María Corina Machado: Entre la injusticia y la polémica, Por Gisela Kozak

 

María Corina Machado, importantísima líder de la oposición venezolana, no es solo la mujer más sobresaliente de la muy masculina política de mi país, sino una figura controvertida que causa admiración y odio en partes iguales entre opositores y lo que queda del oficialismo. De cara al mundo internacional es muy respetada tanto como incomprendida, al ser colocada dentro de esos estrechos esquemas izquierda–derecha que pueden llegar a ensombrecer las luchas por sociedades más libres y justas en el mundo.

Por Gisela Kozak @giselakozak

Como demócrata, feminista y activista por los derechos LGBT lo digo sin reservas: durante mucho tiempo se le dio la espalda a nuestra lucha por la democracia en Venezuela. Por fortuna, esta situación ha cambiado pero han sido Mauricio Macri, Sebastián Piñera, Iván Duque o Álvaro Uribe, que causan antipatía en la izquierda autoritaria y en la democrática, quienes han respaldado a la oposición venezolana desde hace años. La displicencia de Lula, la discreción de Andrés Manuel López Obrador, las críticas obligadas por las circunstancias de Gustavo Petro, y la tardía, aunque bienvenida, postura de Michelle Bachelet respecto a Nicolás Maduro, hablan de una cautela excesiva que pareciera obedecer a muy cuestionables esquemas ideológicos. Por principio, es inaceptable que las tragedias como las de mi país sean vistas exclusivamente en función de intereses de corto alcance. Es inaceptable también que la propia Machado sea juzgada desde esta perspectiva, sobre todo cuando corre peligro en tanto víctima de una injusticia incalificable de la revolución bolivariana.

En este momento se le imputa urdir una conspiración magnicida, acusación una y otra vez esgrimida contra los adversarios políticos a lo largo de la larga noche roja de la revolución bolivariana. No basta por lo visto haberla despojado de su cargo de diputada –obtenido con la más alta votación registrada por candidato alguno a este cargo–, a través de la misma “justicia” que encarceló sin razón a Leopoldo López, otro líder democrático clave. No bastan las golpizas de las que ha sido objeto, la persecución de su familia, el espionaje gubernamental. Tiene prohibida la salida del país, es estrechamente vigilada y, para colmo, su figura es vista de reojo por líderes de gran relevancia dentro de las otrora exitosa la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), coalición de centro-izquierda que obtuvo la mayoría parlamentaria calificada en 2015 pero no pudo defenderla del voraz autoritarismo madurista, basado en el poder militar y en instituciones tomadas por el partido en el poder.

Dentro de Venezuela se le reconoce una inteligencia, visión y preparación superior a la de otros pares opositores aspirantes a la presidencia del país posrevolucionario, como Henrique Capriles Radonski, Henri Falcón, Manuel Rosales, Pablo Pérez. Dice lo que piensa y actúa en consecuencia. De hecho, la exdiputada fue capaz de llamar ladrón a Hugo Chávez en su cara en una sesión de la Asamblea Nacional y ha descrito con meridiana claridad al régimen actual de Venezuela: una tiranía neocomunista vinculada con el narcotráfico. Así mismo, ha denunciado que el diálogo y el sufragio son tácticas dilatorias del gobierno, en lo cual el tiempo no ha hecho otra cosa que darle la razón pues Nicolás Maduro y su camarilla han demostrado su talante autoritario sin el menor pudor y han convertido el diálogo y las justas electorales, armas democráticas por excelencia, en maniobras para atornillarse en el poder. Como alternativa, Machado, desde el año 2014, ha apelado a la protesta popular organizada, a lo que queda de conciencia institucional en las fuerzas armadas –que cuenta con víctimas de la persecución y las purgas maduristas–, a la presión internacional e, incluso, a una intervención militar extranjera ante la indudable crisis humanitaria de Venezuela. Tales posturas han sido consideradas atentados a la unidad opositora y muestras de un talante entre indócil y derechista que causa alarma en un país que oscila entre la izquierda autoritaria y la socialdemocracia.

