Requesens y la derrota del régimen, por Paola de Alemán

Requesens y la derrota del régimen, por Paola de Alemán

 

El martes siete de agosto el Diputado Juan Requesens intervino en la sesión ordinaria de la Asamblea Nacional. Le correspondió condenar la persecución del Diputado José Manuel Olivares y su familia. Desde la tribuna de oradores logró encarnar el espíritu que reina en nuestro país. Frases como: “Yo me niego a rendirme”, “Me niego a arrodillarme frente a quienes quieren quebrarnos” y “No podemos acostumbrarnos a vivir en una Venezuela que se carcome”, dieron cuenta de un discurso que apuntó a lo más profundo y transcendente de nuestra lucha.

Sus palabras, y el terrible destino que se desató horas más tarde, me recordaron el talante de la lucha anticomunista que se libró en Europa del Este en el S.XX. Los discursos de Vaclav Havel, Mart Laar, Lech Walesa, Milada Horáková y Aleksandr Solzhenitsyn, por mencionar algunos, acuden a la dimensión existencial de la política. La coincidencia no es azarosa; se trata de un acto reflejo del alma del político cuando enfrenta a un poder que pretende hacerse total y busca dominar el ser y el quehacer de la persona.

La intervención duró cerca de 15 minutos y cada palabra, cada silencio y cada gesto expresaron la indignación que en este momento me sobrecoge y nos inunda. La frase “No podemos acostumbrarnos a vivir en una Venezuela que se carcome” trajo a mi memoria un extracto del famoso discurso “La República que yo sueño”, de Vaclav Havel. El primer presidente de la República Checa después de la dictadura comunista señaló: “Todos nos habíamos acostumbrado al sistema totalitario, lo habíamos aceptado como un hecho inalterable…”. El llamado de Juan a retorcernos ante la injusticia es una invitación a la lucha democrática. Es un importante recordatorio: ¡No merecemos vivir así! ¡No nos podemos habituar a la humillación! ¡No podemos convertir el caos en un hecho cotidiano! Juan nos instó a resistir –“yo no me rindo”- y nos convocó a seguir el rumbo, a unir esfuerzos y a encontrar caminos de libertad para Venezuela.

Las reacciones frente a su secuestro y a las torturas que ha sufrido han despertado gestos de solidaridad que evidencian que el régimen no nos ha vencido. El testimonio firme y valiente de su familia, la solidaridad espontánea de la sociedad entera, el acompañamiento de las distintas toldas políticas, el silencio de voces afines al régimen y la condena de la comunidad internacional, muestran que la dictadura se hunde en su miseria mientras nosotros luchamos por hacernos grandes en el dolor. Vuelvo a Havel: “Estos últimos tiempos han develado el enorme potencial espiritual, moral y humano, así como la cultura cívica, que estaban dormidos en nuestra sociedad bajo la máscara impuesta de la apatía”. Sucede que el sufrimiento de Juan ha evidenciado que nosotros aún nos indignamos, sufrimos ira y lloramos. No estamos dormidos y eso, es una buena noticia.

En ocasiones San Juan Pablo II se refirió a la “gran madurez moral de los países que han sobrevivido al comunismo”. Desde que me enteré del secuestro de Juan he vuelto recurrentemente a esa frase y, aunque entiendo que el crecimiento es fruto del dolor, me llena de esperanza. La dictadura de Nicolás Maduro llegará a su fin. Con mucho esfuerzo reconstruiremos el país. La Venezuela que nacerá después del comunismo sabrá valorar la conquista democrática y rendirá honores a quienes vivieron en primera persona el horror de la dictadura. Al pasar de los años, permanecerán los parques, las bibliotecas y los monumentos que nos recordarán el precio de la libertad. Ese será nuestro mayor triunfo, condenar al olvido la barbarie y hacer prevalecer los testimonios de valentía y de bondad. Querido Goico, yo tampoco me rindo. Nos vemos en libertad.

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