Cruzar la frontera en un mar de vicisitudes

 Así sea toda una aventura llena de muchos avatares, para muchos venezolanos cruzar la frontera representa toda una necesidad o el paso necesario para labrarse otro futuro. REUTERS/Luisa Gonzalez

 

 

Ir a Cúcuta es una especie de running campo traviesa al cual hay que agregarle otras habilidades físicas propias de deportes como el boxeo, halterofilia, el fútbol americano y la lucha grecorromana.

Y se dice “ir a Cúcuta” porque tal vez el 90 por ciento de las personas venidas de todas partes del país tienen su mirada fija al otro lado del puente, pues son muy pocos los que tengan la intención de quedarse mucho tiempo en San Antonio o Ureña.

El fatigoso maratón pudo haber comenzado en el Terminal de Pasajeros de La Concordia, o desde otra parte del país, ya que son cada vez más las empresas de transporte de pasajeros por rutas nacionales que han preferido no hacer escala en el principal puerto terrestre del estado Táchira.

Aunque gran parte del transporte urbano se volcó a cubrir el recorrido desde San Cristóbal a San Antonio y Ureña, pues le resultaba “más negocio”, no por ello se puede decir que se preste un mejor servicio, más aún pareciera como que el “boom” de trabajar para esta ruta –que además ofrece otros “beneficios adicionales”- ha venido a menos, por lo que el caudal de viajeros -formando colas por horas que incluso salen fuera del terminal- no se satisface con la cantidad de busetas disponibles.

 

Como el viacrucis del Hijo de Dios, llegar al otro lado de la frontera requiere de una serie de “estaciones”, una de ellas después de los puestos aduanales.

 

Al menos este jueves 13 de septiembre fue un día escasos en busetas, dándose las condiciones perfectas para una batalla campal en la cual la cola que pretende ser un signo de “civilidad” de un momento a otro la disuelve el salvajismo de la estampida que se abalanza contra un vehículo que ni siquiera ha terminado de estacionarse. A prudente distancia de esa barahúnda, uno que otro PNB mas pendientes de algún sospechoso que de intervenir en un tropel donde por igual son aplastados niños, ancianos y personas con discapacidad, pues todo se trata de no quedarse esperando por la próxima unidad. Gritos e insultos, hasta caer incluso en los golpes, lanzados al azar con fiereza incluso por personas de apariencia más enclenque. No obstante el chofer y el ayudante amenazaban con no cargar pasajeros, en tanto su vehículo estaba en riesgo de sufrir alguna abolladura, la masa humana no se despegaba ni un centímetro de la puerta, así más de uno resultase atropellado.

Si se lleva las maletas atestadas –ya sea de una mudanza personal de una travesía sin fecha de retorno, o de una “existencia” de cosas que se pueden comercializar en Cúcuta- hay más obstáculos por sortear, con el peligro de tropezar y caer. Ese equipaje si no entra por la puerta puede entrar por la ventana; sin embargo, los choferes son cada vez menos permisivos con la “chatarra” pues les está trayendo problemas en los puestos fijos de la Guardia Nacional y en los retenes móviles.

Si por fin estás en marcha ruegas de que en el camino no pase nada, especialmente en estos días, cuando comunidades que habitan cerca de la Trasandina, han decidido por horas obstaculizar el paso en reclamo del gas, que nunca les llega. Se opta entonces por vías alternas, y eso implica más tiempo de viaje…

Y precisamente esos trancones dificultaban el viaje de venida desde San Antonio, aunque los más suspicaces indicaban que la demora de las unidades se debía a que las busetas necesitaban estar bien abastecidas de combustible (por supuesto, tanto viaje requiere mucho consumo…), y estos días han sido de larga espera en las estaciones de servicio.

Otro país…

Poner el pie en San Antonio y Ureña es ubicarte en otro país, sobre todo a lo largo de la Avenida Venezuela, en otros años caracterizada por un tráfico infernal de vehículos, y hoy en día un largo paseo peatonal, donde para adquirir productos el peso manda más que el bolívar soberano. Esto se ha presta a continuas confusiones, ya que perfectamente, sin necesidad de aclaraciones, pueden estar diciendo al visitante el precio en moneda extranjera, sobre todo a la hora de adquirir alimentos de consumo inmediato.

En ese país se habla con multiplicidad de acentos, por supuesto, el colombiano, pero también el maracucho, el caraqueño, el oriental, el llanero, el capitalino, etc, todo dentro de una mezcolanza cultural muy sui generis, que ha desplazado a la de los habitantes de las localidades fronterizas. Si por descuido, o por inconvenientes personales, no cuentas con la documentación debida para llegar a Colombia, no hay de qué preocuparse: siembre habrá quien te ofrezca una solución como falsificar documentación, conducirte por una trocha o asesorarte para aprovechar algún descuido de las autoridades colombianas (esto último muy raro, pues la presencia de la policía, autoridades de migración y adunas, es muy fuerte en los Puentes Internacionales Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander). Para las personas de la tercera edad o con discapacidad también está disponible un servicio especial de sillas de ruedas.

Las busetas desembarcan en San Antonio a casi dos kilómetros: la carrera a campo traviesa comienza otra etapa, donde estás sometido en primer lugar a la vigilancia de la Guardia Nacional. La requisa se hace de tal manera que fluya el tránsito de personas; sin embargo, un equipaje grande se hace objeto de pesquisas antes o después de las sedes de la aduana de San Antonio o Ureña.

Si no ya ha sellado el pasaporte en Venezuela, -otra faceta más de la odisea a la cual se le puede gastar unas cuantas horas más- o no necesitan hacerlo porque cargan consigo la cédula colombiana, o el carnet fronterizo finalmente pueden aglomerarse en los puentes internacionales avanzando hacia los puntos de control de migración Colombia. Si bien ha habido días en los cuales un río humano –especialmente los fines de semana- cubre los puentes, en los recientes ha mermado un poco la afluencia de salida, aunque por ahora no caben especulaciones sobre ese fenómeno.

Si se regresa al Táchira, el mismo día la mejor recomendación al viajero es que lo haga antes de las cinco de la tarde, so pena de no encontrar transporte, o de cancelar por el de doble o más movilizándose a pie en las busetas, en camiones de carga, o en carros por puesto, que este jueves cobraban el pasaje a cinco mil pesos. Ese regreso a su vez también está plagado de peligros especialmente para quienes traen productos de Colombia, ya que al respecto las autoridades de ambas naciones en algunos momentos limitan la entrada y salida de algunos productos; por ejemplo, los cauchos son unas de esas mercancías sobre las cuales los fiscales del vecino país ejercen tolerancia cero, siendo precisamente unas de las más escasas en Venezuela.

Freddy Omar Durán