A 30 años del triunfo del No a Pinochet, Ricardo Lagos recuerda un día memorable (entrevista)

Ricardo Lagos (izq.) y Patricio Aywin (der.) se abrazan tras el triunfo del No en el plebiscito de 1988 / Foto Cortesía

 

 

Ricardo Lagos Escobar tenía 50 años para el plebiscito de 1988. Enérgico y sin tapujos para encarar a Augusto Pinochet y enrostrarle los crímenes de la dictadura, cuando recién se abrían espacios televisivos para el debate político, era uno de los principales líderes de la oposición, publica Deutsche Welle

La coalición de partidos opositores asumió el desafío de vencer a Pinochet en las urnas y no dejó ningún aspecto al azar, desde una inteligente campaña publicitaria hasta un riguroso conteo paralelo de votos. Pero nada de eso servía si los ciudadanos no se inscribían para votar.

Hoy, a los 80 años, el expresidente (2000-2006) repasa sus recuerdos de ese día que cambió la historia de Chile y truncó la ambición de Pinochet de estar 25 años en el poder. En entrevista con DW, recuerda el nerviosismo de esa jornada: “Fue un día memorable. No recuerdo un grado de movilización social mayor que el que tuvo lugar el 5 de octubre. Había una gran convicción de que era la forma de recuperar la libertad”.

 

Deutsche Welle: ¿En lo personal, qué recuerdos tiene del 5 de octubre de 1988?

Ricardo Lagos: Millones se levantaron temprano para ir a votar. Había largas filas y la gente se conducía de manera notable; no volaba ni una mosca. Era un día de mucha responsabilidad, nerviosismo y tensión en el ambiente. Había mucho temor de si iba o no a resultar el plebiscito. Dónde se había visto en el mundo que un dictador se fuera porque pierde un plebiscito o qué seguridades teníamos de que se respetara el resultado.

 

¿Qué importancia tuvo el conteo paralelo?

Teníamos al menos dos apoderados en cada una de las más de 40 mil mesas de votación a lo largo de Chile, incluso en los lugares más apartados. Debido a ese conteo, confiábamos en que la dictadura no iba a poder emitir un resultado distinto, pero había nerviosismo, especialmente en la tarde, cuando se le pidió a la gente que no saliera a festejar hasta que no hubiera información oficial. Nosotros entregamos información en la medida que nos iba llegando, lo que trajo tranquilidad. Desde los primeros cómputos nos quedó claro que el triunfo era nuestro.

 

¿Cuál era su expectativa antes del plebiscito, confiaba que iban a ganar?

Teníamos informaciones, encuestas, hicimos algunos focus group y también había encuestas estadounidenses muy favorables para nosotros, prácticamente con el resultado final que se dio. Pero no queríamos que se dieran a conocer, porque podían producir algunos problemas y además podían desmovilizar a los nuestros.

 

El expresidente de Chile, Ricardo Lagos (foto archivo)

 

 

Pero este triunfo se gestó mucho antes. ¿Cómo se forjó la derrota de Pinochet en las urnas?

Aquí hubo una gran discusión sobre si era posible o no hacer el plebiscito y qué seguridades teníamos. Nuestra respuesta fue siempre la misma: depende de nosotros cómo nos organizamos y si nos atrevemos. Otros decían que había que usar métodos de lucha más efectivos, pero las características de la sociedad chilena no eran para eso. Digámoslo francamente, el fracaso en el atentado contra Pinochet el año 1986, en que murieron cinco de sus escoltas, pero él no, indicó que esa vía para deshacernos de Pinochet estaba concluyendo y, por lo tanto, lo que venía era enfrentarse en las urnas.

