Venezolanos se suman a la labor de la Iglesia para ayudar a migrantes en Cúcuta

Foto archivoREUTERS/Carlos Eduardo Ramirez

 

La llegada permanente de venezolanos en busca de alimento a la Casa de Paso Divina Providencia, en La Parada (Villa del Rosario) no solo es la oportunidad para que se calme el vacío de cientos de estómagos; también es motivo para que voluntarios del país vecino den de comer a los hambrientos y formen parte esencial de este festín de solidaridad, publica La Opinión.

Hernando Villamizar por ejemplo, participa como voluntario  desde hace seis meses, con la misión de servir y entregar un plato con alguna de las variadas preparaciones que se entregan en el gran comedor que a diario acoge unas 2.500 personas.

Entre prójimos se entienden, y entre acentos se acercan un poco más, según cuenta Villamizar para quien “es una bendición cuando le das un plato de comida a un hermano y esa persona te dice: Dios te bendiga. Para uno eso es hermosísimo, es una gracia especial”.

“Ellos le conocen el acento a uno, y se dan cuenta de que no solo los colombianos les tienden la mano, sino que algunos venezolanos pasamos la frontera, calándonos la colita del puente, pero con mucho gusto y rezando el santo rosario, para que ellos tengan algo de comida, gracias a la iglesia católica colombiana”, afirma.

Entre acomodar sillas y mesas, limpiar mesones, cargar leña, barrer el lugar, lavar, picar habichuela, zanahoria, tomate, o cebolla larga para el menú que se prepara en las enormes ollas, Villamizar afirma que ganan más de lo que dan voluntariamente.

“Venimos a dar y resulta que lo que hacemos es recibir, a través de esos hermanos que nos bendicen”.

Así le ocurre desde el 20 de enero de este año, cuando el grupo de apostolado de la Legión de María fue invitado por el párroco Reinaldo Contreras, de la basílica menor de San Antonio del Táchira, y no deja de asistir a los suyos, tres veces por semana.

“Es Cristo quien sirve y no mira ninguna diferencia”, afirma quien fue docente universitario, pero cuya vocación derivada del seminario sigue intacta.

De hecho, pretende culminar sus días como sacerdote, para lo cual requiere dos años más de estudios de teología, y su decisión se confirma con la misión que realiza.

En la mañana, antes del desayuno, se lee la palabra y hacemos predicación”, mientras los migrantes reciben un mensaje: “tú no estás solo, hermano migrante; te pueden haber abandonado, excluido, apartado, pero tú nunca estás solo”.

Lecciones y encuentros

En este lado de la frontera se aprenden lecciones, en especial cuando se trata de ayudar a otros con mayores dificultades.

“Una vez tuve que darle de comer a un niño cuadrapléjico y eso llega al corazón”, dice. “También vi a una señora con una niña con síndrome de Down y veía en esa niña tanta alegría porque estaba comiendo, que no la he visto en las personas que no tenemos el síndrome. La abuelita le daba de comer y ella comía con qué gusto, y a veces nosotros como que no agradecemos ese platico de comida”.

Algo similar le ocurre a Édgar Barrera, voluntario de San Antonio del Táchira, quien acude por parte del grupo Emaús, de la iglesia Sagrada Familia, y en desarrollo de sus tareas se ha topado hasta con vecinos.

“Muchos amigos que conozco de San Antonio, y me da nostalgia verlos pidiendo un plato de comida… Alabado sea el señor, gracias a esta casa tienen una bendición”, dice.

 

La Opinión