Partidos y legitimación interna: Buscando la confianza, por Justo Mendoza

Justo Mendoza

 

Es necesario en nuestros partidos democráticos considerar la visión y el propósito del partido -y el desarrollo de tal misión- en un marco doctrinal, en términos organizativos y funcionales, asi como en lo referido al cuerpo propositivo, con objetivos dinamizadores.

Lo señalado hay que discutirlo en las reuniones y asambleas partidistas (que deben renacer) y formularlo como plan pero sobre todo implementarlo, ponerlo en práctica prioritariamente con activismo, con tareas. En cuanto al activismo hay que interpretarlo más allá de la pura acción física o propagandística dentro de un marco de desarrollo organizativo, acompañamiento social  y formación política y cívica.

Hagamos lo que tengamos que hacer: uno, lo anterior convertido en programa y hoja estratégica de ruta; otro, darle cancha a la participación militante a lo interno de AP.

El tema de la participación militante (y de adherentes y amigos en general) en el activismo político y en la formulación de las líneas políticas pasa obligatoriamente por la necesidad de la legitimidad interna en las organizaciones políticas democráticas (y no tan democráticas como el PSUV) ¿Por qué? Porque la legitimidad interna es un factor de gobernabilidad partidista que estimula la participación, eleva la capacidad de la organización para acometer con éxito y disciplina las decisiones políticas, genera un proceso de reproducción de lealtades internas de calidad, y sobre todo acrecienta la confianza de directivos, militantes y adherentes en el partido como espacio de crecimiento y realización de aspiraciones y planes de poder y solución de problemas. Si no hay legitimidad interna para dar posibilidades de que cada quien y todos cumplan su propósito de sentirse miembro activo del partido no habrá crecimiento.

Los dirigentes alineados a procesos de cooptación (procesos que se han degradado al personalismo, al caudillismo “tapa amarilla” sin pueblo, con intereses crematísticos y clientelares tras sí) esgrimen un abanico de argumentos para negar o boicotear en sus partidos la formulación de políticas internas para la legitimación de autoridades y democratización de liderazgos; argumentos que van desde el peligro de despojo por parte del régimen madurista de la identidad del partido hasta aspectos financieros o meramente administrativos o de conveniencia. Sin que haya un poco de razón dichos argumentos no satisfacen dos aspectos importantes que surgen como precondiciones para la sustentabilidad de un partido en Venezuela: uno, la lucha contra el régimen autoritario de Maduro exige dirigentes confiables y con representatividad (más que representación) de tal manera que sus partidos y propuestas sean dignas de atención de un electorado y pueblo en general que vive el más alto desencanto con la clase política opositora. Y dos, la gente -los ciudadanos- están a la espera (desesperante o resignada) de un planteamiento ético político de reconstrucción nacional que tenga la fuerza regenerativa para levantar una república que se cae a pedazos y cuya causa profunda es la corrupción, el abandono (cuando no traición) a los valores de la civilidad y la decencia cívica como del respeto a las leyes y a nuestra cultura democrática. La gente espera por esa vocería.

En lo meramente partidista (que no excluye la afectación que  hace a la sociedad civil, harto demostrada) la visión partidista hoy en Venezuela reclama atenderse a lo interno para lograr la legitimación postergada y recuperar la confianza nacional.

Justo Mendoza