 

De acuerdo a la Constitución de 1980, Pinochet debía ir a plebiscito si quería continuar ocho años más. “Si nos preparamos, vamos a triunfar”, decía usted en ese momento. Una de las maniobras de la dictadura fue exigir que para votar era requisito inscribirse previamente en los registros electorales…

El primero que se inscribió, por supuesto, fue Pinochet, y todos sus partidarios se iban a inscribir. El problema era cuántos de los nuestros iban a hacerlo. Pinochet contaba con un 40% de apoyo ciudadano y el total de eventuales votantes era de unos ocho millones. Si se inscribían más de siete millones, ganábamos por una diferencia de más de 500 mil votos, Y así fue, pero eso implicó una movilización muy grande.

 

El respaldo de la comunidad internacional fue clave. Desde el rechazo al golpe de estado hasta la solidaridad y el apoyo de numerosas delegaciones extranjeras que llegaron como observadores. ¿Cómo recuerda ese momento?

Recuerdo que cuando se confirmó el triunfo del “No”, por casi un 56%, representantes del Parlamento Europeo, emocionados, confesaron que era un momento comparable a la entrada de Charles de Gaulle a París. Fue una experiencia muy fuerte.

 

Se derrotó a Pinochet con un lápiz y un papel, como usted alguna vez dijo…

Sí, pero antes de eso hubo cacerolazos, llamadas a paro nacional, y también quienes murieron porque pensaron que eso podía hacerse por otra vía. Un conjunto de hechos que van convergiendo y preparando este momento. La crisis económica de 1982, en que el PIB de Chile cayó un 14%, producto de las políticas neoliberales de la dictadura. Al año siguiente, el primer llamado a huelga general de los trabajadores del cobre marcó el inicio del despertar.

 

¿El plebiscito fue el principal hito en la vuelta a la democracia?

Sin duda. La amplia movilización social y política que se generó, con mucha fuerza y coraje, sólo es comparable con el nivel de fractura que tenía la sociedad chilena, producto de 16 años de dictadura en ese momento.

 

¿Para usted fue algo parecido quizás a su elección como presidente?

¡No, nada que ver! Cuando uno postula a presidente puede que gane o pierda, pero está ocurriendo un hecho normal. Me preguntó un periodista, 30 años atrás, qué sentía. ‘Es el día mejor de mi vida’, le dije. Me consultó por rumores sobre una candidatura mía a presidente y le contesté: ‘No sé si serán ciertos, pero estoy seguro de que si gano, la emoción no va a ser como la de hoy’. Y no fue. Claro, uno está contento y consciente de que asume una responsabilidad, pero en el plebiscito había además una emoción contenida de tantos años, esa sensación de que es algo que no vuelve a ocurrir mientras viva.

 

Mirando hacia atrás, ¿”la alegría llegó”, como decía el lema de la campaña del “No”?

La alegría que llega es la de poder decidir uno mismo. Después se empieza a alejar porque las demandas siguen aumentado y a veces la economía no actúa con la rapidez necesaria para satisfacerlas. Hoy tenemos que hacernos cargo de nuevas realidades. No hay la confianza en los liderazgos políticos partidarios o en las instituciones políticas que había hace 30 años y la política ha dejado de ser tan vertical.

 

¿Concluyó la transición en Chile?

En el sentido de democracia, sí. Pero hay cosas que todavía no han cambiado, que son herencia de aquello. Hemos hecho muchos cambios, pero también tuvimos una transición muy particular, con Pinochet de comandante en jefe del Ejército durante ocho años, lo que explica también muchas respuestas posteriores.

 

¿Qué falta para una democracia más plena?

Una mayor transparencia y entender que hoy hay una rendición de cuentas muy superior a la que había en el pasado. La ciudadanía está mucho más empoderada e informada y quiere mecanismos para expresarse, no le basta votar cada cuatro años. Las instituciones políticas deben captar mejor la expresión ciudadana que hemos visto en movilizaciones sociales.

Tenemos el desafío de recuperar la capacidad de tener sueños colectivos y movilizarse tras esos sueños. Cómo podemos dibujar el Chile que queremos, que sea más justo y más equitativo. El camino del progreso nunca termina. Las etapas se van cumpliendo y surgen nuevos desafíos en otros escenarios.