Ya desde los tiempos de su aparición en SÚMATE, una organización orientada a facilitar la participación ciudadana y a supervisar procesos electorales, María Corina Machado causaba admiración por su solvencia técnica pero molestaba por acciones tan polémicas como reunirse con George W. Bush en la Casa Blanca. Recuerdo mi propia incomodidad al respecto hace muchos años pues me pareció –y me parece– que se nos colocaba en una dinámica Fidel Castro vs. Bush que le hacía el juego al gobierno, tan presto a exhibir siempre su antimperialismo de feria y a denunciar una invasión estadounidense próxima. Este paso sería suficiente para condenarla, dada la antipatía hacia Estados Unidos y la grima hacia los republicanos, pero actuar de este modo es desconocer la desesperada coyuntura de la oposición democrática venezolana, sometida, como indiqué anteriormente, a lapidarios juicios ideológicos provenientes de las dinámicas internacionales. Además, la misma gente que calla ante la intervención cubana, rusa y china en Venezuela, hace el ridículo al rasgarse las vestiduras por una reunión sin consecuencias con un presidente estadounidense. Igualmente, quienes ven con buenos ojos o callan ante la intervención rusa en Siria, poca moral tienen para condenar a Machado por una petición de intervención internacional para resolver la crisis humanitaria venezolana. Desconfío de las intervenciones armadas extranjeras, pero, ante la devastación de Venezuela, cabría preguntarse por los límites de la soberanía nacional, bajo cuyo manto se crea un dispositivo de muerte tan eficaz como el de la revolución bolivariana, semejante a la revolución cultural china o al espíritu antimoderno de Pol Pot, el genocida camboyano.

La exdiputada tiene el valor moral de decir la verdad y una valentía a toda prueba pero su espíritu inclinado a la audacia y a la ruptura le gana críticas dentro de la propia oposición, por no hablar del odio visceral que despierta entre chavistas-maduristas. Hay además un hecho incontrovertible: su partido VENTE VENEZUELA no ha logrado éxitos electorales relevantes en comparación con Primero Justicia, Voluntad Popular, Un Nuevo Tiempo o Acción Democrática. Se trata de una organización pequeña que gira alrededor de su fundadora aunque cuenta con gente de indudable valía. Pero más allá de estas circunstancias, María Corina Machado es víctima de una injusticia tremenda, y esta injusticia debe conmover a todos los demócratas fuera y dentro del país más allá del signo ideológico.

Sus enemigos en el gobierno la acusan de fascista, apelativo que el gobierno le endilga a todo el que se le oponga; sus adversarios en la oposición de derechista. Lo único cierto es que María Corina Machado es una demócrata liberal, lo cual despierta grandes suspicacias en un país rentista, cuya política social más exitosa y recordada ha sido la de repartir las divisas obtenidas por la venta de petróleo mientras los precios son favorables. Acusar a los liberales de derechistas –conservadores– cuando desde el siglo XIX lucharon por sociedades abiertas, por los derechos de las personas y por el imperio de la razón frente a la religión, es injusto pero funciona; se olvida que figuras como Augusto Pinochet practicaron políticas económicas pragmáticas pero fueron extremadamente conservadores en materia política, social y moral. Liberalismo económico se confunde pues con liberalismo político y, desde luego, con neoliberalismo. Dejando al lado este debate, Machado concuerda con las luchas por los derechos humanos, la equidad de género, el estado laico, el cuido del ambiente y la igualdad ante la ley de las minorías discriminadas por orientación sexual. Simplemente, se inclina por mercados abiertos, por las libertades individuales y por subrayar el papel de la libre iniciativa empresarial (pequeña, mediana, grande) en la lucha contra la pobreza, lo cual es confundido con inclinaciones plutocráticas y la eliminación de toda política social. Quien se acerque a su plataforma programática podrá darse cuenta que no es así pero la política está constituida también por emoción y percepciones: mujer, de origen acomodado, blanca, elegante, ilustrada, suena a elites insensibles, inconstancia femenina y privilegios de casta. Se olvida que si quisiera Machado podría vivir cómodamente en cualquier parte del mundo o asilarse en un país extranjero; en lugar de esto, anda por las calles de todo el país, habla, se arriesga, denuncia. Ciertamente, sus posiciones de principio no la han llevado al éxito pues Maduro sigue en el poder; pero, lamentablemente, tampoco el diálogo y las elecciones han instaurado la democracia en mi país.

Cada persona que lucha por sociedades abiertas, plurales, justas y libres merece respeto aunque no comulgue con nuestra política o ideología. Los demócratas de izquierda –y aquí apelo especialmente a las mujeres de este signo político– no pueden callar ante la tragedia venezolana y ante la injusticia de la que es víctima María Corina Machado, quien día por día da la pelea por los humillados y ofendidos a manos de una tiranía espantosa. Para las luchas ideológicas siempre sobra tiempo; para combatir dictaduras y tiranías, todo el tiempo del mundo es insuficiente.


 

Gisela Kozak Rovero es escritora y académica venezolana. Fue profesora asociada de la Escuela de Letras, de la Maestría en Estudios Literarios y de la Maestría en Gestión y Políticas Culturales en la Universidad Central de Venezuela. Actualmente residenciada en México. Su libro más reciente es el ensayo “Ni tan chéveres ni tan iguales”.