La agonía de la refinería Amuay y de sus trabajadores contada desde adentro

El vasto complejo de la refinería Amuay, la piedra angular de la industria petrolera venezolana, ha sufrido recortes en las operaciones, despidos masivos y aumento de accidentes.  Meridith Kohut para NYT

 

Hubo un momento en que tener un trabajo en la refinería de Amuay -la joya de la corona de la compañía petrolera estatal venezolana- era un boleto a la buena vida.

Por Mery Mogollón y Chris Kraul en Los Angeles Times (En español)

Petróleos de Venezuela, en su apogeo, era la quinta compañía petrolera más grande del mundo. Los salarios en la planta eran altos, los beneficios generosos, y los trabajadores disfrutaban del prestigio de llevar el uniforme.

“Todos querían estar aquí porque significaba una excelente calidad de vida para sus familias”, dijo Emir Aguilar, que trabajó durante años en el sector privado antes de conseguir un trabajo en la refinería en 2003.

Ahora la refinería de 68 años está en pleno declive, una impresionante pieza arruinada en una economía destruida por la mala gestión y la hiperinflación, que han dejado en la pobreza al 80% de los 32 millones de habitantes de Venezuela.

Una docena de grúas abandonadas y otros equipos pesados están en muy mal estado. Los barriles de petróleo vacíos llenan los pasillos de la refinería. El aire se siente impregando del hedor tóxico de los químicos derramados. Las áreas de recreación que alguna vez estuvieron perfectamente cuidadas en los apartamentos de los empleados, ahora están llenas de hierba.

Un trabajo aquí ya no tiene mucho valor. De los 4,000 trabajadores en nómina en 2010, más de la mitad renunciaron, y los dirigentes sindicales dicen que la mayoría de ellos huyeron del país junto con más de 2 millones de venezolanos que buscan una vida mejor en Colombia, Perú, Estados Unidos o en otros lugares.

Aguilar es un experto en sistemas que ayuda a monitorear el proceso de refinación a medida que el petróleo crudo se mueve a través de tres destiladores. Cada mañana, camina dos millas para llegar a la planta, un viaje que hizo una vez en un vehículo de la compañía, antes de que se discontinuara ese beneficio. Sus turnos son de ocho horas, pero con frecuencia trabaja el doble cuando otros empleados no se presentan.

Su salario era una vez más que suficiente para cuidar a su esposa y sus tres hijos. Pero hoy, la inflación masiva significa que su cheque de pago y beneficios asciende a menos de $ 4 al mes, lo suficiente como para comprar un kilogramo de carne de res y una docena de huevos.

Para retener a los empleados, la compañía comenzó a distribuir alimentos. Cada trabajador con asistencia perfecta durante el mes, recibe una bolsa que contiene harina de maíz, frijoles, aceite de cocina, azúcar y dos latas de atún.

“Hemos perdido todos nuestros beneficios, la atención médica, la cafetería gratuita, el transporte al trabajo, incluso el agua potable en el sitio de trabajo”, dijo Aguilar. “Todo lo que obtenemos son esas bolsas de comida”.

Ahora con 43 años, dijo que no está seguro de cuánto tiempo más permanecerá en la refinería, o incluso en Venezuela.

“Me temo que la única opción que me queda será seguir el mismo camino que miles de compañeros de trabajo han tomado”, relata.

Su padre había trabajado en la planta antes que él, y este trabajo había sido un sueño desde la infancia. Ahora Aguilar se ha dedicado a escribir poesía para ayudar a “superar la depresión que siento porque sé que mi calidad de vida nunca podrá recuperarse”.

Uno de sus poemas dice así:

Escucho esa voz en mi estómago que pregunta
¿Qué vamos a comer mañana?
Pienso en el trabajo y sus excesos de tiempo extra
Sobre la decadencia
Sobre la falta de mantenimiento
en la forma en que te sacan las tripas con gasolina y además tienes que estar agradecido
Pienso en un barril de petróleo que cae en el mercado y nosotros junto con él.

El petróleo ha sido durante mucho tiempo el principal impulsor de la economía venezolana. La producción alcanzó su máximo histórico en 2008 con 3,5 millones de barriles por día. Entre 2016 y 2017, cayó un 43% a 1,2 millones de barriles por día, y la Agencia Internacional de Energía, un grupo de expertos con sede en París que rastrea la producción mundial de petróleo, pronosticó nuevas caídas en los próximos meses.

Petróleos de Venezuela ahora importa varios combustibles para ayudar al país a satisfacer algunas de sus necesidades básicas.

Su colapso se debió en parte a una caída en los precios mundiales del petróleo, la escasez de trabajadores, la mala gestión, la política y las sanciones estadounidenses que han dificultado el mantenimiento de las refinerías y otras infraestructuras. Como resultado, la economía venezolana se encuentra ahora en su cuarto año de recesión.

Aguilar ubica el declive de la industria petrolera en el 2003, cuando el entonces presidente Hugo Chávez despidió a 20,000 trabajadores del gigante petrolero estatal que estaban en huelga. Fue una pérdida devastadora de conocimientos técnicos y experiencia.

Muchos de los trabajadores contratados desde entonces no estaban calificados y obtuvieron sus empleos debido a las conexiones con el partido gobernante, de acuerdo con los dirigentes sindicales.

Otro golpe ocurrió en 2007, cuando Chávez expropió a docenas de compañías petroleras privadas, incluidas muchas firmas con sede en Estados Unidos que operan en Venezuela.

El resultado fue una fuerte reducción de la inversión extranjera. Atrás quedaron los ingenieros de Estados Unidos que en la década de 1990 ayudaron al país a resolver los problemas de bombeo y procesamiento del “petróleo pesado”, similar al alquitrán, en las reservas del este de la Faja del Orinoco de Venezuela.

La planta de Amuay fue una vez la tercera refinería más grande del mundo. La producción ahora es menos del 30% de su pico de 645,000 barriles por día.

La refinería nunca se ha reconstruido completamente desde que una explosión y un incendio en 2012 mataron a 47 personas y lesionaron a 160. La explosión fue causada por una fuga de gas no detectada. El desastre eliminó 11 tanques de almacenamiento de combustible y ocho grandes contenedores de gas. Muchas de las víctimas dormían en un edificio de departamentos adyacente o en el cuartel de la policía. Tardó cuatro días controlar el fuego.

“Lloré toda esa mañana por todo lo que perdimos en una tragedia que debería haberse evitado”, dijo Aguilar, que estaba en casa cuando ocurrió la explosión.

Aguilar dijo que le preocupa la seguridad en el trabajo, ya que los detectores de gas configurados para alertar a los trabajadores sobre emisiones peligrosas no han funcionado durante meses.

Dijo que no le preocupaban las posibles repercusiones de hablar con un periodista sobre los problemas en la planta, porque Petróleos de Venezuela no puede darse el lujo de perder más trabajadores.

“Es muy difícil para ellos liberar a un esclavo”, aseguró. “Soy uno de los pocos operadores experimentados que quedan en la refinería”.