Paliza diplomática, por Brian Fincheltub

Brian Fincheltub

La diplomacia es el vehículo de un Estado para establecer relaciones de amistad y cooperación con sus similares. En la escena internacional si un Estado no puede entrar en interacción con sus pares se convierte en otra cosa, pero no es un Estado en los términos de la definición del derecho internacional. La apertura al mundo es el objetivo fundamental de los Estados modernos y en este marco, mayor apertura demanda más transparencia a lo interno y a lo externo. El mundo que entra en interrelación contigo te exigirá adoptar ciertas reglas y sujetarte a determinadas instituciones supranacionales que han sido formadas para conciliar los intereses de cada nación de manera armónica.

Sin embargo, aunque la globalización lo hace cada vez más difícil, hay Estados que no se adaptan a las reglas del juego, que pretenden tener un rol de actor en la escena internacional, pero a lo interno su conducta deja mucho que desear. La consecuencia lógica es que sus pares comenzarán a exigir el cumplimiento de sus obligaciones, porque uno de los principios que se desprenden del derecho internacional es la reciprocidad. En este sentido, un Estado no verá con buenos ojos que mientras él respeta todas sus obligaciones, hay otros que hacen lo que quiere, sin que nada pareciera limitar su conducta.

Es así como comenzarán las presiones del entorno y al mismo tiempo el Estado que se siente sobre el banquillo comenzará a cerrar cada vez más sus fronteras, aislando a sus ciudadanos de cualquier tipo de protección a escala internacional, pero también aislándose a sí mismo frente a la vecindad global.

Si necesitáramos ilustrar lo que venimos de describir, no hay que ir muy lejos, somos el fiel ejemplo de lo que pasa con un Estado que se coloca al margen de toda regla internacional y de su obligación de rendir cuentas a la comunidad de naciones. La lapidaria fotografía de un presidente hablándole a un auditorio vacío en las Naciones Unidas es sola una de esas ilustraciones.

Nada fácil esta semana para el régimen venezolano, que hace y deshace a lo interno, pero que sus actos comienzan, con paso lento pero firme, a tener repercusiones importantes en la escena internacional. La inédita denuncia en la Corte Penal Internacional, la resolución del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas y los discursos en marco de la asamblea general hablan de la importancia la tragedia venezolana para el mundo.

Es la decadencia de un régimen que se quedó sin aliados y sin dinero. Un régimen que no tendrá forma ni manera de escapar a la justicia internacional. Sabemos que para la mayoría de la gente un tribunal en otro país bien lejos puede ser una cosa abstracta y lejana, pero les aseguro que no es poca cosa y funcionan. La dictadura no se levanta de una paliza diplomática y ya le vuelven a propinar otra. Aquí gritan y acallan al que levanta su voz, afuera ya no solo nadie los escucha, sino que son cada vez más quienes los señalan.