Luis Alberto Buttó: Imágenes y olvido

Luis Alberto Buttó @luisbutto3

En algún momento de la vida, para bien o para mal, cada quien llega a tener incrustada en la mente una o varias de esas imágenes de las que se dice “por más que trato, no puedo borrarla”. Circunstancia estrictamente personal, se sabrá qué hacer frente a la persistencia del recuerdo particular y del impacto que éste haya generado. El trance se superará o no, se vivirá o no con ello, en función del proceso que toque enfrentar y según propias fortalezas o debilidades. En términos colectivos, el asunto es distinto. Hoy día, se atraviesan tiempos donde, velozmente, infinidad de imágenes se suceden una tras de otra, con la finalidad de que la que vaya apareciendo difumine el recuerdo de las anteriores. Vertiginoso tiovivo de instantáneas y vídeos destinados a que con la sobreabundancia del momento, no haya, precisamente, momento alguno que fijar. Desmemoriada en la práctica, la gente va de un clic a otro. Al final del día, sólo olvido masivo en torno a lo que nunca llegó a recordarse, galimatías de por medio.

Frente a ello, es necesario rebelarse. La vaciedad y la fatuidad contravienen el aprendizaje necesario y aprender es obligación inexcusable. Es imposible que una sociedad transite el camino hacia su propia superación si se ancla en la estupidez, complicidad o irresponsabilidad de no cultivar el recuerdo aleccionador de los horrores que ha vivido. El sufrimiento, la vejación, la humillación, el escarnio de una persona, no lo es de ese alguien en particular. Lo es de todos los que con ella comparten espacio y tiempo. Al final de cuentas, nadie está exento de experimentar similar situación aciaga. En todo caso, aunque no lo sufra en carne propia, el que tiene noticia del dolor atravesado por sus congéneres está en la obligación de denunciarlo, repudiarlo, indignarse frente al hecho. Es imposible olvidar que por encima de cualesquiera diferencias la condición humana se comparte. La ausencia de solidaridad desdice del hombre y lo coloca cerca de la bestialidad. Cubre de vergüenza el silencio que se guarda, el rostro que se voltea buscando mirar a otro lado para no darse por enterado de la ignominia.

La repulsa debe ser mayor cuando se está frente a un acto desmedido de crueldad. La crueldad en el trato con el otro, en especial cuando el otro está sometido, alerta que los monstruos no son protagonistas de fábulas infantiles. Visten y calzan como cualquiera de sus “semejantes” y a veces ocupan circunstanciales posiciones de poder, sólo para que con su comportamiento pueda entenderse a cabalidad toda la fuerza inimaginable que acumula y despliega la maldad. La crueldad daña innecesariamente a quien la recibe y revela cuánta abyección cabe en el alma de quien la practica. Por serlo, el sometido a tratos crueles no pierde su condición humana. Al contrario, el suplicio termina engrandeciéndolo. Por hacerlo, el que recurre a la crueldad deja en claro la nada humanidad que desde siempre anidó en su alma. El retrato revela todo cuanto es posible y perentorio revelar. Por eso, en la memoria colectiva hay imágenes cuyo olvido es lo contrario al compromiso. Si lo atroz se olvida, pierde sentido el desiderátum “nunca más”.

Para quien se hunde en la iniquidad, la advertencia del florentino inmortal: …”tras vuestros daños vendrá el llanto originado por un justo castigo”…

Historiador
Universidad Simón Bolívar
@luisbutto3