunidades

Con su restaurante genera empleo a colombianos y venezolanos, en un porcentaje 70-30, priorizando la mano de obra local.

Es un convencido de que vale emprender en Cúcuta, pues “vamos a disfrutar de estos dos mundos. Este aprendizaje, este crecimiento, este reto, para Colombia será una gran experiencia”.

“No solamente yo creo en Cúcuta; hay infinidad de inversiones”, dice, pues “aunque no se tenga la esfera de cristal, si hay gente invirtiendo dinero, pasiones e ideas, por algo es”. Resalta el aporte de la inmigración en cultura, tendencias, estilos, como el museo que conjuga su afición por los autos, y las posibilidades de generar nuevos hábitos, para su caso, con una ruta de la excelencia gastronómica.

“Cada persona tiene su maleta, su experiencia y creo que es una gran oportunidad para el empresario local crecer en función de lo que traemos”, afirma. “Vengo a aportar, a sumar, no a quitarle nada a nadie. Ojalá se pueda ver de esa manera, y yo lo he recibido así”.

Llegar a un territorio nuevo es “volver a nacer” y por ello recomienda a los empresarios, y a quienes llegan, dejar “sus resabios” en la frontera.

“Venir con el casete en blanco, a empezar de nuevo, a entender y aceptar. Vengan todos, cabemos todos, pero haciéndolo bien”.

Alice’s Toys

 

La pareja que conforman Ileannie Guevara, licenciada en idiomas, con mención en inglés, e Iván Espinosa, administrador de empresas, anhelaba un empleo en su área, pero la curiosidad los condujo a la elaboración de collares para mascotas.

Ella tiene una energía arrolladora; él, algo más tímido, se ocupa de números y el apoyo incondicional a su pareja, que tiene por taller una mesita en la fábrica de muebles de su suegro, Iván Espinosa, en La Parada (Villa del Rosario).

“Sí, yo soy la jefa”, asegura con una carcajada, mientras recuerda la llegada en febrero de este año, y evoca a Alice, la mascota desaparecida que dejaron a cargo de vecinos.

Por la gata, por una bolsa de basura con retal, y por las visitas permanentes a la casa de al lado, donde funciona un taller de marroquinería, aprende a fabricar, “dándonos martillazos, pero aquí vamos”.

“Mi suegro dijo: Hagan algo propio, y contamos con la colaboración del señor Marco Cardona, de la empresa Fashion Pel”, dice la inmigrante.

Mientras su esposo ayudaba con Excel, “yo me metía, y hacía preguntas. Un día le dije: Yo amo los animales. ¿Qué tal si fabrico collares para mascotas? Empecé a pegar una cosa con otra, y cuando el señor Iván vio esa motivación, me trajo cuero”.

Mejor, emprender

Aunque han pasado pocos meses, Guevara ya conoce procesos con el cuero vaqueta, y su pareja especialista en administración de empresas, recursos humanos, y competencias gerenciales, la ayuda.

“Siempre he creído en las capacidades de mi esposa”, dice. “Yo manejo la parte financiera; ella, el emprendimiento, la fuerza, la constancia, y estamos unificando los dos criterios”.

Así se concretó la primera venta: 93 mil pesos por once collares, y un buen producto “sin que el costo sea tan alto, porque si una persona gana un salario mínimo y quiere consentir a su mascota, no va a tener dinero”.

Creen que “un comercio justo” es posible, así como el anhelo de tener Alice’s Toys, en honor a la gata perdida.

“Estamos haciendo un pequeño inventario, un estudio de mercado básico, pero la meta es hacer que esto crezca”, dice Espinosa, quien planifica, verifica entrega, materiales, y cumplimiento.

Por estos días llamarán a su primera clienta para hacer mejoras, mientras trabajan en una pechera por encargo, “porque fuimos responsables con el pedido”.

Aunque hubo advertencias antes de llegar a Colombia, por la falta de trabajo y la xenofobia, “en tiempos de crisis hay quienes lloran y quienes se ponen a hacer pañuelos; nosotros decidimos hacer los pañuelos”.

“¿Por qué buscar cuando puedes crear y generar? No sé qué alcance tenga esto, espero que sea el máximo, y si no, lo intentamos”, dice la jefa, empecinada en forjar la microempresa, para la cual espera en unos meses incluir algún ayudante.

 

Rogelio Pérez empezó a enviar comida y medicinas hacia Venezuela como un favor a su familia, que pasó a ser Rocarke, mensajería y encomiendas, con seis venezolanos empleados, en Medellín y Bogotá.

El comienzo se dio cuando su hermana le pidió pañales para su hijo, y empezó a compartir el trabajo de Pérez en Whatsapp “porque allá se usa mucho eso”; en poco tiempo tenía un sinnúmero de clientes, con envíos hasta de 40 paquetes de pañales semanales, y en los últimos 10 meses no ha parado.

“Por supuesto, me trajo problemas con los funcionarios en Venezuela, que me llamaron para preguntar qué pasaba, pero ya me conocen y legalizado, las condiciones cambian”, relata. “Podemos enviar medicinas, alimentos, documentos, maletas, ropa, pero exclusivamente para venezolanos que están fuera del país”.

Los clientes le depositan el dinero para las compras que se envían todos los días.

“Tenemos el registro mercantil en ambos lados de la frontera, las conexiones con los transportes y todo sale autorizado por los funcionarios”.

En su mayoría, las medicinas llegan a personas con cáncer, diabetes, y tratamientos con diálisis, con un límite de 10 a 12 cajas, para tratamiento personal, con receta médica y copia de la cédula. Para el caso de los alimentos, se envían máximo 20 kilos.

Todos los productos son revisados por la Guardia Nacional Bolivariana, situación que se advierte a los clientes, así como los posibles inconvenientes por falta de combustible, llantas, y repuestos en Venezuela, que retrasan el trabajo, como ya ocurrió con un camión que se varó dos días.

‘Abrir el corazón’

Aunque su emprendimiento fue casual, como dice su lema: No se trata solo de un envío: se trata de salvar una vida.

“Me gusta lo que hacemos, porque ayudamos a los venezolanos que tienen mucha necesidad”, dice. “Siempre la intención fue ayudar, desde el principio”.

Conformar la empresa “no fue tan difícil en la parte jurídica”, y cuando se generó confianza “fue un boom”, con clientes en Ecuador, Perú, Chile, Estados Unidos, y hasta Suiza.

Adaptarse a la ciudad tampoco fue sencillo, e incluso hace poco ocurrió un episodio homofóbico con su hija, cuando fue escogida para izar bandera “y los papás colombianos protestaron… Fue una escena difícil, aunque la niña no se dio cuenta”.

También intentaron traer una marca de ropa y accesorios para niña, pero tras maletear centros comerciales, su acento era rechazado, al igual que los productos.

Pese a ello, dice que emprender es posible, teniendo en cuenta un consejo: “les digo a los paisanos que deben venir con el corazón abierto para poder adaptarse a otro país”, como en su momento les ocurrió a los colombianos, a quienes pide no olvidar la historia.

“Mi papá era colombiano y yo lo vi”, afirma. “El venezolano viene con un problema que no es nuestro. Salimos por necesidad, y les pedimos a los colombianos que abran su corazón. Somos más los que venimos a trabajar”.