Luis Alberto Buttó: La bolsa o la vida 

Como cualquier otra, pero, al mismo tiempo, como ninguna otra, cierta noticia reflejada en los medios y comentada en las redes en las últimas horas, retrata el oscuro foso en que atrapada y boqueando se encuentra la sociedad venezolana y describe la inenarrable tragedia que sin misericordia alguna tritura día tras día a quienes deambulan en el espacio delimitado por el gulag en que la sevicia practicada desde el poder ha convertido a lo que otrora no tuvo mayores pretensiones que ser un país con asidero: un joven estudiante universitario es asesinado para, según narran las versiones, arrebatarle dos bolsas de comida. Horror y dolor. No caben más sustantivos en la descripción del hecho y en la recreación del sentimiento que inunda la sensibilidad de quien comprende lo que en sí mismo tal suceso implica.

¿Por qué dicha noticia es tan representativa del presente maldito de esta ex república? Por un lado, habla con detalle de la violencia impune que arrebata con desparpajo la existencia, a sabiendas de la improbabilidad del castigo. Las cifras de homicidios tienen múltiples lecturas. Una de ellas, que ciertamente ayuda como pocas a explicar su elevada incidencia, es la de la invulnerabilidad que asume por convicción quien asesina, cuando las condiciones reales del entorno en que se mueve así se lo hace entender. Es la salvaje actuación del delincuente que en su fuero interno está casi seguro que sus acciones no serán alcanzadas por la ley, que no se hará justicia frente al crimen que comete. Mata y sigue matando, como si en ello hubiese alguna normalidad posible. Es, para decirlo con palabras del último informe presentado por el Observatorio Venezolano de Violencia, un cuadro dantesco donde no existe …«ningún tipo de control de la violencia». Así es imposible que trágicas historias como ésta no formen parte de la cotidianidad.

Por otro lado, las razones por las que se mata. Si es nula la viabilidad que tiene una sociedad cuando las cifras de homicidios que la aquejan son desproporcionadamente altas,  espantosas, qué se puede esperar de esa misma sociedad cuando el asesinato se perpetra para despojar a alguien de tres o cuatro alimentos que a duras penas obtuvo en un marco de escasez y carestía continuada. El motivo del crimen no puede ni siquiera tildarse de baladí, fútil, innoble. Cualquier calificativo queda corto, es insuficiente. Es la irracionalidad hecha norma. Es la maldición como sino. Es la barbarie rigiendo el comportamiento de seres desprovistos de humanidad dispuestos a ir a la caza del otro por el botín a que haya lugar. Bolsa de alimentos a cambio de vida. Brutalmente esclarecedora la sentencia de Susana Raffalli al respecto: …«Convertir al alimento en un bien escaso, traficable, corrompido, es otra de las formas de ponernos a morir de hambre, de quitarnos la vida». En estas condiciones, no hay país posible.

Por último, lo más importante, lo más desesperanzador. Un joven muerto. Otro joven muerto. Atrozmente truncada una vida en formación que acogía ilusiones, sueños, realizaciones por venir, mundos por descubrir y construir. Otra familia irremediablemente despedazada. Otra permanente tristeza sumada a las incontables tristezas que escriben el sufrimiento inmerecido, inesperado, injustificable, de la gente que habita un país que jamás debió rodar por el despeñadero al que lo llevaron quienes decidieron motu proprio encarnar la vesania. Ya no estará otro estudiante universitario del cual se esperaba tanto, con el cual se contaba con alegría para edificar el mañana que debería ser la única tarea pendiente. Otra razón más para reafirmar la convicción sembrada en millones de que sólo escapando de esta tierra a como dé lugar es posible la vida. Nuevas lágrimas que alimentan el pozo del desaliento y apagan la flama de la esperanza.

Es inmoral callar. Es cobarde no reaccionar. Es vergonzoso perder la propia conciencia.

Historiador

Universidad Simón Bolívar

@luisbutto3