Cuatro de Agosto: ¿Terrorismo, Insurrección o Estupidez?, por Juan Carlos Rubio Vizcarrondo

En el más reciente episodio de la pesadilla tropical orwelliana que hoy tenemos por patria los venezolanos pudimos disfrutar de la humillación de quienes nos oprimen. El cuatro de agosto se presenció, dependiendo de a quién se le escuche, lo más cercano a un intento de homicidio contra el usurpador que hoy por hoy se hace llamar Presidente. Se escucharon estruendos, se vio a un conglomerado de soldados famélicos huir ante la primera señal de peligro y, no muy detrás de ellos y una vez concluida la cadena nacional, se observó al mismísimo caballo blanco de Bolívar huir en la misma dirección. Todo ello fue poético, irónico y, sobre lo demás, tragicómico, pero ¿qué podemos concluir de tal situación?

Lo primero que debemos puntualizar para aproximarnos al asunto es el nivel de opacidad con que se manejan los hechos noticiosos en Venezuela. En tal sentido, resulta notorio para nosotros que el régimen miente compulsivamente, corta el acceso a la prensa al sitio de los sucesos e implanta su propia narrativa. Aunado a esto, la referida labor es complementada por un conjunto de medios de comunicación que se censuran y que, en vez de investigar, se dedican a transmitir programas de cocina. Por tal razón, la adquisición de la verdad en el país, en términos objetivos, es una labor heroica que se ejecuta entre la confusión y la manipulación.

Además de lo discutido en el párrafo anterior, tenemos en segundo lugar a la predisposición hacia la paranoia de los venezolanos. Después de veinte años de mentiras, infiltraciones cubanas, cadenas de WhatsApp y chismes de pasillo, nosotros nos perdemos continuamente entre la idea de que el régimen es invulnerable y la posibilidad de que realmente no lo sea. Esta contradicción, resultante de la guerra sin cuartel sobre nuestras mentes a base de intimidación y propaganda, nos lleva a una desconfianza absoluta. Por un lado, atestiguamos el colapso sistémico del país pero, por el otro, no consideramos que la caída del sistema oprobioso sea posible. Puesto de otra manera, como lo he mencionado en otros artículos, en ocasiones juramos que la dictadura lo controla todo, por lo que cada cosa está planificada (¿recuerdan cómo Óscar Pérez fue tildado de pote de humo?), y en otras, la nación se percibe como sumida en el caos y el descontrol.

Teniendo en cuenta las consideraciones mencionadas es que podemos, sin perdernos en el ruido y la ansiedad, vislumbrar sobre la base de la información disponible un total de tres narrativas en cuanto a los acontecimientos del cuatro de agosto:

1. La narrativa gubernamental o el terrorismo de la invasión de de los drones. En esta relación de los eventos, la más dudosa de todas por sus orígenes, lo que tenemos es que una célula terrorista tenía como plan volar a pedazos al palco presidencial vía unos drones cargados con explosivo plástico (C-4). Éstos habrían sido los que explotaron en un apartamento aledaño y en el aire en plena Avenida Bolívar, respectivamente. El problema con esta historia yace en el mismo explosivo que se alegó haber utilizado (el C-4), pues de haber estado presentes en cada drone un kilo del mismo, los daños hubiesen sido muchísimos más grandes y traumáticos. Estamos hablando acá de un explosivo que con apenas veintiocho gramos puede abrir un agujero en concreto, entonces imagínense lo que un kilo (el equivalente a mil gramos) puede hacer.

2. La narrativa de “Operación Fénix” o la insurrección ante un régimen ilegitimo. En esta relación de los eventos, el ataque sí es real y fue coordinado por el referido movimiento. Estos nos indicaría la existencia de grupos armados adversos al régimen en el país, hecho que no puede descartarse automáticamente por nuestros prejuicios (nuevamente, recordemos a Óscar Pérez, hoy fallecido).

3. La narrativa de la estupidez e ineptitud revolucionaria. Esta relación de los eventos, la más graciosa de ser cierta, es una en que se revela el nerviosismo con el cual nuestros opresores viven. En este caso lo que habría ocurrido es que, por accidente, la cocina de un apartamento aledaño explotó, cosa que a su vez causó que uno de los francotiradores del régimen le disparara a un drone de Venezolana de Televisión, haciéndolo explotar en el aire.

En lo personal me siento inclinado a pensar que hay circunstancias en que las respuestas no yacen tanto en la malicia, sino en la ignorancia. Por tal razón, me resultaría increíblemente gracioso que la narrativa verdadera fuera la de la estupidez revolucionaria. Sin embargo, vivimos en Venezuela, por lo que nada puede ser descartado.

Entre las tesis propuestas hallo difícil convencerme de que haya sido un show adrede del régimen para victimizarse. Salvo que el mismo haya sido para poner a una cantidad de figuras claves de la oposición en las mazmorras, no veo en lo internacional o lo doméstico cómo el suceso del cuatro de agosto pudo haber servido para algo. La dictadura se vio patética. El sostén de la misma, la Fuerza Armada Nacional, se mostró mal preparada para el combate y sin disposición alguna de inmolarse por la Revolución Bolivariana. Las naciones civilizadas a duras penas soltaron un bostezo por lo acontecido. De haber sido un espectáculo, quedó en solo eso, un espectáculo burdo.

Debo insistir que no debemos ignorar que tal como el ochenta por ciento de la población civil detesta al régimen y está hambriento por una solución, lo mismo debe reflejarse en el resto de la sociedad y eso incluye a los componentes armados en Venezuela, lo que es decir, policías y militares.

Sea como sea, el cuatro de agosto nos enseñó una cúpula decadente que se ha tornado cada vez más débil por rodearse de comodidades. Inclusive con tanta propaganda que los ha pintado a ellos como invencibles y gigantes, la verdad subyacente es que se sienten solos, desconfiados y se la viven pensando en quiénes son los que van a ir por ellos. Esto no debe sorprendernos, porque ese es el destino de los tiranos pasados, presentes y futuros.

@jrvizca